Una breve despedida para don Gabriel Jiménez Remus
MA
Por Maricarmen Rizo
Por Aminadab Rafael Pérez Franco.
Vayan estas líneas como una primera despedida para mi querido jefe Gabriel Jiménez Remus. Es tanto lo que en justicia debe decirse sobre el significado para el PAN de la trayectoria de don Gabriel, sobre su colosal dimensión como político y como ser humano, que debo advertir al lector que esta primera entrega apenas retomará unos pocos de sus rasgos más generales, con el fin de llamar a todos a prestarle la atención debida al legado de este hombre con motivo de su fallecimiento ocurrido el pasado 30 de diciembre de 2016.
La gran mayoría de los panistas que lo recuerdan reconocen principalmente el desempeño de don Gabriel como legislador; él fue el primer panista quien fungió como coordinador de las dos bancadas federales, primero en la Cámara de Diputados y posteriormente en el Senado de la República. Ese liderazgo le fue confiado no sólo por sus extraordinarias dotes como orador y polemista, sino también por sus habilidades políticas para dialogar, negociar, conciliar y, además, por su inquebrantable sentido institucional en el sentido de servirle disciplinadamente al Partido por encima de cualquier criterio de orden personal.
No me refiero aquí, por supuesto, al pragmatismo que caracteriza a muchos políticos, sino al peso que significa negociar en aras del bien de México, de lo que significa impulsar el interés superior que representan los principios humanistas del Partido, de lo que significa definir posiciones con los pares y los mandos para construir una propuesta sólida y respaldada para luego confrontar las de los adversarios. Ahí están, como testimonio y ejemplo, las reformas de la transición democrática mexicana, particularmente, la reforma política de 1996, de la cual él no fue padre ni mecenas, pero sí operador eficaz, promotor certero y causa eficiente para hacer realidad la legislación que transformó a México en una democracia y le abrió paso a la alternancia en el poder presidencial.
El liderazgo parlamentario de don Gabriel es reconocido dentro y fuera del PAN. El caudal de anécdotas contadas por propios y extraños describe a un hombre que conjugaba la capacidad y el sentido del humor. Siendo de entrada un excelente abogado –lo que le permitió desempeñarse como director general jurídico de empresas nacionales tan importantes como Celanese Mexicana, Nestlé de México y Hoteles Camino Real-, tenemos que en las discusiones era capaz de describir a detalle los tipos penales, los procedimientos y las normas civiles o corporativas que le brindaban precisión absoluta a su argumentación. Y no sólo podía referirse a normas vigentes, sino incluso a legislación histórica o al derecho canónico… pocos podían contradecirlo y al final, la mayoría terminaba admirando su capacidad y la seguridad con la que proponía los términos de la redacción final del dictamen que se sometería a la votación del pleno de la Cámara correspondiente.
Uno de sus debates más recordados fue aquél cuando, al hablar en contra de la Ley Antitortura propuesta al vapor y redactada sobre las rodillas por un régimen priista cuestionado y cuya autoría se le adjudicó al senador Gonzalo Martínez Corbalá; el diputado Jiménez Remus sostuvo en la tribuna que en vista de la forma estulta y bárbara con la que las policías mexicanas compelían al detenido a declarar en su contra empleando la tortura, sería mejor reimplantar en México las prácticas del Santo Oficio, pues los métodos de la Inquisición eran menos ofensivos contra la dignidad humana que las atrocidades de los cafres con placa quienes al amparo de la oscuridad, el sigilo y la impunidad eran capaces de cometer los actos más incalificables contra las personas que caían en sus manos.
Y propuso una salida técnica, con la humildad de no adjudicársela, sino dando crédito a su autor: tenemos que explorar una idea que estaba como archivada en un cajón del senador Mijangos... el único medio eficaz para prevenir y evitar la tortura es privar de todo valor probatorio la declaración de los indiciados ante el Ministerio Público.
En el otro extremo, don Gabriel no sólo tenía una capacidad jurídica inigualable, sino además era dueño de un agudo sentido del humor. Las anécdotas sobre sus bromas e ironías podrían llenar un tomo entero de pasajes geniales, de críticas mordaces y de mofas que pintaron de cuerpo entero a muchos políticos y a muchas situaciones de la política y del Partido; particularmente, le gustaban las preguntas con jiribilla que revelaban el desconocimiento del PAN por algunos dirigentes o legisladores: ¿Tú no sabes por qué don Manuel Gómez Morin invitó al PAN a don Efraín?... Pues porque don Efra tenía lotes de venta de coches… para hacer las rifas… frente a él, los que tuvimos que caer caímos, ninguno se escapó.
