Cultura

Las noches múltiples de Francisco Tario

SE
Por Sergio Rodriguez · 5 min de lectura
Por Carlos Castillo. Relegado al olvido, rescatado y vuelto a olvidar, citado por periodos breves y arrojado de nuevo a la sombra, Francisco Tario destaca por una obra fragmentaria, dispersa, oscura como noche cerrada pero capaz de escapar de sus propios sótanos para dejarse mirar, por instante breve, a la luz del día. Una veintena de cuentos, algunas novelas, un tomo de aforismos que afloran entre los años cuarenta y sesenta del siglo XX para ser leídos por unos cuantos, pocos, muy pocos, cercanos que circulaban su obra de mano en mano, con discreción, como si masificar aquel puñado de páginas pudiese ser un riesgo o un peligro. Porque hay que ser precavidos frente a lo que persiste en su narrativa, no entre líneas sino por el contrario, de manera velada: el terror, la angustia, el miedo como sólo los grandes de la literatura universal son capaces, el norteamericano Edgar Poe, el argentino Ernesto Sabato, los uruguayos Felisberto Hernández u Horacio Quiroga, algo del romanticismo alemán o inglés. Para muestra, dos tomos. La noche (Atalanta, 2003), compendio de cuentos, y Aquí abajo, novela (Conaculta, 2011). Del primero, señala el gran promotor de la obra de Tario, Alejandro Toledo: “se trata de dotar de alma o espíritu a objetos y animales, que el féretro hable de lo que es la vida de los féretros; que un traje gris testifique su infructuosa búsqueda de placer; que una gallina planee la muerte de quienes la van a devorar”. A estas líneas podría añadirse también que un perro describa la ruindad de su amo mientras éste agoniza en soledad y miseria (en el relato “La noche del perro”); que un escritor describa con odio y rencor la intención de abismarse en la profundidad de la miseria humana para de ahí extraer argumentos, escenarios y personajes (en “La noche de los cincuenta libros”); que una embarcación se deleite con el hundimiento en aguas negras mientras los pasajeros intentan sin éxito asirse a una bocanada de aire y vida (“La noche del buque náufrago”). Escritor maldito según los cánones más literarios, enfant terrible que bajo el nombre oculta a otro hombre, portero de futbol, esposo, emigrante de ida y vuelta entre México y España, vecino de casa de Octavio Paz y Elena Garro, la ventana iluminada por las noches donde una luz amarilla y tenue alumbraba la máquina de escribir golpeando la hoja blanca con la cólera de quien urde tramas donde lo psicológico, la descripción bruta y cruda, el retrato cínico y macabro confluyen en historias de imaginación desbocada pero, al mismo tiempo, encauzada hacia la miseria humana, contra la infamia de la presencia de una especie que se ostenta superior pero no deja de aparecer como vil y baja, indigna de sus logros, víctima al final de sus propias criaturas. Esa noche múltiple en la escritura de Francisco Tario es al mismo tiempo el sino de su destino como autor: el olvido que genera aquello que es mejor arrojar lejos porque su cercanía deviene la tentación que Paz señalaba frente a los abismos, el vértigo del suicida que se asoma a la baranda y se pregunta ¿qué pasaría si…? Esa amnesia voluntaria que podría ser el castigo propio de la literatura, de la historia, de la memoria colectiva, en ocasiones es violentada por algún editor, por algún cronista, por quienes se empeñan en trasgredir destinos y sacar a flote, del cementerio de Valéry, del silencio de Mallarmé, cuentos y novelas, fragmentos y entrevistas, testimonios efímeros que devuelven al autor a una tradición casi inexplorada en México. El terror como género, el misterio como trama, el enigma como argumento, lo insoportable que sólo el arte, el más fino, el más sublime, es capaz de traducir para convertirlo en obra. La fantasía, al final, es el umbral que se atraviesa para ofrecerla como una posibilidad, si bien remota, latente en alguna parte, al acecho, cada vez más ausente de lo cotidiano pero que, cabe recordar, brota de ese día a día donde lo irreal adquiere, en nuestros días, toques que lindan con las notas del periódico, con lo que se acepta en silencio, con lo que a fuerza de repetirse deja de asombrar. El efecto es, sin duda, el que por siglos ha buscado el escritor: recrear mundos renovados para miradas hastiadas del paisaje habitual. Habla, al respecto, Tario: “Ante todo convendría hacer notar que lo verdaderamente fantástico, para que nos convenza, nunca debe perder contacto con la llamada realidad, pues es dentro de esta diaria realidad nuestra donde suele tener lugar lo inverosímil, lo maravilloso. Por tanto, hacer literatura fantástica es probar a descubrir en el hombre la capacidad que éste tiene para ser fabuloso o inmensamente grotesco… Lograr que lo inverosímil resulte verosímil, ésa es la tarea. Y a mayor simplicidad y audacia, mayor mérito”. Simplicidad y verosimilitud como claves de la fantasía. Ese es el gran mérito de Tario: de su vida, de su obra, de su biografía, de su destino como autor.