La formación de la nueva clase política
MA
Por Maricarmen Rizo
Javier Brown.
En su monumental obra Paideia, que versa sobre los ideales de la educación griega, Werner Jaeger decía lo siguiente: “Para Sócrates, hijo de un picapedrero, de un simple trabajador, era una sorprendente paradoja el hecho de que un zapatero, un sastre o un carpintero, necesitaran para su honrado oficio un determinado saber real, mientras que el político debiera poseer sólo una educación general, de contenido bastante indeterminado, a pesar de que su oficio se refiere a cosas mucho más importantes”.
Desde que Sócrates se sorprendió ante el hecho de que los políticos no tuvieran una formación especial, pocas cosas han pasado en cerca de 25 siglos: no hay escuelas, ni planes obligatorios de largo aliento en las universidades o en los partidos políticos, para quienes aspiran a un oficio que se refiere a algunas de las cosas más importantes. Muchas personas, después de algunos cursos o al terminar sus estudios universitarios, se dedican a la política, sin tener la preparación necesaria para asumir la alta encomienda de servir a la comunidad, procurando en todo momento el bien común.
Política y ética
En los tiempos de Sócrates la ética y la política formaban una íntima e indisoluble unidad. El Estado tenía una función eminentemente pedagógica, al servicio de la formación de una ciudadanía plena y virtuosa. Hoy en día, la ética y la política están divorciadas por obra de la modernidad, es impostergable formar éticamente a la clase política en las virtudes que son indispensables para la recta y ordenada conducción de los asuntos del Estado.
La primera y más importante virtud de los políticos es la prudencia, que es la más noble de las virtudes morales porque las mueve a todas. La prudencia consiste en la recta razón del obrar, y es una virtud que trata de los medios, para ordenarlos de forma apropiada al fin. La prudencia consta de dos momentos: pedir consejo y juzgar, y aplicar el consejo a la acción.
El político prudente tiene además buenos consejeros, que en todo momento le indican los medios que son adecuados para conseguir fines nobles. Por ende, una señal de que estamos ante un gran político es su capacidad para rodearse de gente competente, que le aconseja con rectitud, para la realización de obras en beneficio de la comunidad.
El político debe conocer a fondo la justicia en sus tres dimensiones: el apego irrestricto a las leyes, la adecuada distribución de las cargas y los beneficios en el cuerpo social, y la recta realización de transacciones, mirando en todo momento que al realizarse los intercambios no se favorezca a una parte por encima de otra y que prevalezcan los intereses superiores del Estado.
También es indispensable que las personas que se dediquen a la política tengan la fortaleza para realizar aquellas obras que son difíciles de emprender, y que son valiosas y necesarias para la comunidad; que sepan además moderarse en las riquezas, los placeres y los lujos, para dar ejemplo de sobriedad, equilibrio, orden, autolimitación y modestia.
El conocimiento y observancia de las leyes
Después de la formación ética es vital que quien ha sido llamado a ejercer la política conozca los fundamentos del derecho y la forma en cómo se realiza la justicia en la sociedad, así como las bases de la constitución que rige a su comunidad y las leyes que imperan sobre todos. Sin un conocimiento suficiente de la ley, se marcha a la deriva y se pueden tomar decisiones que a la postre tengan consecuencias catastróficas.
El problema de las leyes es que son de muy variada naturaleza y que se han extendido de tal forma que abarcan diversas esferas de lo público que son de gran complejidad. Por ello, es imprescindible tomar como punto de partida los derechos fundamentales que ordenan la vida en la comunidad, las normas que rigen lo que cada uno de los poderes puede y debe hacer, y los equilibrios y contrapesos que existen entre los poderes.
Este mínimo conocimiento de las leyes debe acompañarse por la adecuada intelección del edificio jurídico que rige las diversas esferas de la administración pública, de la procuración e impartición de justicia, del proceso legislativo y del control de la legalidad de las decisiones y acciones.
El ámbito de las políticas públicas
La esfera en la que se concretan las aspiraciones de los políticos y los ideales de los partidos políticos está conformada por lo que actualmente se denominan políticas públicas, las cuales son el conjunto de decisiones de la autoridad que, con base en las leyes, diseña planes y programas para resolver problemas públicos y generar bienes y servicios que impacten de forma positiva en la calidad de vida de las personas.
Las políticas públicas requieren un conocimiento específico de la forma en cómo se definen los problemas públicos, se construyen hipótesis causales para atenderlos, se diseñan acciones para incidir en ellos, se ponen en práctica mecanismos para transformar la realidad, y se monitorean y evalúan las acciones y decisiones mediante indicadores. Toda política pública tiene efectos deseados y no deseados, por lo que lo ideal es predecir los efectos colaterales y controlarlos, en aras de producir el mayor bien posible en la comunidad, a pesar de la resistencia de actores y sectores cuyos intereses pueden verse afectados.
El diseño y la implementación de las políticas públicas demandan una noción adecuada de la realidad, que vaya más allá de las percepciones del sentido común, para penetrar en el conocimiento y la medición de las causas profundas de los males que aquejan a la sociedad y de cuya solución depende la realización de obras perdurables.
La retórica
La retórica es arte de la palabra que tiende a persuadir por medio de la forma oratoria. Es la parte final de la formación política, que se da sólo después de un adecuado y suficiente conocimiento de los problemas públicos. Su efecto es visible en la forma como la comunicación política logra su mayor impacto, porque al final de cuentas, gobernar es, ante todo, comunicar.
La retórica debe ser la culminación en la formación de los políticos y no su preludio: para que las palabras muevan eficazmente a las personas se requiere un amplio conocimiento de lo que se está diciendo, una íntima convicción de que lo que se dice es valioso y que nace además de lo más profundo de las buenas intenciones, y el adecuado conocimiento de qué es lo que las personas realmente necesitan y deben escuchar.
Como culminación de la formación del político, la retórica supone una recta conducción de los asuntos públicos, con base en una ética de valores y principios, en una profunda convicción de que la ley es la norma suprema del actuar y de que las acciones emprendidas son las mejores posibles para realizar el bien de la comunidad, que al final de cuentas, es la única justificación válida para el ejercicio de la auténtica autoridad.