Cultura

La lucha contra el olvido

MA
Por Maricarmen Rizo
ideas fuerza Por Javier Brown César. El siglo XX y los primeros años del siglo XXI se han caracterizado por el olvido sistemático del valor de la vida humana y por el atropello reiterado a la dignidad de las personas. El abandono del campo y la catástrofe urbana, sistemas educativos que no forman para aprender en libertad, sistemas de salud que dejan morir a las personas afuera de los hospitales, cárceles que producen cada día más delincuentes, jueces que encarcelan inocentes y liberan criminales, son evidencias de que algunas de las más importantes instituciones se han diseñado de espalda a las personas y su dignidad. El atropello sistemático a los derechos humanos, la miseria diaria de millones, las guerras interminables por motivos de odio ideológico y las relaciones internacionales guiadas por el mero afán de poder, son la evidencia incuestionable de un orden internacional insolidario. El olvido tiene muchas formas, pero la más cruel es el intento de negar la dignidad humana, de nulificar el hecho palmario de que el ser humano tiene valor por el mero hecho de existir. Los intentos de aniquilación de la persona se basan en su degradación: la cosificación no es otra cosa que la disposición de seres humanos como si fueran objetos. El olvido fundamental consiste en hacer que la persona esté al servicio de la política, invirtiéndose así la ecuación virtuosa que da legitimidad al actuar de los políticos y que es la base para la construcción colectiva del bien común. Cuando la política es causa de opresión y la economía es causa de miseria nos encontramos ante el peor de los mundos posibles, en el que la persona está amenazada y su desarrollo pleno es arrestado en aras de poderes anónimos, impersonales, brutales, poderes que incluso sojuzgan y humillan a aquellos que pretenden ejercerlos. Un Estado en el que una sola persona sufre por causa de la política es un monstruo abominable, un Leviatán absurdo, un esperpento institucional. Si las personas se convierten en engranes al servicio de la gran maquinaria, en piezas prescindibles, en clientes de la política y en meros consumidores de bienes y servicios, se les rebaja y denigra. De ahí que el gran reto del humanismo del siglo XXI es luchar contra el olvido del principio fundamental del actuar político: la dignidad humana es el valor supremo, nada ni nadie debe estar por encima de ella. Olvido significa permitir que unos pocos prosperen a costa de la miseria de muchos, consiste en hacer de la política un ejercicio de pillaje que produce males en lugar de remediarlos, que en lugar del bien común promueve el mal cotidiano. Al relegarse la dignidad humana al cajón de los recuerdos se pierde la sensibilidad ante la guerra interminable, se cierran los ojos a la acumulación ofensiva de recursos y prevalece la indiferencia brutal ante el dolor humano, ofreciéndose así uno de los más vivos y devastadores testimonios del olvido sistemático de la dignidad humana. Esto no debe repetirse jamás. Los Estatutos aprobados por la Asamblea Constitutiva del Partido Acción Nacional en 1939 preveían, en el artículo segundo numeral segundo, como objeto de la asociación que nacía en ese año: “El reconocimiento de la eminente dignidad de la persona humana, y la garantía de todos los medios físicos y espirituales requeridos para garantizar con eficacia esa dignidad”. Con este objetivo fundamental, el PAN hizo suyo, en el más alto nivel, la política del reconocimiento de la dignidad de la persona humana. El término “reconocimiento” proviene del latín recognoscere, que significa volver a recordar, traer a la memoria, así como mirar por todos sus lados algo para tratarlo de comprender o para rectificar el juicio antes formado. El hecho de que un objetivo central del Partido sea el reconocimiento de la dignidad humana no es otra cosa que un manifiesto abierto, una consigna para luchar contra el olvido histórico, contra el intento de hacer de la persona humana un engrane de la máquina productiva, un súbdito abyecto del poder político, una víctima circunstancial de la historia, un apéndice de un destino supuestamente superior. La construcción de la solidaridad planetaria, de una auténtica comunidad mundial, tiene como punto de partida la convicción de la eminente dignidad humana. Es por ello que la integración responsable de los seres humanos a lo largo del planeta consiste en un proceso de encuentro, apertura y enriquecimiento mutuo de las diferentes culturas, al que el PAN ha denominado mundialización. La dinámica de un orden social subsidiario es puesta en cuestión por la transformación de la ciudadanía en clientelas cautivas, por la prevalencia de programas sociales que esclavizan en lugar de liberar, por la falta de oportunidades, la desigualdad en las condiciones de acceso a bienes y servicios públicos, la interferencia sistemática en esferas de la vida y en ámbitos comunitarios que se deben respetar. La subsidiariedad tiene como principios rectores la liberación del dolor evitable, la garantía de autonomía y autogobierno de comunidades y personas que pueden desarrollarse a plenitud, y la promoción del desarrollo humano con base en políticas sociales, cuyo objetivo principal es quitar las cadenas que obstaculizan el ideal de autorrealización personal. En la medida en que quienes gobiernan las naciones desprecian los derechos humanos, reniegan de la sustancia ética de su actuar y hacen de la política una empresa basada en el pillaje, la mediocridad, el arribismo, el oportunismo y la guerra continuada por otros medios. En esa medida, la más noble de las actividades humanas se degrada y corrompe. Por ello, el único poder que debe ser ejercido por los poderosos es el que se basa en el servicio: el poder al servicio de cada persona es el único que realiza el imperativo ético del Estado y lo consolida como una institución superior que está al servicio del bien común. Hoy, la política auténtica, la que está al servicio de la persona humana, la que se fundamenta en el afán arquitectónico de construir el bien común, no es otra cosa que la lucha denodada contra todo aquello que menoscaba la dignidad humana, es una guerra decidida y abierta contra el olvido, contra la negación del valor eminente de la persona humana. Este es el sentido fundamental de nuestra lucha y la causa final de nuestro actuar.   Twitter: @JavierBrownC
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Maricarmen Rizo

Colaborador de opinión en Revista La Nación, analizando los principales sucesos políticos, sociales y culturales de México.