Inteligencia política
MA
Por Maricarmen Rizo
Por Javier Brown César.
Es un hecho innegable que existe lo que se puede denominar “inteligencia política”. El testimonio y la trayectoria de vida de los grandes estadistas ponen en evidencia que hay una serie de cualidades que caracterizan a quienes tienen la capacidad para transformar el destino de sus comunidades, para ofrecer metas valiosas e inspirar a la acción colectiva y a las grandes realizaciones.
Parafraseando a Kant se puede decir que la inteligencia es ante todo práctica: se expresa en obras y en decisiones que son las que día a día consolidan el prestigio y revisten al líder de la autoridad intelectual y moral que provocan la adhesión de muchas personas. El liderazgo es una capacidad, un poder para influir en otras personas y cuando se habla del ámbito de la política este poder es un medio para el servicio de los demás y para la generación de bien común.
Sensibilidad
Para la filosofía realista, la inteligencia comienza en la sensibilidad. Aristóteles decía que de todos los sentidos el que más apreciamos es el de la vista, porque es el que nos da a conocer el mayor número de diferencias. La inteligencia política comienza precisamente en lo que podemos llamar “visión”, entendida como la capacidad del líder para ver más allá de lo inmediato, para poner la mirada en un horizonte deseable y actuar en consecuencia con altos ideales. La visión se desarrolla mejor en el medio de lo transparente, por lo que la política auténtica debe ser una alta actividad humana que aporte claridad de ideas y transparencia en los asuntos públicos.
La visión de los estrategas se conjuga con una sensibilidad especial, con una especie de instinto político para el que se requiere el “olfato” que permite identificar ámbitos de desarmonía y de injusticia social, y el tacto” para abordar los grandes asuntos y problemas de la comunidad, con sensatez y corrección. También se requiere una capacidad extraordinaria para saber escuchar atentamente a los demás, para ser receptivo a sus problemas y para oír lo que la gente quiere y tiene que decir, en lugar de decir lo que se quiere que la gente oiga.
Se dan así una serie de facultades sensibles que constituyen una intuición única para los asuntos públicos, que al combinarse con un acendrado sentido común, son ayudas invaluables para saber qué hacer en cada circunstancia, para transformar la realidad en beneficio de los demás.
Habilidades prácticas
Muchas habilidades importantes se requieren para ser un buen político: se necesita un talento singular para saber negociar, lo que implica buscar objetivos ambiciosos, tener paciencia y saber hasta dónde se puede ceder y qué no se puede “poner” sobre la mesa de negociación. Hay que ser un conciliador eficaz para ponderar las posturas de quienes, a pesar de pensar de forma diferente, coinciden en el logro de metas valiosas.
También se debe ser un gran comunicador, ya que ésta es una habilidad indispensable, una competencia básica necesaria para expresar adecuadamente las ideas, para elegir el medio más adecuado para difundirlas y para que el mensaje transmita valores significativos. Se requiere la capacidad para persuadir a las personas y a los oponentes de que el proyecto y los ideales políticos que se defienden son valiosos y de que en caso de ponerse en práctica pueden ser mejores que otros proyectos e ideales. Se necesita también la capacidad para generar ideas atractivas, que den respuestas novedosas a problemas añejos y que sean la base para la acción y la toma de decisiones.
En muchas ocasiones se pasa por alto que el político inteligente sabe rodearse de personas competentes: es como un imán que atrae capital humano, con un equipo conformado por mujeres y hombres de talento, con cualidades sobresalientes, con autoridad intelectual y moral, con prestigio y fama públicas, y con probidad y honestidad.
Ciencia política
La inteligencia política demanda el contacto permanente con la realidad cotidiana, la adquisición de múltiples experiencias y su elevación al nivel de ciencia, lo que implica superar las nociones tradicionales del sentido común para buscar las causas más profundas de la desarmonía social y las raíces de los problemas de organización comunitaria, para actuar en consecuencia en la búsqueda incansable de aquellos ámbitos donde el trabajo político es más eficaz.
La inteligencia política exige también una buena dosis de sabiduría, entendida como la capacidad para tomar decisiones bien fundamentadas y para escuchar con paciencia los consejos de quienes son expertos en las diferentes materias involucradas en el ejercicio del gobierno. La habilidad para escuchar con atención los consejos de otros conlleva la renuncia a cualquier tentación de la mente totalitaria, que cree saberlo todo y que, llena de soberbia, desprecia el conocimiento de quienes saben más que uno en determinadas materias.
Prudencia
Quizá el nivel más complejo en lo que se refiere a la inteligencia política es la dimensión moral de la misma, ya que no puede haber inteligencia auténtica sin integridad moral y sin la reina de las virtudes políticas: la prudencia. Cuando no hay prudencia predomina la astucia, lo que no es otra cosa que el uso de medios que no son realmente buenos, sino fingidos y aparentes, para conseguir algún fin.
La prudencia es la más noble de las virtudes morales, las mueve a todas y consiste en la recta razón en el obrar. A la prudencia le corresponde determinar los medios más adecuados para lograr los fines superiores de la política, estos medios deben ser acordes con la nobleza del fin. Como lo afirmó Joseph Pieper: “Prudente puede ser sólo aquel que antes y a la par ama y quiere el bien”.
Quien pone en práctica la virtud de la prudencia, primero pide consejo e indaga, luego juzga con base en los resultados de su indagación y al final actúa. En consecuencia, el imprudente es el que obra con precipitación, inconstancia y falta de consideración.
Existe desde luego, una falsa o aparente prudencia que consiste en que en aras de un fin malo se disponen cosas adecuadas para lograrlo, como es el caso de quienes incursionan en política con el fin primordial de lograr riqueza meramente material o de quienes buscan el voto de las personas para incurrir en actos de corrupción y pillaje. La prudencia política, que es la culminación de la inteligencia, se refiere siempre al bien común, que es el objetivo supremo de la actividad pública y cuya realización es la razón de ser de la autoridad.
Quien tiene inteligencia política también dispone del valor necesario para enfrentar las adversidades, para superar los obstáculos y las pruebas que la vida pone una y otra vez, y es moderado en su vida, lo cual se refleja en el adecuado equilibrio entre los valores materiales y espirituales, entre el trabajo y la vida familiar, y entre la parte afectiva e intelectual. Por último, la inteligencia política es movida por la fe en los altos ideales y por la confianza en que éstos se pueden realizar, gracias a la colaboración con personas que comparten la profunda convicción de que la política auténtica es oferta suprema de libertad con responsabilidad y de progreso con prosperidad.