Cultura

Tribulaciones y aprendizajes de Michael Ignatieff

MA
Por Maricarmen Rizo · 4 min de lectura
Por Carlos Castillo. La reflexión y el trabajo académico enfocados al análisis político son un espacio necesario para cualquier democracia, remanso donde lejos de la inmediatez de lo mediático y la comentocracia periodística, así como de la praxis política y su desgaste habitual, se ejerce una labor dedicada al estudio profundo de los diversos aspectos que acompañan la vida pública. La especialización de los perfiles que se dedican a este tipo de análisis ha aumentado como una muy marcada tendencia de la modernidad, que ha buscado así limitar el campo de investigación a áreas específicas, profundizando de este modo el saber y alejándose cada vez más de aquella figura del “intelectual” capaz de hablar de cualquier tema con tino, y que sufrió de grandes y en ocasiones muy lamentables abusos durante el siglo XX. Sea pues bajo el mote de académico, de especialista o de intelectual, reflexionar sobre el poder y el espacio público ha demostrado ser no sólo una constante sino, además, podría decirse que es un imperativo de la democracia, régimen que por sus propias características de perfectibilidad y mejora ha encontrado en el ejercicio de la crítica un modo de corregirse a sí misma y construir así los cambios que van reflejando las transformaciones propias de cualquier sociedad. ¿Qué ocurre, empero, cuando quienes se dedican al pensamiento intentan incursionar en la vida partidista, en la labor administrativa de un gobierno o en alguna competencia electoral? Hace algunos años, Roberto R. Aramayo, en La quimera del rey filósofo (Taurus, 1997), realizó el estudio de los intentos que –desde que Platón señaló la importancia de que fuesen los sabios quienes gobernasen– se emprendieron a lo largo de la historia en ese sentido, para concluir el enorme fracaso que ello representa no sólo para el filósofo –en el mejor de los casos–, sino además para el pueblo en su conjunto, bajo escenarios donde la certeza de poseer la única verdad válida tiende a terminar en regímenes autoritarios, asesinos e intolerantes. Michael Ignatieff podría ser el estudioso de la política que en fecha más cercana a nosotros se sumó a engrosar la lista de Aramayo: su participación en la vida pública canadiense por un breve periodo (de 2005 a 2011) representó el abandono de su papel de estudioso de las ideas, biógrafo reconocido de Isaiah Berlin, analista de la geopolítica y académico de Harvard, para protagonizar una carrera que le llevó incluso a competir por ser el primer ministro de su país. En el libro Fuego y cenizas. Éxito y fracaso en política (Taurus, 2014), Ignatieff hace el recuento de esa “aventura”. Como observador distante, con un dejo de amargura que salpica las poco más de 250 páginas, pero extrayendo el aprendizaje de la experiencia vivida y compartiéndolo con sus lectores, esta breve y anecdótica obra pareciera en ocasiones un reclamo a la propia política porque en su praxis no está a la altura de la teoría; también, no pocas ocasiones, una suma de consejos extraídos de lo que fueron fracasos alarmantes para su partido (el Liberal) se convierten en breves aforismos, formulados casi bajo la convicción de haber descubierto una verdad de grandes alcances y que para el político de oficio representan sólo el día a día de su actividad. La propia titulación de algunos capítulos (“Arrogancia”, “Ambición”, “Fortuna”) es también otra muestra de esa muy válida tendencia a dictar cátedra y señalar los yerros de la práctica parlamentaria o gubernamental, deber ineludible del crítico o el estudioso, pero que ya en el ejercicio de una y otra se tornan categorías ingenuas para describir y enmarcar una realidad que por principio implica la obtención del poder, y cuya idealización dista mucho de la simple enseñanza teórica de cualquier aula. La experiencia de Ignatieff termina siendo pues mero relato, recuento de tribulaciones, suma de consejos, auto retrato que incluso alcanza a demostrar tanto ineptitud como impericia. Una puerta de entrada simplista y muy limitada, pero entrada al fin de cuentas –y eso se agradece–, a las complejidades de la condición humana.   Carlos Castillo es Director de la revista Bien Común.