Cultura

La hora de los depredadores, de Giuliano da Empoli

JU
Por Julio Castillo López · 4 min de lectura

La hora de los depredadores (Seix Barral, 2025) arranca con una pregunta que Giuliano da Empoli plantea desde el prólogo: ¿qué hace un poder establecido cuando lo desconocido toca a la puerta? Moctezuma, escribe, “hizo lo que todo político hace en cualquier época y en semejante situación: decidió no decidir”. Envió regalos a los conquistadores, exhibió el esplendor de su imperio y les prohibió avanzar hacia la capital. El resultado fue el que se deriva siempre de esa indecisión: al querer evitar la guerra a costa de su deshonor, Moctezuma terminó por sufrir ambas cosas. La comparación no es un adorno literario: es la tesis del libro. Durante tres décadas, sostiene Da Empoli, los responsables políticos de las democracias occidentales se han comportado ante los conquistadores tecnológicos exactamente igual que los aztecas del siglo XVI: sometidos, a la espera de que los salpicara un poco de polvo mágico.

Da Empoli conoce el poder desde dentro. Fue asesor político en Italia, dirige el think tank Volta en Milán y enseña en Sciences Po de París. Antes de este libro escribió Los ingenieros del caos, sobre la ingeniería digital del populismo, y El mago del Kremlin, sobre el entorno de Putin. La hora de los depredadores completa, sin cerrarla del todo, esa indagación sobre las nuevas formas del poder.

El libro distingue dos especies de depredador. Los “borgianos” —Trump, Milei, Bukele, Mohammed bin Salman— desprecian la tecnocracia y hacen de la acción irreflexiva su principal arma política; el “milagro” que prometen, la intervención directa del poder sobre la realidad, es también su talón de Aquiles. Los “señores de la tech”, en cambio, no buscan el aplauso sino rediseñar la arquitectura misma de la vida en común, delegando cada vez más decisiones a la inteligencia artificial. Ambas especies conviven y se necesitan: los primeros heredan el vacío de autoridad que los segundos socavaron durante años de indecisión regulatoria, y ninguno está dispuesto a tolerar límites. Es una relectura de Maquiavelo con datos y algoritmos: Da Empoli recuerda que el propio Maquiavelo, años después de presenciar la matanza de Senigallia, hizo de César Borgia el modelo de su Príncipe: “no el soberano ideal, sino la bestia de poder real, mitad zorro, mitad león, que sabe utilizar la astucia para adular a los hombres y la fuerza para someterlos”.

El eje explicativo del libro, quizá su aportación más original, es una lectura militar de la historia: hay épocas en que la defensa progresa más rápido que el ataque, y son las épocas de paz relativa; hay otras en que ocurre lo contrario, y son las épocas de sangre. Da Empoli sitúa el presente digital en la segunda categoría, sin matices: “en estos días, el ataque cuesta menos caro que la defensa. Mucho menos. Y el precio sigue bajando”. La cifra que usa para ilustrarlo resulta perturbadora: una síntesis de ADN capaz de crear patógenos mortales cuesta hoy alrededor de veinte mil dólares, lo mismo que un coche usado. Es el mismo desequilibrio, sugiere, que permitió a la artillería pesada borrar del mapa a las pequeñas repúblicas del Renacimiento italiano a principios del siglo XVI: el momento exacto en que Maquiavelo entendió que las reglas antiguas ya no servían.

Formalmente, el libro se organiza como una serie de crónicas fechadas y ubicadas —Nueva York, Riad, Florencia, Washington— que Da Empoli decide no ordenar cronológicamente, para negar cualquier lectura determinista de la historia que cuenta. La escena de la Asamblea General de la ONU, con sus ciento noventa y tres delegaciones convencidas cada una de ser el centro del mundo, o el capítulo sobre Riad —donde meses después de haberlos alojado con todo lujo, Mohammed bin Salman hizo encerrar a príncipes y multimillonarios en ese mismo hotel para interrogarlos— tienen la textura del reportaje y la ambición del tratado.

El libro es más certero en el diagnóstico que en la prescripción, y Da Empoli lo sabe: no ofrece una hoja de ruta para defender el viejo orden liberal, sólo la constatación incómoda de que la ventana para regular a tiempo el mundo digital —cuando los gobiernos todavía tenían la fuerza para hacerlo— se ha cerrado. Por eso cierra el libro sin épica, con una frase de sobriedad casi estoica: “la lucha continúa”.

Da Empoli no escribe desde la nostalgia de un orden perdido ni desde el cinismo de quien ya se resignó a los nuevos depredadores; escribe para que entendamos las reglas de un juego que cambió, precisamente porque quienes seguimos creyendo en las instituciones, en la ley y en los contrapesos —de izquierda o de derecha, y esa distinción le importa al autor— somos, todavía, los únicos que podemos disputarles la cancha.