“Oda” a América Latina
MA
Por Maricarmen Rizo
Por Javier Brown César.
América Latina es una identidad portentosa, que más allá de la proximidad geopolítica está vinculada por tradiciones comunes y múltiples lenguas, hermanada por un pasado que nos enorgullece y por un impresionante legado material y espiritual que llevamos sobre nuestras espaldas.
Somos tributarios de una rica herencia común, grecolatina, judía, cristiana y árabe, que se respira en nuestras palabras, templos, plazas públicas, kioscos, calles y monumentos, fiestas y kermeses; herederos privilegiados de culturas múltiples, somos un universo de fecundas inquietudes, de ideas prodigiosas, de sueños ambiciosos pero alcanzables.
La naturaleza ha sido pródiga y generosa con nosotros: altivos y activos volcanes, ríos tempestuosos y “eternos”, desiertos infranqueables, pastizales interminables, cataratas monumentales, cadenas montañosas abruptas, hielos perennes, estepas y bosques de coníferas, selvas impenetrables, ciénagas imponentes y manglares espléndidos.
Nuestras historias están llenas de luchas heroicas, marcadas por el encuentro de culturas y por el mestizaje que fecundó nuestras tierras benditas. Hoy día es mucho más lo que nos une, que lo que nos separa y confronta; es mucho más lo que nos hermana, que las causas profundas de nuestras disidencias ideológicas y envidias compartidas.
Nuestras grandes lenguas nos vinculan, nuestras hablas e idiolectos nos enriquecen. Recibimos la herencia fecunda del portugués de Luis de Camoens, Fernando Pessoa y José Saramago; del francés de Blaise Pascal y Moliere, Víctor Hugo y Verne, Sartre y Camus; del inglés de Shakespeare y T. S. Eliot; y del castellano de Cervantes y Unamuno, de Gabriela Mistral y Pablo Neruda, de Jorge Luis Borges, Julio Cortázar y Ernesto Sabato, de Miguel Ángel Asturias y Gabriel García Márquez, de Mario Vargas Llosa, Octavio Paz y Carlos Fuentes.
A pesar de nuestras innumerables riquezas, de nuestra vasta herencia cultural, de nuestra riqueza étnica y religiosa, seguimos siendo la región más desigual del planeta y una de las más divididas. Por nuestros países han corrido ríos de sangre, circundados por grandes océanos que, a la vez que nos unen al resto del globo, nos separan de él.
Desde la península de Baja California hasta la Patagonia y la Tierra del Fuego un mismo ímpetu debería recorrer nuestras venas, pero no lo hace. Gobiernos populistas y gobernantes corruptos nos han marcado con su legado de pobreza, segregación y odio.
El sueño de grandes libertadores, como Simón Bolívar, fue el de una nación hispanoamericana vinculada por un proyecto común y llamada a la gloria, pero a pesar de ello, seguimos atrapados en nuestros vanos regionalismos, en nuestros mal entendidos orgullos locales, en nuestro chovinismo exacerbado.
En muchas regiones vivimos como hace varios siglos, con la tecnología de hoy, conviviendo en estrecha armonía el móvil y el poncho, el monitor de televisión y el molino de nixtamal, el ordenador y las boleadoras. Pero al lado de esta convivencia virtuosa y enriquecedora, encontramos las grandes transnacionales que utilizan ingente mano de obra barata y a cuyas puertas hay personas con hambre y sed.
Nuestros recursos no son para quienes los puedan comprar a precio de ganga, nuestros alimentos son para los hambrientos, nuestra agua dulce es para los sedientos, nuestras riquezas son para quienes más las necesitan, no para quienes puedan pagarlas.
Europa nos mira con atención, esperando de nosotros la respuesta a una crisis que ellos padecen y que nosotros somos incapaces de superar. En lugar de ello, vemos a Europa con una mezcla de esperanza, resentimiento y nostalgia, incapaces de responder al llamado que nos hacen.
Dejemos de tratar a los hermanos de las regiones tropicales e invernales del sur como vecinos distantes, a nuestros hermanos que viven en las islas como a seres de otro continente. Abracemos juntos la agenda común que nos llevará a salir de la desigualdad que sigue causando profundas heridas y derramando inútilmente la sangre americana.
Divididos seguiremos naufragando en las aguas de nuestros ríos y lagos interiores, unidos podemos mostrar al mundo que es posible construir una comunidad cultural, no vinculada sólo por una moneda común, sino por un solo ímpetu espiritual.
Hoy que parecen surgir nuevas amenazas y que mueren nuestros viejos caudillos, es la hora de luchar por una agenda común, que nos lleve a superar diferencias que no son históricas ni naturales, sino fabricadas por nuestros propios temores infundados.
¡Oh América Latina! Deja atrás tus viejos atavismos. Apuesta por los valores espirituales superiores que te dan vigor y fortaleza. Atrévete a pensar en grande y a ser grande. Tus hijos esperamos las más grandes realizaciones, pero para ello necesitamos comunidades fuertes y gobiernos estables al servicio del bien común.
Construyamos juntos el Estado fuerte, vigoroso, generoso y ordenado, que por encima del afán de lucro haga prevalecer la superioridad de la justicia, que sobre la esclavitud del trabajo indigno haga sonar las campanas de la libertad de una cultura laboral que dignifique a patronos y empleados, y que se base en un salario digno y decoroso.
Transitemos hoy del siglo de caudillos al de una solidaridad latinoamericana que trascienda nuestras fronteras, que lleve nuestra cultura al mundo y nos traiga de vuelta el legado cultural de la humanidad.
Nuestra agenda futura debe ser la de la vigencia plena de los derechos humanos, con instituciones democráticas sólidas, hermanados por una solidaridad globalizadora, defensores del humanismo pleno y promotores insuperables de la prosperidad y la libertad.
Unamos nuestras voces en una gran sinfonía orquestada desde el respeto a la dignidad y a la diversidad humanas, a los valores perennes que nos han dado solidez cultural, y atrevámonos a construir la gran unión espiritual y económica que limite el poder arbitrario de los mandatarios, que haga valer la auténtica representación popular y lleve a los foros nacionales e internacionales una agenda de paz, solidaridad y esperanza.
América Latina, el mundo te necesita grande, te necesita fuerte, te necesita unida. Tus hijos esperan de ti el fin de un largo periodo de letargo y el despertar de una nueva era de prosperidad y armonía.
Twitter: @JavierBrownC