Gabriel Zaid en Letras Libres, Gabriel Zaid
Noviembre 2025
Julio Castillo López
Pocas personas merecen tanto el calificativo “erudito” como Gabriel Zaid.
Hace muchos años —quizá unos 27— solía acompañar a mi padre a cenar a un restaurante argentino que estaba junto a su oficina en Coyoacán. Se llamaba IV Siglos. El ritual comenzaba en su despacho, en donde solía mostrarme algún libro o terminaba de escribir lo que tuviera entre manos. En una de esas antesalas a la cena, le pregunté que, así como el león ruge y el elefante barrita, ¿cómo se llamaba la voz de la pantera?
Buscó en un par de diccionarios, sin éxito. Entonces optó por marcarle a Gabriel Zaid. Por lo visto, Zaid no tenía la costumbre de contestar el teléfono, pero sí tenía una contestadora. Mi padre le dejó el recado explicándole la duda zoológica.
No habían pasado ni cinco minutos cuando, por el fax de la oficina, llegó una copia de un diccionario muy antiguo en el que venían listadas las voces de decenas de animales. Así fue como aprendí la palabra himplar… y el nombre de Gabriel Zaid.
Durante la cena, mi padre me habló un poco de él: su historia, su formación, sus revistas, sus colaboraciones con Octavio Paz y con Krauze —a quien en ese entonces leía en la colección de Tusquets—, sus libros y esa imagen pública tan reservada, casi mítica. Días después, mi padre me hizo llegar un ejemplar del Ómnibus de la poesía mexicana. Fue el primer libro de Gabriel Zaid que leí.
Años más tarde, ya en 2004, mientras trabajaba en la Comisión de Cultura de la Cámara de Diputados, tuvimos una reunión con funcionarios federales —Sari Bermúdez y su equipo— sobre el tema de bibliotecas. Al finalizar, nos repartieron a diputados y asesores un libro editado por Conaculta: El costo de leer y otros ensayos, también de Gabriel Zaid. Aquel texto me dejó pensando durante días. Es, hasta hoy, uno de esos libros que sigo citando con frecuencia.
Gabriel Zaid en Letras Libres es una compilación de sus columnas, editada y prologada por Fernando García Ramírez. Es un libro desbordante. Genealogías de palabras y expresiones, historias de personajes, cálculos macro y microeconómicos, probabilidades de lectura y de escritura de buenos poemas, exposiciones históricas y teológicas, reflexiones sobre el libro y su mercado, el ser humano nómada frente al sedentario, la agricultura, la posibilidad real —y demostrada— de erradicar la pobreza, el desmontaje de mitos con tan solo ordenar fechas, el mimetismo biológico, la imagen pública, el reto de los editores, la buena cultura, los grandes inventos de la Edad Media y una cantidad abrumadora de datos: desde la importancia del “joaquinismo” hasta la invención del casco civil.
Zaid es, quizás, el último sabio mexicano. No en el sentido académico ni institucional —que él mismo ha evitado toda su vida—, sino en ese linaje antiguo de los sabios que saben mirar con lupa y con telescopio al mismo tiempo. Que entienden los matices de una palabra y las inercias de una civilización. Que escriben como si no esperaran que nadie los leyera, pero con la certeza de que, si alguien lo hace, saldrá transformado.
Lo admirable es que su sabiduría no viene acompañada de dogma. Al contrario, Zaid escribe para poner en duda, para desarmar certezas, para ofrecer preguntas donde otros reparten consignas o como el mismo dice, para animar la conversación. Su voz no busca popularidad, sino precisión. No seduce: deslumbra. Y en ese deslumbramiento hay algo profundamente ético.
Quizá por eso nunca se ha dejado ver del todo. Ha preferido siempre la media sombra de la figura pública, esa zona donde se es más por lo que se escribe que por lo que se muestra. No concede entrevistas, no da conferencias, no aparece en foros ni en entregas de premios. Su presencia está en sus textos, en sus silencios medidos, en su obra que no envejece.
Para mí, Gabriel Zaid siempre será esa primera palabra: himplar. Una palabra extraña, precisa y hermosa, como todo lo que él escribe. Pero también será un gesto generoso, un fax inesperado y una idea que sigue resonando veinte años después. Y eso, en tiempos de tanto ruido y tanta superficialidad, es un milagro.
Julio Castillo López es Presidente de la Fundación Rafael Preciado Hernández.