Cultura

La humanización de la política

MA
Por Maricarmen Rizo
Por Javier Brown César. De todas las actividades del ser humano la política es la más elevada, noble e importante, porque su fin superior es la generación constante y decidida del bien común. La degradación moral de la política no es una consecuencia de su propia naturaleza, ni una fatalidad inevitable, sino el resultado lógico de su perversión. John Emerich Edward Dalberg-Acton, mejor conocido como Lord Acton, fue un político e historiador inglés que vivió en el siglo XIX y que ha pasado a la posteridad por su frase “el poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente”. La corrupción del poder es el posible efecto de dos vicios comunes: la deficiente selección de la clase política y la falta de una formación adecuada. Quienes se dedican a la política deben ser personas con una moralidad superior, capaces de encarnar las más altas virtudes del ser humano y de entre todas la prudencia, que es la más eminente virtud gubernativa; pero cuando los incentivos para ingresar a la política no son el servicio a la comunidad, sino las amplias posibilidades de enriquecimiento repentino e ilícito, quienes no tienen cualidades morales elevadas entran a la política guiados por la tentación del dinero “fácil”. La deficiente formación de cuadros es otro de los factores que producen una clase política débil, arrogante e inmoral. Formar a los futuros políticos debe ser una actividad permanente de la academia y de los partidos, para templar el carácter de quienes enfrentarán grandes tentaciones y forjar su personalidad de tal forma que puedan conducirse con rectitud, honestidad y decencia.   Las grandes tentaciones del poder El poder puede llegar a ser como una droga poderosa que obnubila el juicio, embota los sentidos y pervierte la moralidad. La soberbia es la consecuencia lógica de una deficiente formación moral. Quien asume una posición de gran poder puede sentirse tentado a creer que está en posesión de verdades absolutas y que tiene como misión la salvación de un pueblo. La soberbia es la raíz de los mesianismos, de la sordera y ceguera de muchos políticos, que creyéndose seres superiores, no escuchan consejos y obran con precipitación y falta de juicio. En el extremo, la soberbia puede llevar a que el líder considere que es el intérprete privilegiado de lo que es el bien de una comunidad, lo que puede tener como consecuencia prácticas aberrantes como la xenofobia, la eugenesia y el exterminio de quienes piensan diferente o de quienes disienten. La soberbia es también la raíz de los diferentes autoritarismos. Los líderes autoritarios, ante la incapacidad de legitimar su autoridad con base en la adecuada conducción del gobierno y en la honorabilidad del servicio público, hacen del miedo el medio privilegiado para controlar a la sociedad, y usan la fuerza pública para reprimir a los opositores. Los autoritarismos imponen decisiones costosas para muchos, que sólo benefician a unos pocos en detrimento del bienestar de las mayorías. El mesianismo y el autoritarismo desmontan en sus cimientos a la democracia, régimen que garantiza el ideal de la igualdad de todos ante la ley (que los griegos llamaron isonomía), así como un espacio público en el que pueden debatirse las legítimas diferencias ideológicas y los puntos de vista discordantes.   La visión patrimonialista del poder La pérdida de confianza en la política no puede explicarse sólo con la emergencia de líderes mesiánicos y autoritarios; no sólo quienes prometen y no cumplen y quienes imponen decisiones unilaterales dañan de forma irremediable la imagen de lo público. Existe una forma de apropiación de la cosa pública con fines privados, que al final la convierte en cosa nostra (la cosa que es de unos pocos en lugar de ser pública). Esta forma de privatización se llama patrimonialista. La visión patrimonialista tiene muchos rostros, pero en el fondo es la apropiación con fines de beneficio privado de todo aquello que por naturaleza debe ser del dominio de la colectividad. Una de sus primeras formas se da cuando quienes acceden a un cargo público ocupan todas las estructuras y posiciones de poder y decisión con el fin de beneficiar a sus grupos y amigos, sin importar el daño que se causa por la falta de profesionalismo y la improvisación. Estos “dirigentes” creen que fueron elegidos o designados sólo para dar órdenes, por lo que se hacen de grupos de operarios, usualmente mal pagados, que son quienes hacen el trabajo y quienes de forma constante sufren vejaciones y humillaciones. Bajo la lógica patrimonialista los bienes públicos pueden ser privatizados, por lo que los impuestos, en lugar de ser devueltos a la ciudadanía con mejores bienes y con servicios de calidad, pasan a las arcas de líderes corruptos para engrosar sus fortunas y para ser desviados. Así, cuantiosas cantidades de dinero asignadas en los presupuestos para obras y servicios públicos se destinan a enriquecer a una clase política obesa e irresponsable, que le da contratos a las amistades y que obra el milagro de empobrecer aún más a la sociedad que la eligió. Otra tentación común de la lógica patrimonialista es el endeudamiento irresponsable, con lo que se hipoteca el futuro de generaciones enteras, para fraguar la fortuna de unos pocos. Las sociedades no solidarias en las que el bienestar de unos es logrado a costa del malestar de las mayorías son insostenibles en el largo plazo. Los vínculos que mantienen unida a la sociedad se vuelven frágiles y al final, la confrontación, la violencia y el miedo se apoderan de la ciudadanía.   Hay que humanizar la política La humanización de la política es una de las más grandes prioridades para quienes queremos que la ciudadanía recupere la confianza en sus autoridades y en los partidos políticos. La crisis es de tal magnitud que en caso de no revertirse, no sólo provocará un desencanto generalizado que puede ser aprovechado por líderes mesiánicos, sino que puede hacer que una generación completa pierda sus sueños y esperanzas. Hay que reivindicar el carácter moral de la política: los corruptos deben ser señalados como se hacía con los leprosos en la Edad Media. Todo abuso de poder debe ser castigado poniendo fin a la impunidad, sólo de esta forma se garantizará que los ciudadanos honestos recuperen los espacios públicos, su seguridad y su libertad, mientras que los políticos corruptos deberán estar recluidos detrás de las rejas purgando sus penas. Si las personas honestas no pueden aspirar a mejorar su nivel de vida y si los emprendedores íntegros no creen que puedan prosperar, se habrá perdido toda esperanza, y como afirmó Federico Ling Altamirano: “nada puede ser tan alarmante en materia de deterioro de las condiciones de vida de la sociedad, ni tan agotador como cumplir con el deber cuando no se esperan resultados positivos”. Por ello, la humanización de la política tiene como cometido principal que las personas puedan recuperar sus sueños y esperanzas, que tengan la convicción de que gracias a la política y a los políticos se puede tener un futuro mejor y que el bien ocurrirá. Como afirmaba Federico Ling Altamirano: “no es lo mismo estar desilusionado o desengañado, lo cual puede ser muy positivo, que haber perdido esa maravillosa energía espiritual engendrada por la confianza en que el bien ocurrirá. Esta confusión, que es muy compartida por hombres y mujeres de la más diversa condición social, moral y económica, de educación y edad, desaparece en cuanto el hombre recibe el más endeble asidero, algo en qué fincar su fe y restaurar su confianza”.  
MA
Maricarmen Rizo

Colaborador de opinión en Revista La Nación, analizando los principales sucesos políticos, sociales y culturales de México.