El siglo de Rulfo (fotografía y cine en su vida y su obra), Roberto García Bonilla

Abril 2026

Julio Castillo López

La Nación

Hablar de Juan Rulfo es enfrentarse a una paradoja que pocos autores en la historia de la literatura han logrado encarnar: la de una obra mínima en extensión, pero infinita en profundidad. Dos libros —Pedro Páramo y El Llano en llamas— bastaron para redefinir no sólo la narrativa mexicana, sino para influir de manera decisiva en la literatura universal. A ellos se suma una producción adicional escasa —guiones, fotografías, textos dispersos— que, lejos de ampliar su obra, la rodea de un aura casi mítica: Rulfo no escribió mucho, pero escribió lo que tenía que escribir.

En un país de grandes narradores, Rulfo ocupa un lugar singular porque no compite en cantidad ni en presencia pública, sino en densidad literaria. Su lenguaje es seco como la tierra que describe, pero cargado de una poesía que no se anuncia, sino que se revela. Cuando Rulfo habla de calor acaba por generarlo, cuando escribe “diles que no me maten” a la segunda página uno se convence de que no deben matarlo. Sus personajes no sólo hablan: murmuran, recuerdan, penan y se consumen. Y en ese murmullo construyó un universo donde la muerte no es el final, sino el punto de partida. No es casual que autores del llamado “boom” latinoamericano, como García Márquez, reconocieran en Rulfo una influencia decisiva: antes de Macondo, estuvo Comala.

A mi juicio —y no es una afirmación menor— estamos frente al mejor escritor mexicano. No porque lo diga una lista o una moda académica, sino porque logró lo más difícil en literatura: crear un mundo propio, reconocible, irrepetible y universal al mismo tiempo. Rulfo no necesitó una obra vasta para ser inmenso; le bastó con escribir dos libros que, como los grandes silencios, siguen resonando mucho después de haber sido leídos.

No obstante, el libro El Siglo de Rulfo no es un texto que amplíe el catálogo del autor y al igual (e incluso un poco menos) que otro libro de entrevistas, a quienes admiramos al autor poco nos han abonado. Roberto García Bonilla intenta —de forma poco exitosa— comparar la importancia de la fotografía de Rulfo con su obra literaria y cae en el mismo ripio que los nietos de García Lorca cuando dicen que sus dibujos son tan importantes como sus poemas. Su fotografía es buena, incluso fue calificado por Susan Sontag (lo dice el libro) como el mejor fotógrafo de Latinoamérica, pero no dejo de creer que podrá ser un buen fotógrafo, pero es un escritor trascendente.

El libro aporta un recorrido poco conocido de Rulfo en el mundo de la fotografía y el cine: exposiciones (incluso post mortem), participaciones en rodajes, guiones, colaboraciones para películas con Carlos Fuentes y García Márquez, la historia de lo sucedido con el famoso guion “El gallo de oro”, la primera película de Pedro Páramo de Carlos Velo, la historia de varias colaboraciones e incluso una pequeña sección con algunas fotos a color y en blanco y negro pero no fotos tomadas por Rulfo, fotos donde sale o de películas y unas cinco que pudieron ser tomadas por él pero la firma dice “archivo Casasola .

Las dos secciones más valiosas del libro son una llamada “conclusiones fragmentadas” donde en menos de 10 páginas y en pequeñas frases o párrafos se toman las principales ideas, y una cronología resumida de la investigación “Un tiempo suspendido: cronología de la vida y obra de Juan Rulfo (2009)” donde se documenta desde 1784 el nacimiento en Querétaro del bisabuelo, y hasta 2002 las exposiciones sobre Rulfo, incluyendo libros, textos, fotos, artículos, traducciones, colaboraciones y trabajos más “ordinarios” que tuvo el autor.

En conclusión, aunque no es un libro que propiamente ampliara mi conocimiento sobre la obra literaria de Rulfo, es un texto que me ayudó a conocerlo mejor en todas sus dimensiones y el trayecto de vida que recorrió.