La reforma educativa pendiente
MA
Por Maricarmen Rizo
Por Fernando Rodríguez Doval.
Mucho se ha hablado en los últimos meses de la Reforma Educativa que se aprobó en la anterior legislatura. Llama la atención que Aurelio Nuño, actual Secretario de Educación Pública, la promueva por todos lados como un logro suyo, cuando el gobierno del que es integrante buscó, en su momento, minimizarla mediante una evaluación obligatoria solamente para el ingreso y no para la permanencia en el Servicio Profesional Docente. Gracias a la presión de los legisladores del PAN y de la sociedad civil se logró que la evaluación magisterial fuera tanto para el ingreso como para la promoción y la permanencia, evitando así la simulación pretendida.
Pero más allá de eso, no cabe duda que la Reforma Educativa fue una muy buena reforma. Un enorme logro político y social. Una reforma que establece que el esfuerzo, no el parentesco ni el compadrazgo, es el requisito principal para ascender en el escalafón del servicio docente. Las plazas de los profesores se ganarán, no se heredarán ni comprarán. Hay elementos para suponer que esto se va a traducir en un círculo virtuoso: incentivos correctamente alineados generarán profesores más preparados que transmitirán de mejor manera los conocimientos a los alumnos, aumentando así las capacidades de nuestros educandos, quienes podrán aspirar a más y mejores oportunidades en la vida. Era una reforma necesaria, que tardó en llegar, que tardará también en mostrar sus efectos positivos, pero que no podía esperar más.
Pero esa Reforma Educativa dista mucho de ser una reforma suficiente. A pesar de todas sus virtudes, no deja de ser una reforma administrativa y laboral. Falta aún una auténtica reforma en la parte medular del sistema educativo: lo que se enseña en las aulas, es decir, en los contenidos.
Cuando se ha tratado de explicar por qué unos países se desarrollan rápidamente y son campeones en los mejores indicadores de buena calidad de vida, se ha llegado casi siempre a la misma conclusión: más que por las condiciones geográficas, históricas o culturales, el progreso de un país fue posible por el valor de su capital humano –aumentado mediante la educación— y la calidad de sus instituciones, y en no pocas ocasiones la primera variable determinó a la segunda. Así ocurrió con los llamados “tigres asiáticos”, pero también con los países europeos o Estados Unidos y Canadá.
Una educación integral debe contemplar tres aspectos igualmente importantes: la instrucción en habilidades y competencias, la transmisión de conocimientos e información y la formación en hábitos y valores. Todo ello en un sistema basado en el mérito y la exigencia, en donde desde los niveles más básicos hasta los más avanzados se premie el esfuerzo y la convicción del educando de superarse cada día, de adquirir nuevas herramientas para su propio desarrollo personal.
Y en esta intención por mejorar la calidad de los contenidos educativos, el Estado no debe dudar en buscar alianzas con la sociedad y con la iniciativa privada. En muchísimos países funcionan con éxito los colegios concertados gestionados por particulares con subsidios públicos, en otros casos se han aplicado esquemas de bonos educativos para que los padres de familia decidan con plena libertad a qué escuela quieren mandar a sus hijos: en este esquema, las escuelas públicas y privadas compiten entre sí por llevarse a los alumnos, lo que genera una mejor oferta educativa. Quienes ganan son los alumnos y los padres de familia, que tienen mayor libertad para elegir. Esta discusión debiera iniciarse sin tabúes en nuestro sistema educativo.
Muchas son las opciones que se pueden explorar desde la política pública y el ordenamiento legal. Pero de lo que no queda duda es que se debe transitar hacia esa segunda generación de reformas educativas. No es retórica la afirmación de que la educación puede ser el gran motor para el desarrollo de nuestro país. Se ha dado ya el primer paso al establecer la obligatoriedad de la evaluación para quienes se encargan de transmitir los conocimientos, ahora se necesita un segundo paso que mejore la calidad de esos conocimientos, los cuales no se deben limitar a la parte técnica sino que deben incorporar también aquellos valores que le permiten a la persona convivir mejor con sus semejantes y con el medio que la rodea.
Esa es la reforma educativa pendiente. Una reforma fundamental que no debe tardar más en llegar.
Fernando Rodríguez Doval es Secretario de Comunicación del CEN del PAN. Twitter: @ferdoval