Cultura

La política, el orden social y el bien común

MA
Por Maricarmen Rizo
Javier Brown César. En el pensamiento político clásico de Platón y Aristóteles el bien es la idea suprema que guía la realidad de los ideales políticos y la culminación del plano arquitectónico de la ciudad (polis). El filósofo de Atenas postuló, en su diálogo la República, que el bien tiene una naturaleza divina; el filósofo de Estagira, propuso que el estudio de la política sigue al estudio de la ética, y al conocimiento de los bienes particulares, lo que obedece a que el bien propio de la política es de carácter general y superior, por ello, es ciencia soberana y más que todas arquitectónica. Estos notables ideales del pensamiento político clásico fueron reemplazados por las ideas renacentistas e ilustradas sobre el orden político, llegándose a una preocupante y todavía vigente desvinculación entre la ética y la política. En nuestros días se postula que el eje en torno del cual gira la vida de todo sistema político es el poder, lo que ha relegado el carácter eminente que en su momento tenía el bien, como principio y fin del ejercicio de la política. El bien tiene una dinámica propia: es el motivo de nuestras acciones y el fin al que tienden todos nuestros actos. Aún sin saberlo, las personas aspiran por naturaleza al bien, de ahí el hecho que si en ocasiones se cometen atropellos, injusticias y arbitrariedades, esto obedece a una mala percepción de lo que es el bien específicamente humano. El primer momento en la búsqueda del bien es la intelección del mismo, por lo que si no hay una adecuada concepción de lo que es bueno para la persona, es fácil renunciar a aspirar a la máxima perfección humana. A su vez, el bien se relaciona de forma estrecha con tres ideas principales: el orden, la armonía y la unidad. El orden El orden es el valor eje en torno del cual se dio la fundación de Acción Nacional. No en balde en el lema del Partido encontramos el orden como la misión de la nueva organización fundada en 1939. “Por una patria ordenada y generosa y una vida mejor y más digna para todos” expresa, en primer lugar, la razón de ser del Partido (el orden y generosidad de nuestra patria) y en segundo lugar, el ideal de vida que hay que lograr, que constituye a su vez la visión del México que se quiere. El orden es garantía última de que en el tejido social se abren múltiples ámbitos para el encuentro de las personas y para la formación de capital social. El Programa de Acción Política 1966, que fue redactado después de la Proyección de Principios de Doctrina de 1965, tiene como eje rector el ideal del orden. En el Programa se postuló la prioridad del orden político sobre cualquier otro en los siguientes términos: “Acción Nacional proseguirá su lucha tenaz para instaurar en México un verdadero orden político que haga posible la convivencia ordenada y justa de los mexicanos, propicie la solución adecuada de los problemas nacionales, evite la simulación de la democracia, la imposición de autoridades y la intromisión de la jerarquía más elevada en las funciones y jurisdicción de las demás”. Este enunciado programático contiene también la elaboración sucinta del principio de subsidiariedad (que las autoridades más elevadas respeten las funciones y jurisdicción de las demás), que es el fundamento del adecuado orden político y social. También en ese entonces se postuló la alta moralidad de la función pública, décadas antes de que se hablara del tema: “La función administrativa es aspecto substancial del ejercicio de la autoridad y por consiguiente su aptitud, su eficacia y su limpieza son metas de actividad eminentemente política”. La cuestión del bien común El bien siempre tiene una realización concreta y tangible, que se expresa en mejores condiciones de vida, en el progreso constante de las naciones y en la armonía de las diversas partes que integran el cuerpo social. En los Pilares del Humanismo se afirma con toda claridad que: “El Bien Común es concreto, porque siempre es una realidad tangible, un medio organizado conforme a los mejores recursos del momento”. Así, el bien común está conformado por el conjunto de instituciones, bienes y servicios que armonizan las estructuras sociales, mejoran la calidad de vida de las personas y garantizan que el tiempo libre de las personas pueda transcurrir en compañía de los seres a los que más aman y sea dedicado a las actividades que más valoran. El bien común se expresa en servicios públicos de calidad; en calles pavimentadas; en parques seguros que garanticen el recreo y el deporte; en espacios públicos libres para el tránsito y el uso de las personas; en vialidades rápidas y eficientes; en seguridad pública que tenga a los delincuentes tras las rejas y a los ciudadanos libres en las calles; en agua potable que ofrezca a las personas un satisfactor que es necesario en todo momento; en transporte público interconectado y eficaz; en servicios de recolección y disposición de residuos con bajo costo; en mercados limpios y seguros; en plazas y edificios públicos decorosos, en fin, en servicios y bienes de calidad y con suficiencia para todos. El bien común es perfectible y por ello también dinámico, ya que es un ideal por lograr que debe ser construido en común a través de espacios democráticos, con instituciones confiables y eficientes, servidores públicos bien preparados y que ofrezcan bienes y servicios de calidad, partidos políticos competitivos, tribunales imparciales y jueces intachables. “No puede haber Bien Común sin valores e instituciones comunes indivisibles, que faciliten al ser humano su vida provechosa, ordenada, justa y libre en sociedad”. A pesar de que en el recto orden de los bienes, los intereses personales deben subordinarse a la realización de los intereses de la colectividad, no existen argumentos moralmente válidos para atentar contra la realización de los fines de una sola persona: “No se deben sacrificar los fines trascendentes del ser humano en función de los intereses de la colectividad: si el bien común atentara contra el fin trascendente de una sola persona, dejaría de ser bien y dejaría de ser común”. Política y prestigio El camino natural para recuperar el prestigio perdido de los políticos, pasa necesariamente por la reivindicación de los ideales clásicos, que hacían del bien el eje absoluto de las acciones de todos los que, de alguna forma u otra estamos involucrados en las nobles tareas políticas. El bien común es, en última instancia, la razón de ser de los poderes públicos y su única justificación; por ello, cuando la política es causa de injusticia y desarmonía, pierde su sentido trascendental y deja de ser una actividad noble al servicio de la persona humana. La expresión máxima del bien logrado a través de la política es el predominio de la justicia, lo cual hace que alrededor de la comunidad se dé la unidad de propósito que constituye a la Nación. Esta concordia es el mayor de los bienes posibles porque es el resultado de que el Estado se constituya en una oferta de libertad con orden y armonía, y que a través de su acción se exprese la generosidad de una patria en torno a la cual se puedan afirmar los sentimientos de identidad y arraigo, que nos dan profunda unidad como comunidad de origen y de destino.
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Maricarmen Rizo

Colaborador de opinión en Revista La Nación, analizando los principales sucesos políticos, sociales y culturales de México.