Opinión

La transición y sus padres

Fernando Rodríguez Doval Por Fernando Rodríguez Doval

El reciente fallecimiento de Cuauhtémoc Cárdenas ha permitido recordar aquella etapa de la historia reciente de México que hemos conocido como la de la transición a la democracia. Sobre todo cuando sabemos que esa democracia hoy está terriblemente disminuida, por no decir que claramente destruida.

No fue Cárdenas “el padre de la transición”, como alguno hiperbólicamente le ha llamado. Fue, sin duda, una figura polémica, con luces y con sombras. Su padre Lázaro fue el gran consolidador del sistema político posrevolucionario, caracterizado por el autoritarismo y el hiperpresidencialismo. Cuauhtémoc vivió bien en ese régimen: fue alto funcionario, senador y gobernador. Rompió con el PRI cuando el gobierno de Miguel de la Madrid adoptó políticas económicas que, a fin de superar la gran crisis de 1982, disminuyeron el papel del Estado y promovieron la apertura comercial. El hijo de Lázaro consideraba que esas medidas “neoliberales” traicionaban el espíritu de la Revolución mexicana: de hecho, las primeras reivindicaciones de la llamada Corriente Democrática se concentraron en la crítica al nuevo modelo económico y en la democratización de los procedimientos internos del PRI, antes que en la construcción de un régimen de auténtica competencia electoral.

A pesar de ello, no se discute que la salida de Cárdenas del PRI fue fundamental para debilitar al partido de Estado. Esa escisión izquierdista supuso un verdadero parteaguas. El viejo nacionalismo revolucionario se unió a históricos luchadores de la izquierda independiente que razonablemente entendieron que su utopía revolucionaria carecía de toda viabilidad. La fundación del Partido de la Revolución Democrática en 1989 institucionalizó una nueva izquierda en México que dio luchas importantes, no exentas de contradicciones, en favor del cambio político.

Sin embargo, contrario a lo que algunos parecen olvidar, la transición mexicana a la democracia tuvo en el Partido Acción Nacional a uno de sus principales precursores y, probablemente, a su impulsor más perseverante. Desde su fundación en 1939, el PAN levantó tercamente la bandera de la participación ciudadana, las elecciones libres y la democracia, y se concibió como una oposición cívica e independiente frente al régimen de partido hegemónico que subsistió durante 71 años.

Hay episodios casi heroicos que ilustran esta lucha. No es el único, pero sí uno de los más simbólicos: la huelga de hambre de Luis H. Álvarez en Chihuahua en 1986 en protesta por el grotesco fraude ahí llevado a cabo. En esos días, por cierto, Cuauhtémoc Cárdenas era el gobernador priista de Michoacán y Andrés Manuel López Obrador participaba de forma entusiasta en el PRI tabasqueño.

Durante décadas, los panistas apostaron al cambio institucional. Participaron desde los municipios y los escaños legislativos en la construcción de un régimen diferente. No dudaron en dialogar con el poder cuando fue necesario, y también en oponerse radicalmente cuando dejaron de tener garantías de que el voto era respetado.

Tras las fraudulentas elecciones de 1988, en las que Manuel Clouthier encabezó una formidable movilización ciudadana, los panistas negociaron una nueva institucionalidad, que dio origen en 1990 al Instituto Federal Electoral y que habría de perfeccionarse en los años siguientes, hasta conseguir su plena autonomía. Esos mismos panistas, encabezados por el mencionado Luis H. Álvarez y entre los cuales se puede citar también a Diego Fernández de Cevallos y Carlos Castillo Peraza, diseñaron una ruta crítica hacia la alternancia. La victoria de Ernesto Ruffo en Baja California en 1989 fue uno de sus primeros frutos. El puerto final sería la alternancia en el Poder Ejecutivo, conseguida por Vicente Fox en 2000.

Decía Dante Alighieri que no hay dolor más grande que recordar los tiempos felices estando en la miseria. La democracia mexicana nunca fue perfecta, pero permitió que adversarios políticos coincidieran en reglas comunes y representó una conquista histórica que hoy se encuentra gravemente amenazada. El obradorismo ha edificado un nuevo régimen caracterizado por la concentración del poder, la destrucción de los contrapesos y la demonización del adversario. Habrá que trabajar en una segunda transición en la que, no tengamos duda, el PAN deberá volver a ser uno de sus principales motores.

Fernando Rodríguez Doval es secretario de Estudios y Análisis Estratégico del PAN. X: @ferdoval

Fernando Rodríguez Doval
Fernando Rodríguez Doval

Colaborador de opinión en Revista La Nación, analizando los principales sucesos políticos, sociales y culturales de México.