María Elena Álvarez de Vicencio: la política como servicio a los demás

Febrero 2026

Abel Vicencio Álvarez

La Nación

El jueves 12 de febrero México despidió a una de las arquitectas más discretas y sólidas de su transición democrática. El fallecimiento de mi madre, la doctora María Elena Álvarez Bernal de Vicencio, a los 95 años, no sólo marca el fin de una era para el Partido Acción Nacional, sino que provocó un eco de reconocimiento que trasciende ideologías, unificando la voz pública en torno a un concepto hoy escaso: la integridad.

Así es: María Elena Álvarez de Vicencio, o “Elenita” como le decían, fue una mujer integra que logró el equilibrio entre sus convicciones profundas (una fe congruente y valores familiares) y una eficacia política audaz.

Familia, patria y fe marcaron la vida de mi mamá. Llegada a la capital de su natal Zamora ya trabajaba desde los 15 años. Desde esa época se comprometió con mil actividades de la Acción Católica y cuando se casó con mi papá, 10 años después, ya eran dirigentes nacionales de esa organización. La vida de pareja y familia con Abel Vicencio Tovar se basó en el cariño y respeto, iniciando una descendencia de tres generaciones.

Mi mamá, al igual que mi papá, entendió que la política es ante todo una labor de servicio y su trabajo por más de seis décadas en la institución de sus amores, que fue el Partido Acción Nacional, y también en el servicio público, fueron determinantes en la transición democrática de México en el 2000 y más allá. Pasó por todos los cargos partidistas posibles e integró tres legislaturas. Llegó a ser una de las panistas más respetadas. Todos la recuerdan en la Mesa Directiva del Congreso, en el convulso 2006, traspasando la banda presidencial de un gobernante a otro: toda la institucionalidad de un país concentrada en ese sencillo gesto.

En la congruencia, en la constancia, en la dedicación amorosa y cotidiana está también la fuerza y la eficacia. Mi mamá fue una gran política, pero no necesitó ser gran oradora, ni hacer llamados a la acción, ni encabezó grandes protestas o acciones ruidosas. Un solo ejemplo lo ilustra bien: teniendo ya amplia experiencia en educación, María Elena Álvarez estudió licenciatura y maestría en ciencias políticas a los 60 años, el doctorado a los 70 y una especialización en derecho Constitucional a los 85. Escribió libros y artículos. Su interés académico fue desde luego la participación de la mujer en la política, el municipalismo y la ética en la función pública.

Mi madre fue feminista, pero no de discurso, sino de acción. Cuando tuvo edad para votar no pudo hacerlo por ser mujer. Junto con muchas otras trabajó por décadas para crear y promover espacios para la Promoción Política Femenina. Ella no sólo pidió cuotas, formó cuadros: Comenzó diciendo que las mujeres en política servían para mucho más que hacer tortas y terminó participando por México en la histórica Conferencia Mundial sobre la Mujer de 1995 en Beijing. Creadora de instituciones, promovió y encabezó el Instituto Nacional de las Mujeres, ahora Secretaría. Su legado ahí está: cada mujer que hoy ocupa una curul o un puesto alto en el gobierno, incluida la presidenta, le deben un poquito a María Elena Álvarez de Vicencio.

María Elena Álvarez de Vicencio deja un vacío físico, pero también un manual de instrucciones sobre cómo ejercer el poder con ética sin perder la decencia. México pierde a una de sus hijas más lúcidas, pero su nombre queda inscrito en la historia como el sinónimo de que la política es servicio, y que, en las manos correctas, es una forma de amor al prójimo.

El agradecimiento es la memoria del corazón. A nombre de mi mamá, en la familia Vicencio Álvarez agradecemos a sus lectores de La Nación, a panistas nuevos y viejos, y en general a todos, por las muestras de cariño y reconocimiento a su fecunda vida.