Los nuevos fraudes
MA
Por Maricarmen Rizo
Por Fernando Rodríguez Doval.
Durante décadas, México fue célebre a nivel mundial por los fraudes electorales que el PRI realizaba con toda la fuerza del Estado. En México había elecciones de manera absolutamente regular e ininterrumpida, tanto a nivel nacional como a nivel local, sin embargo, los votos no contaban ni se contaban. México patentó, tristemente, mañas como las urnas “embarazadas”, el “ratón loco”, el “carrusel”, la “operación tamal” o los “mapaches”. Dicen que cuando Hugo Chávez las replicaba en Venezuela presumía haberlas aprendido de mexicanos priistas.
Fue por eso que gran parte del esfuerzo político llevado a cabo durante la transición mexicana a la democracia consistió, precisamente, en limpiar los procesos electorales. En generar todo un andamiaje legal e institucional que hiciera casi imposible los fraudes, a partir de autoridades electorales, tanto administrativas como jurisdiccionales, que no estuvieran sometidas al gobierno en turno. La mexicana fue una transición electoral, que implicó también el surgimiento de una inédita equidad entre los partidos en liza. La inversión de todo tipo para lograr eso ha sido estratosférica, pero ha permitido avanzar hacia nuevas reglas electorales que, con sus aún muchas limitaciones, han logrado la alternancia en los tres órdenes de gobierno.
Pero no por ello, por desgracia, han terminado los problemas y los fraudes electorales en México. Si bien es cierto que aún subsisten las antiguas mañas que burdamente alteraban la voluntad popular expresada en las urnas, ahora los fraudes se llevan a cabo de una manera distinta y en las últimas elecciones hemos sido testigos de ello.
Ahora el PRI, con toda la fuerza del gobierno y la complicidad de algunos medios informativos, se dedica a calumniar y a mentir sobre los candidatos de los partidos de oposición, con tal de destruir su imagen ante la opinión pública y derrotarlos en las elecciones. Lo mismo edita grabaciones telefónicas obtenidas ilegalmente que alteran fotografías con el fin de simular cosas que no son ciertas. De esa manera, el candidato en turno aparece ante los ciudadanos como alguien impresentable, como el compendio de todos los vicios sin presencia de virtud alguna.
Ciertamente las campañas son la oportunidad para que los ciudadanos puedan contrastar trayectorias, propuestas y personalidades. Así ocurre en el mundo democrático. Nadie se espanta porque salgan a la luz las historias políticas e incluso personales de cada candidato. Lo que sí es deleznable es que se pretenda manipular la voluntad popular mediante la difusión de mentiras burdas, de afirmaciones sin el más mínimo fundamento. Ocurrió en Colima a principios de año y en este proceso electoral lo hemos visto, al menos, en Chihuahua, Veracruz, Tamaulipas y Quintana Roo.
Lo que está haciendo el PRI es también una forma de fraude electoral, porque busca condicionar el voto del elector a través del miedo, la calumnia, el engaño, en suma, la guerra sucia. Una democracia pierde en calidad cuando sus electores no disponen de información adecuada, cuando alguien de forma sistemática e impune difunde dichos contrarios a la realidad con el fin de lucrar electoralmente.
Con su guerra sucia, el PRI pretende que la gente piense que todos los políticos son iguales, que todos los partidos son lo mismo y de esa manera se desaliente la participación ciudadana y se impongan las estructuras corporativas, no libres, sobre la voluntad soberana de los electores.
Otra vez el PRI es una amenaza a la democracia. Ayer lo fue cuando burdamente robó elecciones e impuso gobernantes; hoy lo es cuando miente hasta niveles inauditos con tal de desacreditar a los candidatos opositores y volver a la lógica del “carro completo”. Así opera hoy el PRI los nuevos fraudes electorales, distintos en la forma, iguales en el fondo, a los más anquilosados y arcaicos de tiempos pasados.
Fernando Rodríguez Doval es Secretario de Comunicación del CEN del PAN. Twitter: @ferdoval