Los Ojos Grandes que cautivaron a Tim Burton
Mabel Salinas.
Cuando Tim Burton era un niño, entre la década de los 50 y 60, había una forma de arte que el sector más “culto” desdeñaba, lo calificaban como kitsch, de colores estridentes y contrario a la belleza clásica heredada por la madre Grecia. Eran pinturas que generarían un trago amargo en Leonardo, Miguel Ángel, Rafael y Donatello. En los grandes, pues.
Se trataba de figuras de niños y animales de “Ojos Grandes” (Big Eyes), obras firmadas por un tal Keane. Walter era su nombre, o al menos eso se creía, hasta que en 1970 se descubrió que Walter Keane era un fraude. Él no era el pincel tras las pinturas de protuberantes miradas.
Todo ese tiempo su esposa, Margaret Keane, había estado encerrada en su lujosa casa con alberca incluida e inundada de soledad, mientras pintaba los “Keane”. Años y años guardó el secreto y dejó que Walter se llevara la fama, el crédito y el renombre. Su carácter era pusilánime y cuando conoció a Walter ya cargaba con el estigma de ser una madre soltera que había dejado a su primer esposo. “En los 50 las mujeres no se divorciaban”, advierte la voz narradora al inicio de la película.
Tanto las pinturas, que Walter convirtió en estampas que se vendían en el súper o la gasolinera, como la historia marcaron al joven Burton, quien llevaba años con la intención de llevarla a la pantalla grande. En 2014 finalmente lo consiguió con Amy Adams y Christoph Waltz en los protagónicos.
Aunque por su trabajo ambos actores fueron nominados al Globo de Oro, e incluso Amy Adams lo ganó, lo cierto es que ella luce creíble, sincera y comparte los pesares de la verdadera Margaret Keane, a la que conoció en persona. Sin embargo, Christoph Waltz queda a deber.
Comienza como una persona con grandes dotes para embaucar, con habilidades para el “marketing” y de fácil habla, pero poco a poco se desdibuja al grado de convertirse en una caricatura de sí mismo. Ya hacia el final, las exageraciones, aunque divertidas, restan credibilidad a un argumento basado en la vida real.
“Ojos Grandes” es una cinta que se aleja del Tim Burton oscuro pero cómico. Aquí no hay reminiscencias a las obras de “Batman”, “El Joven Manos de Tijera” o la reciente “Frankenweenie”. Lo que tenemos es un Burton más cercano a “El Gran Pez” o “Alicia en el País de las Maravillas” por la elección en la paleta de colores: saturados, cálidos, estridentes... kitsch. Pero siempre reflejando adecuadamente la época.
Y es que si bien la historia es interesante, es el diseño de producción y de vestuario lo que deja impronta en la película y el espectador. La forma, como suele ocurrir con el cineasta, está al punto pero en donde queda a deber es en el fondo, no hay que olvidar la debacle de Alicia.
A veces llega a perderse el hilo de la narración, se confunde la noción del paso del tiempo y el planteamiento no es tan claro para quienes no estén familiarizados con las calamidades de Margaret Keane antes de encontrar la felicidad y la paz consigo misma, un craso error tratándose de una película biográfica.
En resumen, “Ojos Grandes” no es lo peor de Tim Burton, pero tampoco su regreso como el cineasta que conquisto a crítica y público por igual.
Mabel Salinas es Directora Editorial de enlaButaca.com y colaboradora de Cine Premiere. @mabsalinas @EnLaButaca