La Nación, medio para comunicar a los hombres y mujeres libres
SE
Por Sergio Rodriguez
Por Liliana López Ruelas.
El momento político lo exigía. El PAN había dejado de ser el partido de oposición por excelencia para convertirse en gobierno de los mexicanos. Y ahí dentro, en casa, existía un órgano informativo que más de seis décadas atrás había nacido con la misma altura de miras con que se había fundado al Partido.
Fue en ese contexto que, en los albores del siglo XXI, sumergido México en el proceso de la alternancia política, La Nación vivió también un periodo de renovación y cambio.
Tuve la inesperada fortuna de ser parte de ello. A punto de concluir el año 2002, recibí de otro sonorense, Martín Enrique Mendívil, la invitación a integrarme al equipo.
Lo he de confesar: llegar a trabajar al Comité Ejecutivo Nacional del PAN, a su emblemática revista La Nación, fue una oportunidad tan sorpresiva que en principio me hizo dudar. Mi contacto directo hasta entonces con Acción Nacional había sido prácticamente nulo. Llegué a cuestionarme si encajarían mis objetivos profesionales en el proyecto del partido político. Si al partido político le importunarían mis valores personales. Sí y no. En aquel momento.
Pronto me enamoré de la historia de La Nación. De los objetivos que le dieron vida, cuando Manuel Gómez Morin y Carlos Septién García crearon un medio libre, a través del cual comunicarse con los hombres y mujeres libres. Supe de Gerardo Medina, tuve el placer de conocer a don Alejandro Avilés, ambos piedras angulares de la revista.
Pero además, el proyecto al que fui invitada consistía en encaminar de nuevo a La Nación a un perfil más periodístico y menos propagandístico. Más informativo, más analítico y más abierto. Volver al origen.
La visión del relanzamiento fue de quien entonces era Secretario General del PAN, Manuel Espino Barrientos. Planteó el proyecto y, con libertad y respeto, nos dio lo más importante para trabajar: confianza.
Conformamos un equipo productivo, con un balance ideal entre las ideas frescas de profesionales jóvenes, la experiencia periodística de otros y las aportaciones de quienes conocían a La Nación y al Partido como a la palma de su mano y lo querían como a la niña de sus ojos.
Había panistas y no panistas, pero todos con la camiseta puesta. O como solía decir Gerardo Priego, entonces Secretario de Vinculación con la Sociedad, habíamos los que no sabíamos que podíamos ser panistas, pero que comulgábamos con el humanismo político, con la justicia social, con el desarrollo sustentable, con la solidaridad y la subsidiariedad.
De la mano del Comité Editorial, donde figuraron Esteban Zamora, Matilde Saldaña, Abel Vicencio, Iván Paoli, Aminadab Pérez Franco y Carlos Catillo López, La Nación despertó. Recorrimos y revivimos todos los géneros periodísticos, incluyendo la caricatura política. Le imprimimos color y diseño a sus nuevas páginas en papel cuché. Lanzamos campañas de suscripción. Publicamos ediciones especiales, como la de la noche en que se conoció el conteo preliminar de la elección presidencial de 2006.
Realizamos foros y debates. Iniciamos la construcción de un proyecto de clasificación y digitalización de su archivo fotográfico, de un valor incalculable en el periodismo mexicano.
A través de grandes cadenas de comercialización la sacamos a la calle, donde debía estar el medio de difusión del partido en el gobierno y que a lo largo de más de 60 años había hecho historia con coberturas especiales como la matanza estudiantil en 1968.
En los años más exitosos que ha vivido Acción Nacional en lo que va de este siglo, cuando bajo el liderazgo de Manuel Espino el PAN obtuvo mayoría relativa en las Cámaras, refrendó la Presidencia de la República y figuró en el debate político internacional, La Nación estuvo ahí.
No es mi afán magnificar los logros de ese equipo, que seguramente pudieron y debieron ser mayores, pero sí es mi deseo aprovechar la invitación a escribir sobre esta enorme experiencia que me hizo la actual directora, Maricarmen Rizo, para reconocer el profesionalismo y la dedicación que pusimos todos a lo largo de esos cinco años: Armando Reyes Vigueras –quien muchas veces estuvo al frente de la revista-, María Elena de la Rosa Vázquez, Rosa María Cantero Salazar, Víctor Banda Santoyo, Fidel Rodríguez Zepeda, Jesús Murrieta Romero, Xóchitl Vázquez García, Sergio Rodríguez Colín, Diana Ramírez Sánchez, Margarita Aguilera Flores, Ulises Ramírez Castillo y algunos talentosos becarios. A la entrada del área de comunicación, siempre fiel y atenta, estaba Feliciana Álvarez González.
De lejos y muy cerca, un grupo de colaboradores permanentes, como Gerardo Rodríguez Sánchez Lara, Fernando Dworak, Julio Castillo López, Carlos Castillo López, Aminadab Pérez Franco, Javier Brown César, David Flores Rubio, Gerardo Ceballos Guzmán, Luis López Hermosa, Rodrigo Iván Cortés, Iván Paoli Bolio y Yuri Serbolov.
A la distancia, sin la menor duda y con un profundo sentido de agradecimiento y respeto al PAN de aquellos días, cuando lo común no eran las expulsiones del que pensara u opinara libremente, celebro el honor que fue para mí haber sido la primera directora mujer de La Nación.
Gracias y felicidades a todos quienes en algún momento hemos sido parte de la familia periodística que ha dado vida a La Nación.
Liliana López Ruelas fue Directora de La Nación de 2005-2007.