Cultura

Tzvetan Todorov: humanista del siglo XXI

MA
Por Maricarmen Rizo · 4 min de lectura
Por Carlos Castillo. La muerte del filósofo franco-búlgaro Tzvetan Todorov el pasado 7 de febrero representa una pérdida para el pensamiento humanista, que abordó a través de su obra y del que es uno de los últimos exponentes, quizá el más preclaro, lejano de la reducción conceptual que ha realizado Zygmunt Bauman, quien bajo el concepto “líquido” ha intentado –y no siempre logrado de manera acertada– encerrar todos los conflictos de nuestro tiempo. Todorov enfrentó los diversos problemas sociales que nacen en el siglo XX: la convivencia de pensamientos opuestos y culturas distintas en un mismo espacio encuentra en sus ideas el esfuerzo por dejar de lado aquellas cosas que resultan inconciliables para, en un esfuerzo por superar la dialéctica que se instaló en el mundo bipolar, hallar los valores comunes a toda la humanidad. Entre éstos se encuentran, precisamente, los del humanismo, esa doctrina filosófica nacida durante el Renacimiento italiano en la obra de Marsilio Ficino o Pico della Mirandola, pero también el francés, con Montaigne o La Boétie, como más lúcidos exponentes; madurada durante el Siglo de Oro español desde la Escuela de Salamanca y enriquecida con el pensamiento de aquellos ilustrados que no se limitaron a encerrar la riqueza espiritual en las prisiones de la razón: Tocqueville y Rousseau. De su experiencia con el totalitarismo soviético, Todorov entiende pronto que esa posibilidad de convivencia humana sólo puede desarrollarse en democracia. Emigra a Francia y desde ahí comienza una travesía intelectual que lo lleva del reto de la vida en común a los peligros que entraña un régimen de libertades que se encuentra en constante tensión, que tiene en su materia prima –precisamente la libertad– la paradoja de sus propios y más peligrosos enemigos. Es decir: los riesgos de la democracia no provienen de afuera sino, al contrario, se encuentran arraigados en sus propias raíces, en su misma esencia y en el fruto de acciones encabezadas por Occidente y representadas en sus cimas más altas –hoy, paradoja, también en sus abismos más profundos– por Estados Unidos. Si la primera parte de su obra es, empero, la reflexión profunda de la diversidad (en obras como Nosotros y los otros o La vida en común), la segunda es un llamado a resguardar a la democracia de sus peligros internos. Este esfuerzo se encuentra reunido en el libro Los enemigos íntimos de la democracia (Galaxia Gutenberg, 2012), donde el filósofo detecta tres grandes líneas de urgente atención: el mesianismo, el neoliberalismo y el populismo. En lo que toca al primero, Todorov advierte acerca de la congruencia que exige al mejor sistema político que ha inventado el hombre, promover sus valores de acuerdo con esos mismos valores; de poco sirve predicar los derechos humanos si para difundirlos en otros países se atenta contra las libertades mínimas a través de guerras asesinas, de tortura o de abusos que, en nombre de un ideal, pervierten el propio espíritu de ese ideal. Por lo que toca al neoliberalismo, el llamado es a un régimen que ha hecho de la generación de riqueza y del materialismo su fin último, y de cómo ese enriquecimiento de una minoría ha sido a costas muchas veces del empobrecimiento de los más, generando brechas de desigualdad que son el origen de fenómenos como la migración, el desgaste acelerado del medio ambiente o el terrorismo. Fruto de esa incongruencia y de ese empobrecimiento es que surge el tercer gran enemigo: el populismo, que asume las contradicciones de la injusticia y el rencor para ofrecer un discurso que ataca al propio sistema y busca acceder al poder mediante la vía electoral y legal, para desmantelar desde adentro o vulnerar los logros que ha generado la propia democracia, hasta llegar a los casos extremos que hoy se viven incluso en Estados Unidos, donde parte de la explicación para entender cómo alguien como Donald Trump llegó al poder pasan por estos tres elementos. Los enemigos íntimos de la democracia es, de este modo, una hoja de ruta que resulta de gran utilidad para entender nuestro tiempo, así como otra de sus grandes obras, El jardín imperfecto. Luces y sombras del pensamiento humanista (Paidós, 1999) esclarece los grandes avances y los enormes retos que vive un sistema de pensamiento y de acción política que aún debe mucho a la humanidad. La muerte de Todorov ceja ese esfuerzo por alumbrar una época que hoy como nunca exige claridad. La lectura de su obra será, en ese sentido, una forma de seguir alumbrando el camino, no pocas veces sombrío, que se presenta delante.   Carlos Castillo es Director de la revista Bien Común. Twitter: @altanerias