Nicolás Maduro: cumpleaños en La Habana
Por Carlos Castillo.
La celebración se repite año con año, en La Habana, con ocasión del onomástico del sempiterno líder de la revolución cubana, dictador y asesino, Fidel Castro. Reúne a la pléyade de la izquierda internacional, cada vez más reducida, cada vez más cerrada, violenta, obstinada, pero presente, fiel al cumpleaños del líder moral.
La foto muestra en primer plano a un Fidel ya anciano, 89 años, lejos ya el uniforme militar de otrora y campechano en el vestir, con gorra y camisa a cuadros; como actores secundarios –pasajeros como lo han sido tantos durante cinco décadas de régimen–, Evo Morales y a un costado, Nicolás Maduro, sonrientes, lejos, el primero, de un país en el que el discurso indigenista se torna contra nativos opuestos al mandatario, eternizado por las argucias habituales de esos demócratas de campaña convertidos a la demagogia y a la antidemocracia en cuanto ascienden al poder.
El presidente venezolano luce, por su parte, despreocupado, huésped honorífico de la dictadura de los hermanos Castro, a donde acude cada ocasión que las cosas se tornan oscuras en su país. Y vaya que en los últimos meses el panorama ha sido complejo para el residente del palacio de Miraflores: inflación disparada a tres dígitos, carestía de productos básicos, precios del petróleo a la baja que ya no pueden dividirse entre mantener un Estado leviatán y satisfacer las necesidades básicas de la ciudadanía, medicinas en hospitales incluidas.
Maduro se ufana también de poder abandonar Caracas en plena campaña electoral. Una oposición mermada por acusaciones infundadas contra sus principales líderes, ante las que un poder judicial sumiso asiente y ejecuta sin chistar, no representa un verdadero problema en las elecciones del 6 de diciembre próximo. Tampoco lo es una prensa que el gobierno ha ido poco a poco estatizando, estrangulando con el control del papel o acallando con amenazas, privatizaciones y un control absoluto de la libertad de informar. Mucho menos representa una preocupación el Congreso –el otro contrapeso decisivo para el funcionamiento de la democracia–, controlado y sumiso a Diosdado Cabello, hombre fuerte del régimen, al que la propia esposa de Maduro competirá por un escaño en los próximos comicios.
Dos realidades se imponen así sobre Venezuela, paralelas, que se dan la espalda la una a otra y que son habituales en ese tipo de regímenes. Por una parte, aquélla que el gobierno puede controlar, la política, donde la complacencia y la confianza alcanzan para ignorar a la población, partir al festejo cubano y gozar de la explotación, el pisoteo y la pauperización de la sociedad. La otra es aquélla que en un mundo cada vez más abierto, interconectado y donde un movimiento al otro lado del planeta puede sacudir a la totalidad de los países, impone escenarios que los gobiernos sólo pueden prevenir, en el mejor de los casos, y reaccionar de manera atinada, cuando las cosas estallan y se salen de control: y es esa la que está golpeando a los venezolanos, la que hace que el “oro negro” se devalúe y no alcance para mantener un régimen que depende de sobremanera de un control absoluto, la fortaleza relativa y también la más profunda debilidad de todo totalitarismo.
De este modo, parafraseando a Hemingway, La Habana ha sido en estos días una fiesta a la que acuden los convidados para recibir el beneplácito del gurú de la tribu, mientras dejan detrás pueblos empobrecidos, sociedades atomizadas y divididas, exilios y encierros forzados, con enemigos casi siempre imaginarios, impersonales –el imperio, el sistema, Occidente, los caciques, etcétera–, culpables de toda la ineptitud que, no obstante el reparto de responsabilidades, es también monopolio de los Maduro y los Correa, de Dilma o Cristina, ahogados en su propia corrupción, desmantelando de manera velada o discreta democracias frágiles, atentando contra instituciones ante el silencio o la indiferencia de una comunidad internacional más ocupada en aperturas falsas que relegan a la oposición, premian las posibilidades de negocio y dejan la democracia en un lejano horizonte.
Las elecciones venezolanas del próximo 6 de diciembre generan expectativas no tanto por su resultado sino por la duda acerca de qué nueva argucia utilizará el régimen de Maduro para mantener su poder. La venezolana, una sociedad fuerte y participativa, interesada en su destino común tras una época dorada pero lejana de la democracia, será la encargada de mostrar al mundo las nuevas atrocidades que cometa la autoridad, mientras los noticieros y la prensa sometidas, con el también mítico Granma cubano a la cabeza, hablarán y escribirán sobre la popularidad de su gobierno, de la oposición avasallada, de la decisión popular de apoyar las políticas, por malas que sean, de sus líderes: esos dictadores de oficio o en vías de serlo siempre dispuestos a acudir a plazas saturadas de burócratas o beneficiarios del sistema a recibir el aplauso pagado.