La sociedad exclusivista
MA
Por Maricarmen Rizo
Por Javier Brown César.
Lo que debe caracterizar a toda democracia es la capacidad para generar amplios ámbitos de inclusión, que fomenten el pluralismo, procuren la diversidad de expresiones y manifestaciones, y garanticen la justicia, la libertad, la igualdad y la solidaridad. Durante décadas se ha considerado que lo contrario a las democracias son los regímenes totalitarios, autoritarios, de partido único, hegemónicos y otros motes que connotan cerrazón, verticalismo y uniformidad.
Hoy podemos afirmar que al interior de las llamadas democracias, lo que precisamente está ausente es la vigencia plena de la vida democrática. Ahí donde hay exclusión, exclusivismo, segregación, injusticia, desigualdad e indiferencia hacia el dolor en cualquiera de sus manifestaciones no hay democracia.
Es por ello que más que un sistema político consolidado y acabado, la democracia es un ideal en construcción. La democracia griega se basaba en el supuesto de que el poder se ejerce de la misma manera en relación con todos los ciudadanos, aun cuando éstos sean desiguales por razón de la riqueza adquirida o por el lugar y condiciones de su nacimiento. A este eje rector del poder le llamaban isonomía, o sea, igualdad ante la ley.
La regla de una sociedad justa y ordenada, es la condición en la que se encuentran las personas en situación de pobreza. Ahí donde hay pobreza lo que prevalece es el mal común, ya que la sociedad prospera a costa del dolor evitable de muchos, y esto no puede ser llamado progreso, sino involución. Si el bienestar de unos pocos se construye a costa del malestar de los muchos estamos ante lo que llamaremos una sociedad exclusivista, en la que prevalecen la injusticia y la desigualdad, y la solidaridad y la confianza interpersonales entran en crisis.
Si unos pocos acceden a servicios de calidad como hospitales y escuelas, y cuentan con bienes propios suficientes para una vida buena como vivienda, alimentación y transporte, estamos ante la negación tajante de los ideales democráticos. Si las mayorías desposeídas se ven obligadas a convivir en sistemas de transporte ineficientes, saturados e inseguros mientras que unos pocos pueden gozar de transporte privado costoso, rápido, confortable y seguro, no hay democracia.
Si en las calles de las ciudades no pueden convivir personas de los diversos sectores sociales sin que haya zonas de exclusión, clubes exclusivos y mecanismos de segregación y discriminación, no hay democracia. La sociedad exclusivista es la negación de la dignidad humana, porque en su afán segregacionista genera discriminación.
Ahí donde la raza, el habla, la condición socioeconómica, las creencias, las ideologías, la prosperidad de los padres y las propiedades garantizan el acceso a cierto tipo de privilegios y abren oportunidades de vida, nos encontramos con una sociedad insolidaria, indiferente al dolor y a la dignidad humana.
La dignidad es un valor singular que se da en cada persona por el mero hecho de existir, no es susceptible de más o de menos, no aumenta ni disminuye con la riqueza material, no aumenta ni disminuye con la escolaridad o el ingreso. La dignidad es común al pobre y al rico, al sano y al enfermo, al recién concebido y al adulto mayor afectado por una enfermedad terminal.
En una auténtica democracia, los servicios públicos son gratuitos y de tal calidad que incluso llegan a ser preferidos a los servicios privados: hospitales, escuelas, transportes, luz eléctrica, agua potable, transporte, vivienda de interés social y otras condiciones necesarias para la construcción del bien común son grandes igualadores de la sociedad. El ideal es que todos, independientemente de su origen, puedan acceder a ellos sin discriminación, tardanzas o exclusivismos.
Sin embargo, la realidad de nuestras sociedades es que las personas que pueden, pagan servicios privados, ya que lo público es rehén de intereses mezquinos que hacen que los bienes y servicios proporcionados sean de calidad inferior. De esta forma, quienes ocupan el espacio de lo público se apropian de los beneficios sociales y transfieren a la sociedad los costos políticos de la insuficiente infraestructura, malos tratos, aglomeraciones humanas, filas interminables y esperas innecesarias.
La existencia de clubes exclusivos y de zonas diseñadas para ser utilizadas por unos pocos que pueden pagarlas es la negación misma de los ideales democráticos. La presencia de mendigos al lado de los grandes centros comerciales en los que se aglutinan ávidos consumidores es la negación misma de la prosperidad y el progreso social.
El que en las empresas públicas o privadas haya grandes desigualdades entre quienes las dirigen y entre quienes se encargan de las más elementales pero necesarias labores de limpieza, es una abierta denuncia a las injusticias que las propias empresas generan.
Cuando falla la justicia como fuerza que cohesiona a la sociedad, se niegan en sus raíces las condiciones necesarias para que haya una sociedad más libre. Ahí donde lo público y lo privado están desordenados y son caóticos, no puede haber una patria generosa.
La falta de confianza que prevalece hoy en día en nuestras deficientes sociedades democráticas tiene muchas causas, pero una de ellas es, sin duda alguna, la falta de solidaridad. Nos hemos olvidado del dolor ajeno: ya no escuchamos la voz de quienes nos interpelan desde la pobreza, el hambre y el olvido; damos la espalda a quienes día a día luchan por llevar el alimento a sus familias; tratamos de negar el sufrimiento y el dolor con el silencio vil y cómplice.
Acción Nacional nació como un partido político democrático, en la raíz de su lucha está la construcción del orden y la política entendida como servicio y edificación del bien común, lo que necesariamente implica hoy luchar contra la sociedad exclusivista, para construir la sociedad democrática, incluyente, plural y abierta del mañana.
En su mensaje final cuando competía por la presidencia del Comité Ejecutivo Nacional, Carlos Castillo Peraza, ratificaba esta misión histórica, que debe seguir siendo la de un PAN ordenado y generoso: “En un México de ecuaciones macroeconómicas casi perfectas, que dan como resultado 40 millones de mexicanos pobres, sueño con un Partido que asuma esa causa. Ésa, la de los agraviados económicamente; la de aquellos que ni siquiera pueden pensar en votar, porque antes tienen que pensar en comer. A esos quisiera yo que sirviera Acción Nacional, porque además son la mayoría, y son los que dan los triunfos”.
Twitter: @JavierBrownC