Segunda vuelta y democracia
MA
Por Maricarmen Rizo
Por Fernando Rodríguez Doval.
Durante décadas México tuvo un régimen político excepcional en perspectiva comparada. Formalmente era una democracia representativa, aunque en los hechos el Presidente tenía poderes prácticamente absolutos, llamados “metaconstitucionales” por algunos teóricos como Jorge Carpizo, que le permitían ser el eje de toda la política nacional. Pero a diferencia de otros regímenes autoritarios en el mundo, el mexicano cambiaba de hombre fuerte cada seis años y llevaba a cabo el ritual electoral de forma ininterrumpida.
Buena parte de la tarea de la democratización mexicana consistió en terminar con la excepcionalidad e incrustar a nuestro país en los usos y costumbres de cualquier otra democracia occidental. Nada más, pero nada menos. Y en este proceso, iniciado hace más de dos décadas, aún quedan elementos por tomar en cuenta, a fin de que nuestro país deje de ser una rara avis en materia política y electoral a nivel internacional. Uno de ellos es el de la segunda vuelta para elegir al Presidente de la República, la cual en otras latitudes se utiliza cuando ninguno de los candidatos alcanza en la elección más de la mitad de los votos.
La segunda vuelta está presente en el 67 por ciento de los países que, como México, tienen un régimen presidencial y tiene como objetivo que ante elecciones cerradas, como las que comúnmente se dan en democracias competitivas, exista una institución que asegure que la votación emitida en favor de un candidato sea lo suficientemente representativa, no sólo para obtener un triunfo electoral a través de una mayoría, sino también para asegurar la legitimidad y estabilidad al encargo público que va a desarrollar.
La segunda vuelta garantiza que quien resulte electo no sea un “perdedor Condorcet”, término que en la ciencia política define a la alternativa que perdería con todas las demás en competencias binarias, es decir, a la menos preferida en un enfrentamiento uno a uno pero que, en cambio, en una elección múltiple puede resultar vencedora. De esta forma, con la segunda vuelta se protege de mejor forma la preferencia real de los electores.
Al no existir un esquema de segunda vuelta se incentiva que el elector haga un voto estratégico a fin de maximizar la utilidad de su sufragio, pero no necesariamente esto implica votar por su opción preferida. En cambio, al existir segunda vuelta el elector puede votar en primera instancia por su mejor opción (voto ideológico) y después por su segunda preferencia (voto práctico).
Por otro lado, la segunda vuelta favorece posturas políticas más centradas, moderadas y cercanas al votante mediano. Las posturas más radicales, que ciertamente tienen derecho a existir en un régimen democrático, encuentran su justa dimensión en la primera vuelta, mientras que en la segunda vuelta los dos candidatos finalistas acercarán sus posiciones al punto del espacio político donde se encuentra la mayoría de la población.
Otra ventaja de la segunda vuelta es que evita campañas que tiendan a la polarización. Los diferentes candidatos evitarán descalificarse a fin de no alienar a los seguidores que eventualmente puedan votar por ellos en la segunda vuelta. Este esquema promueve también alianzas electorales para la segunda vuelta que deberán traducirse en acuerdos estables de gobierno en caso de que el ganador no tenga mayoría en el Legislativo.
De 1994 a la fecha ningún candidato presidencial ha contado con el apoyo mayoritario del electorado. No sólo eso, sino que la creciente fragmentación de nuestro sistema político y de partidos, que ahora incluye la posibilidad de candidaturas independientes, nos puede llevar a una elección presidencial en 2018 donde el ganador lo sea con un porcentaje incluso menor al 30 por ciento. Esto conduciría inexorablemente a un mandato poco legitimado y a un sentimiento de frustración popular ante el riesgo, más que probable, de que el ganador sea, paradójicamente, el más rechazado por la mayoría de la población.
Por eso es que la segunda vuelta fortalecería a nuestra democracia, daría más poder a los electores y haría que México abandonara su excepcionalidad en materia electoral. La propuesta ya fue presentada por legisladores de Acción Nacional, bien harían los demás partidos en discutirla con serenidad.
Fernando Rodríguez Doval es Secretario de Comunicación del CEN del PAN.
Twitter: @ferdoval