México frágil, estrategia ausente, acción vulnerable
Noviembre 2025
Arturo Hernández Vázquez
Levanto la voz desde el servicio público, desde uno de los eslabones más frágiles, pero también más cercanos a la ciudadanía: el gobierno municipal. Lo hago como edil, no desde la comodidad del escritorio ni desde la distancia de los discursos, sino desde la primera línea, en donde los problemas no se leen en reportes, se viven a diario, se enfrentan con recursos limitados y con la convicción de no rendirse.
Aunque la Constitución establece que temas como la delincuencia organizada, el tráfico de armas, drogas o delitos contra la salud no son competencia directa del ámbito municipal, somos los primeros en verlos, atenderlos, sufrirlos y soportarlos. La violencia toca a nuestra gente, a nuestros compañeros, a nuestras familias. No podemos quedarnos callados.
Desde esta trinchera local, que no por ser la más pequeña, es la menos importante, alzo la voz con preocupación, pero también con compromiso, convencido de que México sí puede cambiar si nos tomamos en serio la responsabilidad que implica gobernar, actuar y, sobre todo, proteger.
Hablar de seguridad en México es, cada vez más, un acto de responsabilidad moral. No se trata sólo de evaluar los niveles de violencia que nos rodean, sino de analizar con profundidad la eficiencia de las políticas públicas y los grados de responsabilidad de cada nivel de gobierno. Porque hoy lo que está fallando no es sólo la táctica, sino la estrategia entera.
Vivimos en un país donde las decisiones se toman muchas veces con el filtro de la popularidad, no de la eficacia. La seguridad se convierte en una promesa de campaña, no en una política de Estado. Se prefiere cuidar la narrativa antes que los resultados. Y mientras tanto, la realidad nos golpea: comunidades atemorizadas, servidores públicos amenazados, ciudadanos que ven en el martirio su única posibilidad de ser escuchados.
Los programas asistenciales, muchos de ellos necesarios, se han convertido en estrategias clientelares que poco transforman la raíz del problema. Se reparten recursos, pero no se mide su impacto ni se fomenta una cultura de corresponsabilidad. La educación, la cultura, el deporte, grandes herramientas de cambio, han sido relegadas a segundo plano cuando en realidad son estrategias preventivas fundamentales. ¿Dónde están los programas que fortalezcan los valores, la ética, la formación ciudadana?, ¿dónde está el verdadero proyecto de nación que inspire y eleve?
La seguridad nacional no puede seguir reducida al binomio de policías y militares. La verdadera seguridad se construye con inteligencia, con inversión, con datos, con estrategias, con planificación, con respeto a los derechos humanos, con formación profesional de nuestros cuerpos de seguridad, con herramientas tecnológicas y coordinación institucional. No se trata de cuántas armas se portan, sino de cuánta preparación hay para prevenir, atender, investigar y restablecer la paz.
Pero lo más doloroso de esta fragilidad institucional es el mensaje que se manda a quienes, desde el servicio público, quieren marcar una diferencia: que buscar un cambio puede costarte la vida. Que, si decides defender una causa o un ideal, es probable que lo pagues con sangre. ¿Qué país estamos construyendo si se siembra la idea de que el sacrificio es la única forma de que una voz sea escuchada?
Ante esto, quienes estamos en el servicio público, debemos asumir con seriedad y profunda conciencia nuestra encomienda. La transformación de México no empieza en el centro del poder, sino desde los municipios, los estados, los barrios, las familias. La visión humanista que proponemos desde Acción Nacional pone al centro a la persona y lo hace con la convicción de que sólo con Patria, Familia y Libertad podremos reconstruir el tejido social que tanto se ha desgarrado.
Es tiempo de exigir resultados, de elevar el debate público y de construir políticas que sirvan, no que sólo decoren discursos. Porque lo que está en juego no es una elección más, sino la posibilidad de vivir en un país donde servir no signifique arriesgarlo todo, sino construirlo todo.
No puede ser consuelo, ni estrategia de gobierno, el reducir unos puntos porcentuales en los indicadores de violencia o maquillar las cifras de muertes como si eso resolviera algo. No estamos para simulaciones, ni para discursos que intentan calmar la indignación con datos manipulados o verdades a medias. Lo que necesitamos es resolver, asumir responsabilidades y actuar con firmeza.
Y mientras tanto, la reacción oficial sigue anclada en culpar al pasado, como si a más de diez años atrás se encontrara la causa única del presente. ¿Dónde está la responsabilidad de hoy?
Levantar la voz ya no basta. Exijamos un cambio verdadero, pero, sobre todo, organizarnos y actuar con inteligencia y convicción. Que el 2027 no sea simplemente un proceso electoral más, sino el parteaguas de un nuevo rumbo, construido desde los municipios, los congresos y, sobre todo, desde cada ciudadano que no está dispuesto a callar ni a normalizar la violencia.
Que el PAN no se pierda en la intención. Que su doctrina humanista, su vocación municipalista y su bandera de Patria, Familia y Libertad nos mueva a pasar de la crítica a la acción, de la pasividad al compromiso. Porque sólo así honraremos a los que ya no están, cuidaremos a los que hoy sí estamos y construiremos el país que queremos dejar a quienes vienen detrás.