Opinión

Venezuela y los riesgos de la tentación populista

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Por Maricarmen Rizo
maquina escribir   Por Fernando Rodríguez Doval. Hoy casi nadie, excepto algunos seguidores de López Obrador, cuestiona que en Venezuela se vive una dramática dictadura que desconoce la separación de poderes, restringe las libertades y persigue y encarcela a los opositores, y que en materia económica ha rendido las siguientes cuentas: desabasto y carestía de los productos más básicos, inflación de tres dígitos y rozando ya los cuatro (anda en torno al 700%), PIB contraído, altísimo endeudamiento con el exterior, y salarios reales con varios años cayendo. Un auténtico desastre, pues. Lo más parecido a un infierno en la tierra. ¿Pero cómo es que se llegó hasta esta situación tan espeluznante? Conviene hacer un poco de historia para comprobar, una vez más, cómo suelen terminar las tentaciones populistas. En 1998 ganó las elecciones presidenciales Hugo Chávez, un antiguo militar golpista y con un discurso rupturista y de refundación de la República, en medio de un enorme descontento popular con los dos partidos tradicionales, involucrados ambos en múltiples casos de corrupción. Ya como presidente, Hugo Chávez convocó a la elaboración de una nueva Constitución, y fue construyendo un nuevo sistema político de corte autoritario, muy centrado en su propia personalidad (a la que se ha comparado constantemente con la de Simón Bolívar, el gran libertador de Venezuela) y en donde con frecuencia se ha perseguido a los políticos de partidos distintos a los de su coalición de gobierno. Hugo Chávez falleció en 2013, pero dejó al frente de la nueva República Bolivariana de Venezuela a Nicolás Maduro, un antiguo chofer de autobuses que ha agudizado la persecución hacia los disidentes políticos, entre ellos Leopoldo López, Daniel Ceballos o Antonio Ledesma, todos ellos encarcelados en muy precarias condiciones. El chavismo-madurismo ha perseguido también a muchos medios de comunicación críticos con su gestión, como fue el caso de Radio Caracas Televisión (RCTV), una de las empresas del ramo más importantes que fue cerrada; en el caso de Globovisión, una de las principales cadenas de noticias, el gobierno logró mediante expropiaciones y diversas artimañas legales controlar el 45% de sus acciones, con lo que modificó drásticamente su línea editorial. Varios periódicos críticos igualmente fueron hostigados y cerrados. En Venezuela la crisis de la partidocracia, originada en el clientelismo y la corrupción, devino en un sistema autoritario y personalista, con tintes caudillistas y mesiánicos, que ha sumido a Venezuela en una situación de enorme deterioro económico y político. Como toda tentación, el populismo aparenta ser algo bueno, pero en los hechos conduce al mal. En el caso venezolano, el populismo prometió soluciones rápidas y tajantes a una situación que ciertamente era insostenible. Pero a la larga, trajo miseria y opresión. Lo mismo pasó, dicho sea de paso, con varios sistemas dictatoriales durante el siglo XX. La historia es siempre maestra. La política comparada también. No es exceso alertar sobre el riesgo que en ese sentido vive México. Una situación de corrupción descomunal del actual gobierno priista, aunado a un mal manejo económico ha conducido a una situación de enorme enojo entre la población. Enojo más que justificado y lógico. En este contexto, discursos irresponsables y demagógicos como el de Andrés Manuel López Obrador pueden atraer a miles de personas. Igual que ocurrió en Venezuela con Chávez. No es casualidad que destacados lopezobradoristas como Yeidckol Polevnsky, Delfina Gómez o Gerardo Fernández Noroña hayan defendido públicamente al régimen de Maduro. Ése es el modelo que quieren replicar para México. El Mesías, por definición, no quiere contrapesos que obstaculicen su misión redentora. Por eso los populistas desconocen la legalidad vigente y mandan al diablo a las instituciones. Ellos están por encima de ellas. Su tarea cuasi religiosa no puede estar sujeta a ningún tipo de controles propios de la clase política anquilosada. Su identidad genética es autoritaria. Los demócratas, en cambio, no prometen soluciones mágicas. Saben que el engranaje institucional requiere tiempo, que la reforma institucional atempera los impulsos personales, lo cual implica procesamientos largos, que los cambios son incrementales y no de la noche a la mañana. Por eso es que el discurso populista seduce y tienta, pero a la larga termina mal, como tristemente vemos en Venezuela.              
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Maricarmen Rizo

Colaborador de opinión en Revista La Nación, analizando los principales sucesos políticos, sociales y culturales de México.