Seguiremos continuando, de Gonzalo Altamirano Dimas
Seguiremos continuando toma su título de una frase que el artesano Bonifacio Ramírez pronunció en la segunda Cena de Navidad de Acción Nacional, en 1940, y que se volvió uno de los lemas de batalla del Partido. No es casual que el libro abra declarando esa filiación, porque de entrada dice lo que no quiere ser: no es la memoria de alguien que cierra cuentas con su propio pasado antes de bajar el telón. Gonzalo Altamirano Dimas ingresó al PAN en febrero de 1967 y desde entonces no ha dejado de ocupar cargos de partido, de representación legislativa o de administración pública. Diputado federal en tres ocasiones, local en dos, diputado constituyente de la Ciudad de México, presidente del Comité Regional del entonces D.F., vocero del Partido y de la Secretaría de Gobernación: pocos panistas en activo pueden reclamar una trayectoria tan larga y tan continua.
El libro nace, según cuenta el propio autor en el prefacio, de unas sesiones grabadas a mediados de los noventa con colaboradores y una periodista, cuyas transcripciones se extraviaron en parte y tuvieron que rehacerse años después, hasta que en una conversación con Marko Cortés y con quien escribe, lo animamos a terminarlo. Ese origen oral se nota, para bien y para mal, en cada capítulo.
Para bien, porque el libro se lee con la cadencia de quien narra y no de quien redacta: está salpicado de anécdotas —una carroza funeraria repartiendo comida el día de una elección, un candidato a gobernador lanzándose en paracaídas sobre un mitin priista— que el prologuista, Juan Antonio García Villa, destaca con razón como uno de sus atractivos. Para mal, porque la estructura es desigual: hay capítulos que se leen como crónica política de primera mano, indispensables para entender la reforma política de 1977, el fraude electoral de 1988 o la relación siempre tensa entre el PAN y el poder, y hay otros que se quedan en el recuento de nombres, cargos y comités que sólo un lector ya versado en la historia interna del Partido sabrá ubicar sin ayuda. El libro exige, en ese sentido, un lector dispuesto a la paciencia del archivo, no sólo al gusto por la anécdota.
Su valor mayor, sin embargo, es precisamente documental. Gonzalo fue testigo y actor en momentos que la historiografía panista todavía no ha resuelto del todo: el desencuentro con Manuel Clouthier en Sinaloa, la caída del sistema electoral en 1988, el Foro Democrático, la campaña de Diego Fernández de Cevallos en 1994 o la derrota de 1997 en el Distrito Federal, de la que fue uno de los responsables señalados. No elude esa responsabilidad —escribe que asumió la suya y exigió que cada quien asumiera la propia— ni la usa para ajustar cuentas con nadie, lo cual, tratándose de un género tan propenso al autoelogio o al desquite, es mérito que vale la pena subrayar.
Hay, además, un pasaje que leo con un interés que no puedo pretender desinteresado. Altamirano escribe sobre Carlos Castillo Peraza, mi padre, con una frase que resume bien el tono general del libro: “la historia no ha sido generosa con él. La suya no se resume en el episodio de 1997, es otra historia. Más grande, como era él”. No es un elogio fácil ni gratuito: llega después de reconocerle desencuentros reales y de narrar, sin ocultarlo, el distanciamiento que siguió a esa derrota electoral. Es, me parece, el tono que mejor le sienta a estas memorias: mide a las personas en su complejidad, no en la caricatura que conviene a quien escribe.
El libro cierra con un capítulo de reflexiones que, a diferencia del resto, no narra sino argumenta, y ahí Altamirano se vuelve más interesante como pensador que como cronista: insiste en que el PAN debe seguir siendo “un partido de cuadros, no de masas”, advierte sobre el riesgo —que atribuye también a Luis H. Álvarez, a Castillo y a Felipe Calderón— de “ganar el gobierno, pero perder al Partido”, y repite, citando a los ingleses, que la democracia es apenas “el método menos malo”. Son ideas que no inventa, pero que ordena con la autoridad de quien las vivió desde dentro durante casi sesenta años.
Seguiremos continuando un testimonio, con las virtudes y los límites del género, de alguien que decidió, como pocos protagonistas de la vida pública mexicana se atreven a hacerlo, dejar constancia escrita de sus aciertos y de sus errores antes de que la memoria del Partido se quede sólo en manos de quienes no lo vivieron. Por eso vale la pena leerlo, para entender, con nombres y fechas precisos, de dónde viene una parte de lo que hoy es Acción Nacional.
Julio Castillo López es Presidente de la Fundación Rafael Preciado Hernández. X: @JulioCastilloL