Internacional

Una paz anhelada

MA
Por Maricarmen Rizo · 5 min de lectura
colombia Por Marco Antonio Adame Castillo. El drama humano de la guerra es, en cualquier circunstancia, la peor desgracia que puede vivir un pueblo. Evidencia el fracaso de la política y de la civilización, independientemente de los hechos gloriosos que registra la historia cuando de defender la soberanía o los valores nacionales se trata. En cierta forma es la más antigua de las formas de relación entre los pueblos en la búsqueda de imponer el control sobre un territorio, recursos naturales o humanos, a partir de una ideología o del interés de grupos o países enteros a falta de medios de contención o arbitrajes eficaces para alcanzar o mantener la paz. Según el brigadier británico Richard Holmes (1946-2011), antiguo profesor de estudios militares y seguridad en la Universidad de Cambridge, “la guerra es una experiencia universal que comparten todos los países y todas las culturas”, aunque no sea deseable. De ahí que los acuerdos de paz en Colombia, alcanzados tras años de negociaciones entre el gobierno colombiano y las FARC, sean tan apreciados como concreción del anhelo de un pueblo por poner fin a un conflicto armado de más de 50 años, que ha costado miles de víctimas a manos de la guerrilla y el narco-terrorismo como resultado de los enfrentamientos violentos entre el gobierno y diversas fuerzas insurgentes. Los intentos por alcanzar la paz vienen de muy lejos y no han sido pocos los presidentes colombianos que han buscado concretarlos. Un ejemplo es Belisario Betancur (1982-1986), quien impulsó el Grupo de Contadora por la Paz en Centroamérica, procuró la apertura política y la incorporación de los principales grupos armados a la vida civil. También César Gaviria (1990-1994), quien enfrentó las resistencias de la violencia a su política de apertura económica y comercio exterior, evidenciando que el proceso de modernización del país dependía de la pacificación. No fue menor el propósito de Andrés Pastrana (1998-2002), al impulsar el Plan Colombia y la desmilitarización de buena parte del territorio sin conseguir la respuesta esperada de las FARC que, lejos de cumplir acuerdos, avanzaron en su propósito de control y enriquecimiento al intensificar la violencia y el narco-terrorismo. Incluso es digno de destacar el avance que logró Álvaro Uribe (2002-2010) al infringir la derrota estratégica de las FARC a través de inteligencia militar y su política de seguridad democrática; ésta llegó incluso a plantear la salida negociada al conflicto con el acompañamiento del hoy presidente Juan Manuel Santos como ministro de defensa, sin que esto significara la rendición de la guerrilla ni el logro de la anhelada paz. Los acuerdos alcanzados con las FARC, sin duda imperfectos, sumados a la negativa del plebiscito y en el marco de la campaña #SiALaPazPeroEstaNo -que por parte de sus detractores se juzgó con concesiones excesivas a las FARC y por parte de sus promotores sin contenidos indispensables para una paz con justicia transicional- han generado un clima de contrariedad e incertidumbre, y un nuevo debate sobre el futuro de Colombia. Y ¿ahora qué? parece ser la pregunta que todos se hacen sin que abunden por el momento las respuestas. Parece obligado un gran acuerdo nacional a manera de pacto de largo aliento, lo que exigiría la subordinación de los intereses particulares al interés nacional. Sin embargo, la proximidad de las elecciones de 2018 juega en contra de quienes ven en el resultado del plebiscito su pasaporte a la presidencia del país. Otra salida, recientemente analizada por el profesor de la Universidad Javeriana, Eduardo Pastrana Buelvas, es un pacto entre las élites con modificaciones a lo acordado, que se presenta como alternativa si fracasa el intento de sostener los acuerdos iniciales y si se hacen concesiones por ahora inesperadas. Finalmente, una tercera vía consiste en sostener los acuerdos con la aprobación del Congreso, tal y como lo prevé la Constitución colombiana, apostando al desgaste de los opositores, en especial después de que el presidente Santos ganó el Premio Nobel de la Paz. Como puede advertirse, ningún camino es sencillo, lo cierto es que el tiempo apremia, que la paz hoy pende de un hilo y que no debería perderse el impulso alcanzado. No debe olvidarse que las FARC no se han rendido y siguen negociando, que la sociedad se moviliza en favor y en contra buscando una respuesta, que simultáneamente se deteriora la confianza de los ciudadanos y de la comunidad internacional y, sobre todo, que las víctimas de la violencia merecen una reparación. Desde luego que nos sumamos al anhelo de paz para Colombia, una paz digna y duradera, una paz que se edifique sobre la verdad con toda la justicia que sea posible y sobre la base del perdón y la reconciliación nacional. Este es el mayor compromiso para los líderes de ese sufrido país, estén en el gobierno o en la oposición. De otra forma, no se ve cómo.   Marco Antonio Adame Castillo es Coordinador de la Comisión de Relaciones Internacionales e integrante de la Comisión Nacional Permanente del PAN. Twitter: @MarcoAdame