Cultura

Hay que defender la política

SE
Por Sergio Rodriguez
Por Javier Brown César. La política auténtica, la que está al servicio de las personas y subordinada al bien común, es la suprema actividad al interior de todo Estado democrático. La política de altos vuelos y aspiraciones es uno de los bienes más importantes, que debe ser defendido en momentos de incertidumbre, en los que el ataque reiterado y sistemático a las instituciones se ha convertido en un lugar común del discurso cotidiano. La crisis de confianza en las instituciones públicas ha producido una especie de desencanto generalizado hacia el quehacer político. Quienes no hemos dado respuestas adecuadas al dolor evitable, que nace de nuestra incapacidad para organizarnos y resolver los grandes problemas colectivos, somos responsables de que la ciudadanía perciba que la política “no sirve”. En el extremo, hay quienes pretenden acabar con la política con los medios propios de la política, pero ésta es una actividad insustituible, cuyo fin superior es la construcción colectiva del bien común. Si desapareciera la política se pondría en evidencia la falacia según la cual quien busca el bien individual promueve el bien común: basta con ver el ejemplo de los mercados de bienes y servicios dejados a su arbitrio, en los que el Estado no interviene para regularlos y para luchar contra prácticas monopólicas, para constatar que la mano invisible no garantiza que los mercados sean justos y competitivos. Si esto es así para la economía más lo es para la política, la cual no puede quedar a merced de una supuesta mano invisible: sin políticas públicas diseñadas para remediar males, proliferarían aún más la miseria y la opresión. La política es un ámbito de encuentro imprescindible, en el que gracias al diálogo y a la cooperación se diseñan políticas públicas que generan bienes colectivos y se negocian leyes que ordenan la vida en comunidad. Sin el ámbito político, la sociedad quedaría a merced de la ley de los más fuertes y poderosos. A través de leyes justas, la política se constituye en la gran niveladora social, que garantiza que el débil será protegido por las instituciones y que se le salvaguardará de los abusos de los poderosos. La política de altos vuelos es el baluarte que apuntala la consolidación de un proyecto nacional, que se da gracias a la construcción colectiva de un porvenir deseable y posible. La política democrática se basa en leyes e instituciones, las primeras armonizan un orden que da certidumbre y las segundas generan un ambiente que ofrece confianza. Desafortunadamente, en nuestro país las leyes no se cumplen, lo que genera incertidumbre alarmante, y las instituciones no son confiables, lo que conlleva impunidad rampante. La agenda política tiene como grandes pendientes la realización de la justicia como fuerza que mantiene cohesionada a la sociedad y como factor de unidad, y de la libertad como fuerza que hace avanzar a la sociedad y como gran impulsora de las transformaciones en los ámbitos político, cultural, económico y social. Hoy día, la peor injusticia es producida por las malas decisiones públicas y por la incapacidad de los gobiernos para generar sistemas que combatan la corrupción y la impunidad; aspiramos a gobiernos que no le quiten tiempo a la ciudadanía y que hagan valer en todo momento y lugar derechos que por su naturaleza son universales, imprescriptibles e inalienables, pero por lo pronto, los gobiernos siguen siendo ineficientes, corruptos y lejanos. La política se ha alejado de la ciudadanía y esto ha generado, como consecuencia negativa, una distancia que se expresa en crisis de representatividad. Por ello, la política auténtica se debe erigir como un arte de proximidad, como un ámbito para el diálogo y el encuentro y un “ecosistema” que produce confianza. La política por la que vale la pena luchar y sacrificar la propia vida, no se construye con los medios de difusión, ni se edifica con anuncios espectaculares, es una tarea arquitectónica que, a decir de Carlos Castillo López, es amor por transformar la realidad y actividad que se hace en la calle. Padecemos problemas estructurales que sólo se pueden resolver por medios políticos, con autoridades competentes y honestas, con políticas públicas eficaces, con instituciones auténticas y con leyes justas. Padecemos grandes contradicciones en nuestro desarrollo, pues al lado de barrios y colonias opulentas hay zonas marginadas; la riqueza nacional pasa a manos de unos pocos en detrimento de las mayorías y la prosperidad es patrimonio de las minorías. Nuestros grandes problemas demandan soluciones radicales, que vayan a la raíz de nuestros males. Los problemas de nuestro México no se resuelven apostando a posiciones partidistas cerradas e intransigentes, sólo se pueden atender por la vía de instituciones y no de personas y personalidades; de instancias sólidas y competentes que, independientemente de quien esté a cargo, miren en todo momento por el interés superior de la nación. El remedio a nuestros males nacionales no puede ser el resultado de la inspiración momentánea de una sola persona que pretenda redimir a los oprimidos y forjar un destino supuestamente promisorio; al contrario, es resultado de un esfuerzo colectivo e institucional. La vana ilusión del protagonismo mesiánico la denunció Manuel Gómez Morin cuando José Vasconcelos le invitó a su campaña presidencial. En ese entonces, Gómez Morin le respondió al autor de Ulises Criollo: “No creo en grupos de carácter académico; pero tampoco creo en clubes de suicidas. Y no porque niegue la eficacia del acto heroico de un hombre que se sacrifica por una idea, sino porque creo que el sacrificio que realizaría un grupo o un hombre, por definición selectos, metidos precipitadamente a la política electoral y sacrificados en ella, no será el sacrificio por una idea, sino el sacrificio de la posibilidad misma de que la idea se realice en algún tiempo”. Y añadía más adelante: “es indispensable, sobre todas las cosas, se procure la formación de grupos políticos bien orientados y capaces de perdurar… La manera de hacer que se formen esos grupos perdurables es darles un carácter tal que resulte injustificable en contra de ellos cualquier intento de destrucción…” Así, el esfuerzo institucional por dignificar la política estuvo en la raíz de la fundación de Acción Nacional. Gómez Morin promovió la limpieza en la vida nacional, la transparencia en el ámbito de lo público y el orden en las instituciones. Estos ideales que inspiraron el nacimiento del Partido deben seguir siendo nuestra bandera de lucha en estos tiempos en los que, de nueva cuenta, voces protagónicas se alzan para encabezar esfuerzos aislados de reconstrucción nacional, sin caer en la cuenta de que necesitamos transitar de un país de caudillos y héroes a una República de leyes e instituciones. Nuestro gran reto hoy es defender a la política auténtica, porque como sentenció Carlos Castillo Peraza: “Cuando falta la política, lo que reaparece es la guerra”.
SE
Sergio Rodriguez

Colaborador de opinión en Revista La Nación, analizando los principales sucesos políticos, sociales y culturales de México.