Tecnología

¿Más inteligentes para qué? (Bien común)

GE
Por Gerardo de la Cruz Alegría · 4 min de lectura

Imagina que vas tarde a una reunión. Abres el mapa en tu celular y encuentras una ruta que te ahorra siete minutos. Te saca de la avenida, te mete por una colonia y llegas antes. Pero no eres el único: otros conductores toman el mismo atajo y pronto esas calles se llenan de coches. A ti te funcionó. A los demás conductores, también. Pero los vecinos ahora tienen tráfico frente a sus casas, ruido y dificultades para cruzar. Nadie salió pensando en perjudicarlos. Cada quien siguió la ruta que le recomendó la aplicación. Entre todos, sin querer, crearon un problema.

¿Qué es el bien común?

Cuando hablamos del bien común solemos pensar en lo que beneficia a más personas. Si cientos de conductores ahorran siete minutos y una colonia pierde tranquilidad, alguien podría decir que el resultado fue positivo. ¿Pero basta con que unos ganen más de lo que otros pierden?

El bien común es el conjunto de condiciones que permite a las personas y comunidades desarrollarse. No significa que todos queramos lo mismo ni que cada decisión deje satisfecho a todo el mundo. Significa que podamos vivir con dignidad, ejercer nuestra libertad y participar en la sociedad. Una calle no es sólo una línea que conecta dos puntos. También es el lugar donde alguien vive, camina o lleva a sus hijos a la escuela. El atajo resuelve tu problema. ¿Y el de quienes viven ahí?

Lo que el mapa no está buscando

La aplicación hace lo que le pedimos: calcular el camino más rápido. Puede hacerlo muy bien y dejar fuera cosas que también importan, como la seguridad de una calle o la tranquilidad de sus vecinos. Para que las considere, alguien tiene que incluirlas al diseñar el sistema.

Con la IA pasa algo parecido. Una empresa puede utilizarla para atender más clientes, reducir costos o hacer el mismo trabajo con menos personal. Puede ser una mejora real. Pero si algunas personas pierden su sueldo, ¿qué hacemos con ellas?, ¿qué pasa si eso se repite en muchas empresas?

Lo que parecía una decisión de productividad se convierte en un problema para toda la sociedad. La pregunta ya no es sólo cuánto podemos producir, sino cómo queremos vivir cuando producir requiera menos trabajo humano.

Las reglas del camino

No se trata de frenar la innovación ni de conservar cada empleo para siempre. Se trata de que el progreso abra oportunidades en vez de cerrarlas. Y eso no ocurrirá sólo porque tengamos máquinas más inteligentes.

Así como hay reglas para circular por una ciudad, hacen falta reglas para la economía con IA. Políticas públicas que protejan nuestros datos y permitan cambiar de plataformas sin perder nuestra información; que impulsen la capacitación y apoyen a quienes tengan que buscar otro empleo. Tampoco podemos dejar todas esas decisiones en manos del gobierno o de las empresas. Necesitamos instituciones que pongan límites cuando haga falta y ciudadanos que participen.

Elegir el destino

La subsidiariedad nos recuerda que ayudar no es sustituir. La dignidad humana, que una persona vale más de lo que un sistema puede medir. La solidaridad nos pide mirar a quienes asumen los costos del cambio. El bien común pregunta algo más: ¿qué queremos construir con todo esto?

Si la IA nos permite hacer en una hora lo que antes hacíamos en tres, ¿eso se traducirá en mejores sueldos, mejores servicios o más tiempo para nuestras familias?, ¿o simplemente produciremos más mientras otros se quedan sin oportunidades? Depende de las decisiones que tomemos.

Volvamos al mapa. No queremos que deje de encontrar rutas útiles, sino que también tome en cuenta a quienes viven por donde nos manda. Con la IA ocurre lo mismo: no necesitamos máquinas menos capaces, sino tener claro para qué queremos usarlas.

La tecnología puede mostrarnos caminos más rápidos. Decidir a dónde y cómo queremos llegar sigue siendo nuestra responsabilidad.

* Cuarta y última entrega.