Houellebecq y el vacío espiritual de nuestro tiempo
Por Carlos Castillo.
La novela que busca ofrecer escenarios probables sobre un futuro cercano es compleja en su realización, osada en los contextos que plantea y, en el mejor de los casos, no deja presentar un aire de incredulidad que difícilmente logra superarse; en el peor, se torna francamente inverosímil, cuando no un apéndice de la ciencia ficción.
Siempre será más sencillo, empero, hablar del pasado, llenar sus vacíos y reconstruir sobre suelos ya asentados y firmes, incluso hacerlos tambalear, pero siempre con la premisa de que ese sustento ya está dado, construido e inclusive superado. Esbozar el mañana a partir del hoy requiere, para el autor, de una capacidad de proyección del presente a través de sus líneas más constantes y que, no obstante, siempre tendrán a los propios acontecimientos como factores que trastoquen lo escrito o lo imaginado.
El esfuerzo que en este sentido realiza el francés Michel Houellebecq en Sumisión (Anagrama, 2015) es notorio por incisivo, atinado y, desde su propio lanzamiento, condenado a una escabrosa actualidad: justo el día que la novela habría de aparecer en vitrinas, el atentado contra el semanario satírico Charlie Hebdo arrojaba a gobiernos e intelectuales de Europa a las calles para defender una libertad de expresión que si bien esgrimía la bandera de los logros alcanzados por la civilización occidental, también demostraba cómo nuestro tiempo, quizá más que nunca antes, adolece aún del factor solidaridad, esa fraternidad que Octavio Paz anunció como el gran pendiente de la modernidad.
Y es que en la novela de Houellebecq, el año 2022 se proyecta como la fecha en que el islamismo moderado ascenderá a la presidencia de Francia, en elecciones democráticas, derrotando a la derecha ultranacionalista forjada por Le Pen y heredada por su hija; el objetivo del nuevo gobierno: un régimen que si bien se ofrece como un lento pero socialmente aceptado abrazo de las costumbres musulmanas, también representa la tabla de salvación para el protagonista: académico de literatura que ha llegado a un estancamiento existencial donde el vacío, el aislamiento, el individualismo propio del liberalismo, la soledad, la realización profesional que no alcanza para convertirse en motivo de vida, se tornan el camino largo hacia una extinción lenta que nunca termina por decidirse a tomar el atajo del suicidio.
Así, Sumisión delinea un país próspero que de pronto descubre que “la idea de Patria no basta por sí sola, debe estar unida a algo más fuerte, a una mística de orden superior”; y es el islam el que ofrece esa amalgama, esos valores ausentes ya de la Francia actual (y de los que sin duda seguirá vaciándose conforme pasen los años, a menos que…) pero que prevalecen como necesidad ante un electorado que incluso los antepone al orden económico que, se supone, rige y decide los resultados de una elección. “La revolución francesa, la República, la patria…, sí, eso pudo dar lugar a algo; algo que ha durado un poco más de un siglo. La cristiandad medieval, en cambio, duró más de un milenio”.
La referencia al catolicismo es ejemplar, y es también la base que Houellebecq utiliza para la revelación que sufre su personaje: en una abadía, y ante el cisma que representa entender todas las verdades de golpe, toda la realidad como un puño que golpea y rompe hasta las certezas más firmes, la decisión de que convertirse a la fe del nuevo gobierno representa muchas más respuestas que preguntas, ahorra conflictos, resuelve aspectos de la vida personal y profesional que de otro modo gravitan sin capacidad de asirse y remediarse. Porque el triunfo, la estabilidad económica o el éxito profesional son de pronto insuficientes, anclas frágiles para un mundo donde las referencias y los puntos firmes escasean cada vez con mayor frecuencia.
“Que mi vida intelectual había acabado era una evidencia cada vez más obvia, aún participaría en vagos congresos, viviría de mis restos y de mis rentas; pero empezaba a adquirir consciencia –y eso era una verdadera novedad– de que, probablemente, había otra cosa”. El autor deposita ese faltante en una pareja, en un hogar constituido, en una comunidad de intereses y afinidades, en costumbres que fortalezcan y refrenden los motivos espirituales más allá de lo material; en resumen, necesidades que el recién abrazado credo viene a llenar.
Sumisión, en la mejor tradición de los moralistas franceses, pero viniendo de un enfant terrible de la literatura (y quizá precisamente por ello), es una crítica de nuestro tiempo, de la creciente distancia de la política con la ciudadanía, de la incapacidad del mercado para construir vidas plenas, de la necesidad de algo que llene el vacío que genera el puro goce material. Es, en resumen, una posibilidad abierta que, oteando el futuro, alcanza a esbozarse como una probable realidad.
Carlos Castillo es Director de la revista Bien Común.