Cultura

Participación ciudadana y nuevas tecnologías: urgente oportunidad

MA
Por Maricarmen Rizo · 5 min de lectura
Por Carlos Castillo. El nacimiento de la democracia en Grecia abrió el camino a los gobiernos participativos, a la asamblea popular en la que el entonces nuevo ciudadano que participa, se involucra, adquiere una vida cívica y es copartícipe de las decisiones que afectan a la urbe en su conjunto. La evolución y práctica de esa idea, que durmió un largo sueño durante la Edad Media y del que apenas despertó en la Inglaterra del siglo XVII, conformó una nueva era que se instaló en la medida que las ciudades, los centros urbanos, fueron adquiriendo preeminencia por encima del entorno rural, conformando una naciente burguesía y dando forma a innovadores métodos de participación política; ya no se trataba de los ciudadanos reunidos en la plaza pública, debatiendo y confrontando ideas sino más bien de representantes agrupados en fuerzas políticas que hacían lo propio en ese espacio creado ex profeso para el intercambio de propuestas: el Congreso. La historia de la democracia puede rastrearse, en ese sentido, desde el tópico de la representatividad, y es bajo esa línea de argumentación que Juan Pablo Adame Alemán apuntala la investigación reunida en el libro Ciudadanía digital: ¿oportunidad o amenaza? (Cámara de Diputados, 2015): un extenso y grato recorrido por un concepto a lo largo de varias épocas, dividido en dos ejes fundamentales, la democracia directa –la de la plaza púbica– y la indirecta –que es la de la representación partidaria–. Un tercer eje se introduce a partir del sustento que construye esta introducción, y es la aparición de los medios de información electrónicos, que en un breve lapso de tiempo transforman el modo de concebir nuestro entorno, imponiendo nuevos paradigmas en una diversidad de aspectos de la vida cotidiana tan vasto que no es exagerado afirmar que su irrupción podría dar nacimiento a una nueva era. La política, en ese sentido, así como la participación ciudadana, no están exentas de los avatares de esos cambios y de igual modo pasan por un periodo de adaptación en el que lo nuevo, al menos en México, no termina aún de sacudir lo tradicional, mientras los hábitos instalados durante décadas se aferran y resisten al cambio a veces incluso con necedad y obstinación. Adame Alemán introduce aquí un término con el que, retomando lo mejor de la tradición clásica, describe ese nuevo espacio que han abierto las tecnologías para la participación política: el “ágora digital”, donde las voces se incorporan de manera libre, donde una construcción vertical del poder poco a poco cede su lugar privilegiado, inmune a la crítica y cerrado, para dar paso a una apertura que empodera a la ciudadanía, que le otorga la posibilidad de increpar, de reclamar, de aplaudir o de condenar las decisiones de sus gobernantes y representantes. De este modo, surge la pregunta que da título al libro: este cambio al que asistimos y que se ha desarrollado a una velocidad que apenas da tiempo de adaptarse, ¿representa una oportunidad o una amenaza? El político que creció y se formó en ese modo circular de ejercicio del poder, el que no soporta que los ciudadanos le increpen, el que no tolera ver a los ojos a sus representados para bien o para mal, dirá sin recato que hay un riesgo latente, que el modo tradicional de ejercer el poder está amenazado por voces anónimas, escondidas tras una pantalla, disfrazadas detrás de un alias o un nombre falso. En cambio, quien como el autor encuentra en estas transformaciones un espacio para fortalecer la cultura política, para vencer la apatía del discurso antipolítico, para establecer los puentes de un diálogo sincero y franco, incluso para responder a cuestionamientos, escuchar oposiciones y presentar ideas, sabe que asistimos a un tiempo que puede cambiar para siempre la historia de la representatividad política; sabe, empero, que el conocimiento que es posible obtener a partir de las llamadas Tecnologías de la información es una ventaja para la sociedad casi –subrayo el casi– de la importancia que tuvo en su momento la invención de la imprenta. Ciudadanía digital concluye con dos ideas que cierran una obra bien concebida y articulada: la participación digital como detonante de la construcción de una ciudadanía activa, vigorosa y con posibilidad de fortalecer los valores del diálogo, el acuerdo y la transparencia –esenciales para una democracia madura–, y el Parlamento abierto, concepto que a partir de estas tecnologías y estos espacios horizontales –entre iguales– genera incentivos para la rendición de cuentas que poco a poco podría ser el punto de partida para devolver al poder legislativo el prestigio que ha perdido a raíz de décadas de opacidad y rezagos. Congruente con lo escrito, Ciudadanía digital… puede descargarse en http://juanpabloadame.mx/ciudadaniadigital, atiende asimismo a una premisa de sumo valiosa: la política se encuentra frente a un área de oportunidad; ojalá que, como Adame sugiere, sus protagonistas atiendan con urgencia y seriedad las posibilidades que se abren a partir de las nuevas tecnologías. Carlos Castillo es Director de la revista Bien Común.