Cultura

Los otros rostros, las otras voces

MA
Por Maricarmen Rizo · 4 min de lectura
Por Carlos Castillo. Hay un espacio macro donde la estadística, las encuestas, las teorías y los modelos constituyen buena parte de la realidad. Sea en la economía, en la política o en las cuestiones sociales, esa zona prescinde del rostro para convertir la vida humana en códigos, eufemismos que sustituyen el nombre –a los seres particulares– para poder agrupar y medir, evaluar y ponderar, calcular y proyectar tendencias, medias o promedios. El espacio micro, por su parte, contempla al ser en su dimensión más humana: la carencia, el dolor, la alegría o la satisfacción que afectan para mal y para bien a las personas y que son también su más plena individualidad, lo que escapa a la medición generalizada para dar primicia a lo particular. Estas dos formas de entender a la humanidad tienden en nuestro tiempo a contraponerse, y la política padece como pocas áreas de la actividad social el construir y basar sus acciones de promoción y campaña, por ejemplo, en esa zona macro que despersonaliza y engloba sin detenerse a considerar lo único y lo exclusivo. A esto se suma una tendencia a la hiperespecialización del saber, así como la posibilidad de construir redes, a través de las TIC, cada vez más específicas y en torno a gustos o intereses que ahondan en las particularidades del grupo. ¿Cómo ha respondido la literatura a esta tendencia? De manera curiosa, una vez más se encuentra a la vanguardia, y es el género periodístico el que, incorporado y ya reconocido como parte del quehacer literario, proporciona las herramientas para pasar de lo macro a lo micro. La entrevista y la crónica han sido así, de un tiempo a la fecha, reconocidas incluso al nivel del Premio Nobel, como es el caso de Svetlana Aleksiévich en 2015, quien basa su obra en recuperar testimonios en torno de distintos hechos ocurridos durante la Guerra Fría. Así, frente a la historia de fechas y datos generales, el relato particular y personal de quienes vivieron en carne propia esa historia se convierte en el rescate de nuevas voces que muestran el lado más humano de nuestro transcurrir como humanidad. Lo mismo ocurre con el chino Liao Yiwu, quien se asoma a las profundidades de su país para sacar a la luz vidas que no aparecen en las estadísticas ni en los grandes avances económicos, que quedan fuera de los grandes titulares y los no pocos ni menores logros de ese país. Su obra El paseante de cadáveres. Retratos de la China profunda (Sexto Piso, 2012), consta de cerca de veinte entrevistas que recrean precisamente ese rostro poco amable del desarrollo, a los marginados o relegados, a quienes eligen las calles y la penumbra porque no hallan un espacio claro dónde desarrollarse en una cambiante y cada vez más moderna sociedad. Toman el espacio de la narración, así las experiencias particulares, los oficios casi en desuso o prohibidos, los cambios repentinos de etapas de la historia de un país que en la búsqueda de proyectar al mundo su identidad propia ha apostado –y a veces perdido, otras ganado– por construir un modelo propio y auténtico. El lector se encuentra así con tradiciones ancestrales –como la medicina, las funerarias o el feng shui– que aún perviven en espacios rurales o urbanos; con el pasado reciente que convive con costumbres milenarias y apunta de este modo a mostrar la complejidad que para Occidente puede ser el encuentro con la cultura china. Este rescate de un espacio anterior al que el historiador mexicano Luis González llamó la microhistoria, y que pareciera extenderse entre narradores y autores, ofrece la posibilidad de emplear el propio testimonio, los relatos biográficos que dejan fuera a los grandes héroes para enseñar lo cotidiano, para mostrar aquello que de otra forma se perdería en el anonimato. La apuesta de la literatura pareciera pues enfocarse, en una época que tiende a lo macro, a devolver su importancia y trascendencia a lo micro, que ya desde el año pasado demuestra, con los yerros en encuestas y pronósticos sobre resultados de elecciones, que hace falta salir de las grandes y rimbombantes cifras para mirar el rostro individual, para atender las voces particulares.