Elenita

Febrero 2026

Fernando Rodríguez Doval

La Nación

La vida pública mexicana pierde con la muerte de María Elena Álvarez Bernal, “Elenita”, a una mujer que encarnó, con discreción, pero con firmeza, una forma particular de hacer política: la que nace de la convicción ética y se sostiene en la coherencia personal. Militante histórica del Partido Acción Nacional, su trayectoria fue testimonio de una generación que entendió la política como servicio y no como carrera de poder.

Originaria de Michoacán, Álvarez Bernal –o Álvarez “de Vicencio”, como le gustaba ser llamada en homenaje a su marido, el gran Abel Vicencio Tovar— se formó en el humanismo político que ha dado identidad al PAN durante toda su historia. Llegó a este partido tras su militancia previa en organizaciones católicas que buscaban construir una sociedad en la que imperara el bien común. Nunca fue una figura estridente ni buscó el protagonismo mediático; su estilo fue el del trabajo legislativo constante, la cercanía con la militancia y una profunda convicción por el estudio y la investigación.

El paso de Elenita por la Cámara de Diputados y el Senado, en donde participó en un total de cinco legislaturas, dejó huella en temas tan relevantes como la familia, la transición democrática, los derechos humanos y la participación ciudadana. Representaba una expresión del panismo que veía en la política una extensión del compromiso cívico y social. Para ella, la defensa de ciertos principios no era una bandera coyuntural, sino una convicción arraigada. En un entorno político cada vez más pragmático y volátil, esa coherencia le ganó respeto entre quienes no compartían sus posturas, y una enorme autoridad moral al interior de Acción Nacional.

Pero su legado no puede reducirse a iniciativas o votaciones. María Elena Álvarez Bernal perteneció a esa generación de mujeres panistas que abrieron brecha en un partido y en un país donde la presencia femenina en la vida pública era todavía limitada. Su liderazgo fue sereno, pedagógico y formador. Muchas militantes jóvenes encontraron en ella un referente de firmeza y claridad doctrinal sin dogmatismo agresivo o revanchista.

Su vida política también atravesó momentos complejos: los conflictos al interior del PAN, la modernización del Partido, el acceso al gobierno o las tensiones entre pragmatismo electoral y fidelidad doctrinal. En ese contexto, Elenita optó siempre por la lealtad a los principios fundacionales del Partido.

Una faceta menos conocida de Elenita es la de la politóloga y la experta en derecho constitucional. En ambas materias se doctoró. Sabía que la edad jamás debe ser un obstáculo para continuar con la preparación personal, por lo que prácticamente nunca dejó de estudiar y de escribir. A ella le debemos investigaciones valiosas sobre la lucha democrática del PAN, el cambio de régimen, el municipio y la administración pública.

La trayectoria de Elenita invita a reflexionar sobre el papel de la ética en la política mexicana contemporánea. En un escenario marcado por la polarización, la desconfianza ciudadana y la tentación autoritaria, figuras como la de María Elena Álvarez Bernal recuerdan que la política puede y debe anclarse en convicciones profundas que pueden sostenerse con argumentos, trabajo y congruencia. Para el PAN, la memoria de Elenita sirve como recordatorio de que los partidos no son solamente maquinarias electorales, sino comunidades de ideas, principios y valores.

Despedirla no es sólo lamentar una pérdida personal y partidista. Es también reconocer que México necesita mujeres y hombres con la entereza de sostener sus principios contra viento y marea. En esa fidelidad a la conciencia y al servicio radica, quizá, el verdadero legado de María Elena Álvarez Bernal, la queridísima Elenita.