
J. Gerardo Ceballos Guzmán
Retomando la charla con don Armando, nos cuenta lo que pasó a su llegada al estado de Aguascalientes, no sin antes recordar que antes de salir de su ciudad natal no había gran cosa en lo que respecta al Partido Acción Nacional. Cuando vivía en la calle de Guatemala como estudiante tuve una reunión con el licenciado Gómez Morin, quien me dijo, entre otras cosas, que en Aguascalientes el Comité que teníamos no funcionaba. Gómez Morin me dijo que había una persona de Aguascalientes que estaba empeñada en dar una campaña allá, “es un buen candidato y tan decidido que ya hasta se fue a Aguascalientes; vive acá pero ya se fue a Aguascalientes, se llama Aquiles Elorduy, no sé si lo conozca usted”, pues sí, dijo Ávila, tengo idea de conocer su nombre pero nada más. Don Manuel me dijo: pues ya está allá, si usted quiere hacernos el favor de ayudarnos, usted tiene allá muchos conocidos, los estudiantes lo siguen a usted, ahorita tiene usted mucha cancha con ellos y puede ayudar mucho. Arreglé “la cosa de la Universidad” y partí a la capital hidrocálida para ver en qué le podía servir al candidato.
Recuerda don Armando que Gómez Morin le dio el nombre y la referencia de que se encontraba en el hotel París en el cuarto número “tantos”. Al día siguiente fue al hotel en cuestión que por una alegre casualidad era de un amigo suyo, Ignacio Chávez era su nombre, homónimo del que fuera rector de la Universidad. Ya ahí, recuerda Ávila, le dije: oye Nacho, vengo buscando al licenciado Elorduy que está hospedado aquí; su respuesta inmediata fue no, no está aquí. Sí, me dicen que aquí está, le respondí con total seguridad. Ante mi insistencia el interpelado preguntó nuevamente: ¿Cómo dices que se llama?, Aquiles Elorduy le respondí y Nacho se fue a buscar a los registros. Aquí está uno, Elorduy, ¿será éste?, preguntó. Sí le conteste, ya con la información precisa salí hacia la habitación del candidato.
Estaba don Aquiles, recuerda don Armando, como era su costumbre, con mucha confianza, “digamos” en pijama, hablando por teléfono diciendo: “sí, está… No, aquí las cosas están que arden, está que arde”, estaba hablando con el maestro Gómez Morin. Cuando colgó y le dije que yo iba del PAN a ayudarle, notó que acababa de decir que las cosas estaban que ardían, resultaba que ni siquiera el dueño del hotel, que al parecer en estos días se ha transformado en el Congreso del Estado, sabía que él estaba allí; para componer las cosas, que él era muy bueno para eso, se dirigió a mí y me preguntó con mucha naturalidad: “Está haciendo mucho calor, ¿verdad?”. Sobra decir que la carcajada acompaña siempre al comentario.
El relato continúa cuando el joven Armando le dijo a don Aquiles. Ora verá, lo voy a presentar con mis muchachos, ¿dónde los recibe?, “pos aquí” respondió el viejo candidato. Armando contestó con cierta alarma, aquí no caben, ¿qué me va a traer a tantos? le respondió con cierta ironía Elorduy, cuando llegaron los jóvenes efectivamente no cupieron.
Don Aquiles era muy buen candidato, de manera que los entusiasmó rápidamente. Prendió la cosa y fue una campaña muy bonita, muy juvenil, con muchos incidentes “porque se trataba de empezar allí el PAN”; en ese tiempo, la posición era muy seria, pero prendió la campaña que después trascendió a los jóvenes que no eran estudiantes, a los jóvenes obreros y a los trabajadores del ferrocarril. Fue una campaña llena de jóvenes que le dieron a cada momento una fuerza y vitalidad, así el licenciado desconocido pasó a ser el hombre más reconocido en la entidad.
Los grandes oradores que surgieron de esta campaña, encabezados por Armando Ávila Sotomayor, cambiaron el panorama de Acción Nacional en la entidad. Don Armando recuerda finalmente como Elorduy “se descansó en mí”, don Aquiles iba, estaba allá el fin de semana, viernes, sábado y domingo “y se venía a la Ciudad de México porque tenía aquí una reunión de la Lotería Nacional”.
Don Aquiles ya estaba retirado de sus actividades profesionales, aunque tenía su despacho en el número 30 de la calle de Motolinía, pero su ingreso provenía de su puesto de Jefe del Departamento Legal de la Lotería que le dio un jefe de ese lugar que era amigo suyo, el cual se llamaba Manuel Cotácora; entonces, don Aquiles se venía a la Ciudad de México y dejaba al joven Armando como encargado de todas las actividades de la campaña.
Durante la misma campaña, don Armando recuerda como cierto día caminando por la calle de la mano de “mi novia”, como a las siete de la noche, se paró un automóvil junto a la banqueta, del cual se bajaron dos “individuos” y me dijeron “súbase”. Me picaron por detrás, recuerda con una sonrisa en los labios, yo muy valiente me subí, sobre todo porque me picaban por detrás y salimos de la ciudad.
Llegamos al campo y caminábamos y caminábamos, y hablaban muy bajito, eran dos, uno que iba manejando, el chofer y otro, y como hablaban muy bajo no podía oír lo que decían, amén de que siempre “he sido sordo”, creo que se trataba de que uno de ellos estaba muy dispuesto a bajarme del automóvil y darme una “moquetiza”, mientras que el otro estaba dispuesto a hacerme desaparecer de Aguascalientes, obligándome a salir de allí y regresarme a acá; pues ya estaba acá, me había venido a estudiar; entonces ganó el exilio de la ciudad pero de todas maneras me bajaron del automóvil y me amarraron de un árbol por un rato, mientras tanto la novia corrió y avisó lo que había pasado a Alejandro Avilés que apoyaba la campaña, él se movilizó para únicamente dar la noticia porque no sabían dónde buscarme, recuerda.
Al regresar de aquel breve exilio corrió a un consultorio de la Cruz Roja, donde llamó por teléfono al hotel donde se encontraba el “Profe”, vigilándolo se encontraban los dos personajes que se lo habían llevado y pensó que lo más que le podían hacer era tirarle un balazo, pero no se atreverían porque despertarían a los vecinos y no les convenía; lo habían dejado con la condición de que tomara el tren que pasaba al día siguiente a las seis de la mañana, por supuesto que no tomó el tren, la gente de la campaña llegó a auxiliarlo y sus captores se alejaron al ver a la multitud. A la mañana siguiente el muchacho Ávila se levantó y se fue a repartir volantes para el mitin del siguiente fin de semana.
Los votos como en todas las demás elecciones de la época fueron robados, con un padrón de más de 15 años de antigüedad la participación de las nuevas generaciones fue truncada. Los muchachos fueron al final del día los que modificaron la manera de hacer las campañas, muy al inicio de las luchas democráticas del PAN.
Desde la privada del demócrata, don Armando recuerda esta campaña como una de sus primeras aventuras en su vivir panista; a su regreso, le esperaba una nueva aventura: la formación de un grupo que desde los jóvenes le diera al Partido Acción Nacional nuevos cuadros para continuar la lucha. Aunque esa historia la conoceremos después.
J. Gerardo Ceballos Guzmán es Director del CEDISPAN de la Fundación Rafael Preciado Hernández.