Cultura

Vida y muerte de la democracia

JA
Por Javier Brown César

Pocas historias hay tan accidentadas como la de la democracia en América Latina. Desde los primeros e incipientes esfuerzos que se dieron en el siglo XIX hasta el día de hoy, sólo una democracia latinoamericana ha sobrevivido la prueba del tiempo, sin golpes de Estado y sin regresiones autoritarias: Costa Rica.

En su definición más directa y cruda, la democracia es solamente un procedimiento legitimado para la toma de decisiones, sin violencia y bajo la regla de la mayoría. Hay quienes pretenden que las democracias, por sí mismas, generen prosperidad y justicia, pero esto es pedir demasiado de un sistema político que garantiza elecciones periódicas, alternancia en el poder y transiciones pacíficas. Pero la democracia no se reduce a procedimiento, hunde sus raíces en al menos tres grandes grupos de factores, virtuosamente entrelazados, que garantizan la continuidad del régimen: instituciones, cultura cívica democrática y factores económicos.

Las instituciones son normas que estabilizan expectativas, y regulan y orientan la acción. La base del régimen que nos ocupa es la existencia y vigencia de una Constitución democrática, que garantice reglas mínimas para la alternancia en el poder sin violencia. Además, se requieren leyes que se apliquen por igual para todas las personas, complementadas por criterios racionales de equidad, así como leyes que regulen el servicio civil de carrera en la administración pública, y que garanticen el acceso y ascenso con base en el mérito y sólo con base en el mérito.

Más allá todavía, las democracias demandan lo que se denominan mecanismos de accountability, en su triple vertiente: rendición de cuentas, gobierno abierto y responsabilidad civil y penal de las y los servidores públicos. Se requiere, para la organización periódica de elecciones, de un órgano jurisdiccional electoral que dirima posibles controversias, así como de leyes y organismos que garanticen la organización periódica de elecciones para la renovación de los cargos públicos, así como garantías para la libertad y la transparencia del sufragio

El alma de las democracias es la exigencia de un sistema de partidos competitivo, con la existencia de al menos dos partidos políticos que puedan y hayan ganado elecciones. Además, toda democracia requiere mecanismos de control del Ejecutivo, como lo son los Parlamentos y órganos técnicos especializados de control del Poder Ejecutivo en materias como transparencia y derechos humanos.

En su indispensable obra La democracia en América, Alexis de Tocqueville postuló que hay tres factores que están detrás de la democracia norteamericana: la peculiar y accidental situación en que la Providencia ubicó en su país a los norteamericanos, las leyes y las costumbres. Para Tocqueville, el elemento determinante eran las costumbres, lo que hoy llamamos cultura cívica.

Desde Aristóteles sabemos que la cultura cívica está en función del régimen, por lo que toda democracia demanda demócratas, o sea, personas que observen una actitud positiva hacia el sistema democrático. Además, como factores cruciales de la cultura democrática encontramos: una importante participación activa en asociaciones voluntarias; la frecuente realización de actividades altruistas; la disposición para organizarse con otras personas para resolver los asuntos comunitarios; una fuerte confianza interpersonal; la participación en elecciones; el interés en informarse frecuentemente sobre los asuntos públicos, así como el interés en debatir los asuntos públicos. Finalmente, un demócrata conoce el sistema político en el que vive: sabe qué instituciones lo conforman, cuántos representantes puede elegir y, desde luego, quiénes son sus representantes.

El meollo de la cultura democrática es la convicción de que, quienes gobiernan, son figuras temporales de autoridad, que deben basar su legitimidad en una base sólida electoral, así como en acciones cotidianas inspiradas en el precepto de que quien manda es la ciudadanía y que el fin del gobierno es el bien común. En democracia, no se elige a autoridades para que impongan decisiones y agendas personales, tampoco se elige a legisladores para que sólo hagan leyes, sino para que sean fieles guardianes, obedientes del mandato ciudadano.

Por último, se ha vinculado a las democracias con la estabilidad económica, creyéndose que toda democracia genera prosperidad; la fórmula es, hasta cierto punto, inversa: no hay democracia posible sin cierta estabilidad económica. Así, la democracia se fortalece cuando hay crecimiento económico con baja desigualdad; cuando hay bajas tasas de inflación y un tipo de cambio estable que blinde y proteja el poder adquisitivo de la ciudadanía. Además, como la democracia nace como un régimen que tiende a limitar la concentración del poder político, también debe contar con leyes antimonopolio que minimicen la concentración de la riqueza y del poder económico.

De parte del aparato gubernamental, se requiere de una conducción prudente de la economía nacional, con finanzas públicas en equilibrio o con bajo déficit, con una deuda pública que no hipoteque el futuro ni pauperice a las próximas generaciones y con bajos niveles de marginación y pobreza. Adicionalmente, se requieren empleos accesibles para las personas con capacidad de trabajar y apoyos y ayudas al desempleo, ya que el trabajo es la base para la dignificación de la vida humana. Por último, como ya lo había visto Aristóteles, también se requiere de una importante clase media, por lo que la riqueza debe ser moderada en las clases altas, evitándose la concentración arbitraria del poder económico en pocas manos.

Para Acción Nacional, el modelo de democracia histórico que hay que consolidar es el llamado republicano, el cual se basa en una fuerte cultura cívica democrática, en la participación activa de las personas en los asuntos públicos y en una ética pública. Como afirmó don Rafael Preciado Hernández, uno de los grandes teóricos de la democracia en el PAN: “La Concepción democrática a que nos adherimos en ACCIÓN NACIONAL, es la que se funda en el pensamiento filosófico tradicional. No aceptamos la concepción formalista, que reduce la democracia a una mera técnica, a un método de formulación o elaboración de reglas sociales, de normas jurídicas, consistente en que quienes van a quedar sometidos a estas reglas o a estas normas, participan en la elaboración de las mismas, pero independientemente de valores y principios éticos… La Concepción democrática a la que nosotros nos adherimos, comprende una doctrina de fondo y una técnica; no mera técnica, sino técnica para la realización de principios y valores éticos”.

JA
Javier Brown César

Colaborador de opinión en Revista La Nación, analizando los principales sucesos políticos, sociales y culturales de México.