Cultura

Julio Scherer, una memoria ambigua

MA
Por Maricarmen Rizo · 4 min de lectura
Carlos Castillo. La imagen es icónica de la historia del periodismo mexicano: 8 de julio de 1976, la fotografía capta a Julio Scherer y a un grupo de periodistas que caminan por el Paseo de la Reforma en la Ciudad de México, luego de haber sido, literalmente, defenestrados de la dirección del periódico Excélsior. Terminaba así la luna de miel de un sexenio, el de Luis Echeverría, con la prensa mexicana, que tras el 2 de octubre de 1968 cedió algunos espacios para ejercer plenamente la responsabilidad de informar. Seguirían años de silencio, de plumas pagadas en la nómina gubernamental, de diarios y noticieros, de radio y televisión, dedicados a encumbrar la labor del Ejecutivo en turno y a ocultar la realidad de un país acallado por la fuerza, por el control del papel o por el vil y cruento asesinato, en ese y otros rubros más. Los años de Scherer al frente de aquel periódico fueron emblemáticos, y para muestra, un botón inmenso: fue en sus páginas donde Octavio Paz dio vida al suplemento “Plural”, en el que se reunió una de las vetas más talentosas del pensamiento mexicano y europeo de la época. Desde ese tiempo, el periodista construyó escuela, fue icono de generaciones nuevas, contribuyó a que la valentía y el coraje aportaran desde la prensa escrita una parte importante e imprescindible de la alternancia democrática mexicana. De Excélsior la gran aventura que siguió fue el semanario Proceso. Y es imposible no recordar cómo, en los años noventa del siglo XX, sus portadas, sus contenidos, sus reportajes centrales que aparecían cada domingo, marcaban la agenda política que se trataría durante la semana. La batuta de Scherer dirigía una orquesta de talento y profesionalismo. Plumas de la oposición, periodismo de investigación profunda y seria, crítica al gobierno, aplauso a quien lo mereciera, señalamientos donde hiciera falta apuntar con el dedo y alzar la voz. La primera entrevista al sub comandante Marcos fue con Scherer, las victorias de Acción Nacional en aquella década destacan en sus páginas e inclusive alcanzaron sus portadas, todo un ejercicio de periodismo que junto a las fuerzas políticas, empujaba para que seis décadas de autoritarismo poco a poco cedieran. A la par, los libros de investigación: Pinochet, las cárceles de México y la incapacidad de construir un sistema de justicia efectivo, recuerdos de Tlatelolco, hasta que por fin llegó la transición democrática. Fue entonces cuando las páginas de Proceso quizá no entendieron o no supieron responder a los nuevos retos; lo mismo ocurrió, cabe señalar, con el nuevo gobierno. Expectativas hinchadas donde no había escuela previa sino la de ser oposición. Aires nuevos se respiraban y ahí fue donde muchos, periodistas y políticos, se contentaron con seguir respirando ese tufo opaco que, como toda época de cambio, no acababa de disiparse, pero tampoco alcanzaba para ser plenamente un nuevo aire. El semanario, ya con Scherer fuera de la dirección, cayó en una crítica más cercana a la espada que a la idea; protagonizó denuestos y encumbró perfiles que poco ayudaron a consolidar el nuevo orden político, e incluso hicieron la apología del crimen organizado, en aquella célebre pero irresponsable portada en la que el periodista apareció abrazado de uno de los narcotraficantes más buscados durante el sexenio pasado. Siguiendo esa línea editorial, que más que continuar como referente de la prensa mexicana buscaba congratularse y seguirse allegando a un público “duro”, Proceso publicó biografías que retratan la historia del narcotráfico en México, hizo del morbo criminal un objeto de lucro y diversificó sus productos. Quedan, no obstante, ediciones especiales que son una collage donde el reconocimiento es incapaz de eludir esa crítica que, de nuevo, busca entregar una miga a lectores hambrientos y fieles. Aterricé en Santiago de Chile ese 7 de enero cuando la prensa nacional anunciaba la muerte de Julio Scherer. Era de mañana y no pude sino acudir a La Moneda, ya por la tarde, tras enterarme de la noticia. Me detuve frente a la estatua de Allende y fue ahí donde “pisé esas calles nuevamente”, con el recuerdo de un periodista enorme en la memoria.   Carlos Castillo es Director de la revista Bien Común.