Cultura

Partidos: apertura, cercanía

MA
Por Maricarmen Rizo · 5 min de lectura
  Por Carlos Castillo. Mucho se ha hablado en los últimos meses de la llamada “crisis de los partidos”. Mucho, como hace casi una década, el auge de la sociedad civil organizada puso el término en el lenguaje común para, al final de cuentas, terminar volviendo de nuevo al modelo tradicional con cambios casi nimios. Fenómenos como el de la elección de Trump en Estados Unidos, así como el mal prestigio que, casi sin excepción, a nivel de las democracias occidentales, padecen los partidos, ha hecho que de nueva cuenta esta supuesta o real “crisis” salga a la luz, con cifras que la respaldan, con solicitudes de modernización, transformación y otros que expresan los síntomas de una realidad incuestionable: algo ha cambiado. ¿Qué es lo que ha cambiado? ¿Por qué de nueva cuenta, hoy como ayer, aparecen estas manifestaciones que rozan lo antipolítico e infravaloran a instituciones clave para la democracia? Muchas y muy diversas razones pueden replicarse, que van desde la propia representatividad hasta la sociología o los resultados económicos. Al respecto, Peter Mair, en Gobernando el vacío. la banalización de la democracia occidental (Alianza 2015) expone dos que podrían ser un buen punto de partida si no para sumarse al coro de pesimismo y en ocasiones hasta franca exageración, sí para entender que esos cambios (que ya Moisés Naím explicó con claridad en El fin del poder) son tangibles y reales, y es importante darles respuesta desde los propios partidos. El primero, refiere el autor, tiene que ver con el término “banalización”, que acompaña el subtítulo del libro, y cuya aparición tiene que ver con algo que podríamos llamar “normalidad democrática”: a raíz de establecerse este sistema como la aspiración o meta de siglos de historia política y social, los partidos –actores de primera fila e indiscutible en ese proceso– son parte habitual de la configuración social. Este hábito, que es por sí mismo positivo, ha llevado no obstante a que pareciera que aquello que siempre ha estado ahí, ahí permanecerá inmutable y estático; no se considera, en ese sentido, que los cambios cada vez más rápidos y notables en el mundo debieran por sí mismo traer respuestas y conformaciones también nuevas o, al menos, que hagan de las instituciones algo un poco más dúctil (término también en boga entre estudiosos y analistas). La incapacidad de transformación o adaptación es producto, sigue Mair, de que los partidos se han convertido en burocracias que viven por y para el poder, lo que a su vez ha cambiado su vocación primigenia, la de ser cauces de ciudadanía hacia el ejercicio público, para quedar en meras burocracias que administran ese poder obtenido. La burocracia, empero, es por sí misma rígida, lenta para aceptar cambios y tiende a ser estática, e impide por esa misma naturaleza que nuevas ideas, nuevos actores y nuevas influencias se incorporen a la participación. Ante esta realidad, los partidos han terminado como instituciones cerradas, repitiéndose a sí mismas, incapaces, fruto de ese ostracismo, de interpretar y dar respuesta a las sociedades de las que emergen. Sin renovación y sin agendas nuevas, la ciudadanía les ha dado la espalda y busca nuevas y más flexibles formas de involucrarse en lo público, a través sobre todo de organizaciones civiles que, por decirlo de alguna forma, y coincidiendo con lo ocurrido un par de décadas atrás, vuelven a tomar protagonismo. Mair no se suma a ese coro que casi pareciera desear la desaparición de los partidos tradicionales. Por el contrario, aboga porque éstos vuelvan o sean al menos capaces de, en parte, retomar esa vocación de representatividad que en otra época fue capaz de aglutinar intereses diversos, bajo agendas completas y complejas capaces de incorporar la diversidad, las tendencias actuales y visiones más modernas. Así, a partir de su diagnóstico propone la apertura, una nueva ciudadanización de los partidos para romper hábitos que están ensanchando la brecha entre la política y el ciudadano. Resulta así de gran utilidad atender a este tipo de alarmas. No por caer en catastrofismos sino, ante todo, para valorar no sólo los aportes históricos de las fuerzas políticas tradicionales sino, sobre todo, para empujar, desde dentro y desde fuera, una renovación que será vital para que en el presente y en el futuro, se tenga en claro, como cada vez menos se tiene, que el papel de los partidos es insustituible por su calidad de pilares del sistema democrático. Atender a este tipo de análisis es urgente y sin duda presenta retos que los propios partidos deben ser capaces de resolver. El riesgo de no hacerlo puede conducir a un distanciamiento, a la falta de un puente entre sociedad y política por el que fácilmente cruzan los populismos simplistas y las demagogias que abrevan en la indiferencia social por lo público. Esto ocurre y ha ocurrido. La apertura –ordenada y generosa– de los partidos es sin duda el mejor antídoto.   Carlos Castillo es Director de la revista Bien Común. Twitter: @altanerias