Tengo la convicción personal de que don Gabriel Jiménez Remus pudo ser el mejor presidente nacional del PAN en la historia. Se postuló como candidato en 1990 enfrentando la reelección de Luis H. Álvarez, en el contexto de un Partido en un proceso de transformación interna acelerada y de un nuevo papel como oposición que construía acuerdos con el régimen; un PAN que además había aceptado por primera vez recibir el financiamiento público y que se burocratizaba a pasos acelerados; había muchas dudas, molestia y polarización respecto a esos cambios entre un grupo de ex dirigentes que impulsaron la candidatura de don Gabriel y el equipo político plural y pragmático que promovía la reelección de don Luis…
Esa campaña se convirtió en un duro cuestionamiento a situaciones inéditas que significaban cambios profundos en la vida interna del PAN: la llegada de grupos y organizaciones con fines distintos a los de Acción Nacional y que actuaban dentro de la organización siguiendo sus propios fines; la intervención en las decisiones de la vida interna de los funcionarios profesionales cuyo desempeño debía ser institucional e imparcial; el predominio de actitudes pragmáticas por encima de los principios e identidad democrática del Partido, la falta de claridad en los acuerdos con el gobierno… ya habrá oportunidad de narrar a detalle esas semanas de campaña; el hecho es que, a pesar de que la mayoría de los entonces consejeros nacionales firmaron un desplegado respaldando la reelección de don Luis –lo cual hizo que don Gabriel hiciera un enérgico reclamo condenando los votos comprometidos previamente y la perversión de los órganos internos al tenor de: si ya tienen la mayoría, para qué hacemos la elección-; a pesar de diversos hechos que se alegaba rompían la equidad del proceso, el día de la sesión del Consejo, luego de tres rondas de votación, Luis H. Álvarez no obtuvo la mayoría estatutaria para ser reelecto y fue sólo tras una cuarta ronda, no prevista en la convocatoria y forzada por las circunstancias, cuando se consumó no sólo la reelección, sino también la molestia de muchos consejeros, algunos de los cuales no aceptaron de inicio formar parte del nuevo Comité Ejecutivo Nacional.
Apuntar esto no significa en modo alguno sugerir que el signo político de don Gabriel fuera el del disidente o del rupturista, por el contrario, considero que subraya su sentido institucional. En esos momentos, él era presidente del Comité Directivo Estatal de Jalisco, cargo que dejó cinco meses más tarde, sin importar el apoyo casi unánime que le dimos los consejeros estatales para reelegirlo en el mando; él se hizo a un lado porque consideraba que permanecer en la presidencia con el antecedente de haber enfrentado a don Luis, podría afectaría el desarrollo del Partido en Jalisco y que era mejor para el PAN un nuevo dirigente. Este gesto no es otra cosa que mostrar, en hechos concretos y dando testimonio, que el poder no es un fin en sí mismo, que es un instrumento para cumplir determinados fines y que un dirigente no es dueño del cargo que ostenta.
Fueron muchas las veces en que puede hablar con don Gabriel en aquellos tiempos. Más allá de la coyuntura, de los problemas, las amenazas y el porvenir, el tema que más le gustaba era hablar de la política, de cómo debía ser un político. De todo eso, termino estas líneas rescatando su insistencia en que la política debía perseguir siempre objetivos de orden superior, que los actos de los políticos debían hacerse con sentido de trascendencia, que la acción política debía cimentarse en principios éticos y valores humanistas cristianos; en las sesiones del Comité Estatal, las del Consejo Estatal, en las asambleas y convenciones hizo hincapié siempre en la rectitud de intención, en la confianza entre los panistas y en la buena fe; criticaba las actitudes y vicios de los priistas pero no dejaba de creer en que a la postre podrían redimirse; daba ruedas de prensa con opiniones firmes sobre la situación política nacional y local acompañadas siempre de recomendaciones precisas sobre qué hacer y destacando la posición y la propuesta panista al respecto. Tenía muy claro su papel como dirigente, su posición como opositor, su lucha electoral y sus aspiraciones.
Su gestión como presidente estatal fue sometida a conflictos complejos y persistentes, tanto internos como externos, y salió adelante cimentando los futuros triunfos que obtendría el PAN tras el derrumbe priista precipitado por las explosiones que cimbraron a Guadalajara el 22 de abril de 1992.
Seguramente igual, habría encontrado los mejores caminos si el destino le hubiera deparado el mando nacional del PAN, sin embargo, Dios decidió para él otros caminos; él en la tierra y en la política nos enseñó mucho a muchos; ha llegado la hora de escribir esos testimonios y esa semblanza capaz de iluminar caminos con el ejemplo y la congruencia. En tanto, descanse en paz don Gabriel Jiménez Remus, su lucha ejemplar no será olvidada: hasta siempre querido Jefe.