Hacer cada quien lo que nos toca
SE
Por Sergio Rodriguez
Por Cecilia Romero Castillo.
En los últimos días de cada año, el que recién terminó no fue la excepción, cuando los periódicos y los noticieros de televisión y de radio no tienen mucho que reportar, cuando casi nadie lee, ve o escucha las noticias, cuando casi no hay noticias, suelen ocuparse los espacios con análisis sobre los acontecimientos del año que está por concluir. De los que se hicieron sobre 2014 resaltan dos periodos: El primero, coincidente con el primer semestre, en donde las cosas pintaban bastante bien, especialmente por la concreción en el Congreso de la aprobación de las llamadas “reformas estructurales”, que prometen para México una posibilidad de mejoría a partir de la puesta en práctica de las mismas. El segundo, claramente marcado por la desaparición de 43 normalistas en Iguala, en que se desataron los demonios del crimen organizado, la inseguridad, la baja del precio del petróleo y los escándalos de corrupción.
Si vemos superficialmente estos dos momentos de 2014, podríamos concluir que la suerte del país cambió a partir de los hechos de septiembre, que si no hubieran desaparecido a los estudiantes, el año habría terminado a tambor batiente. Nada más lejos de la verdad; el acontecimiento de Iguala fue el detonante que visibilizó trágicamente la realidad: la proliferación de la delincuencia organizada, la convivencia entre autoridades y líderes de grupos delictivos, la cooptación de presidencias municipales por cárteles locales o regionales. Los crímenes y desapariciones en México no han disminuido durante la presente administración, la estrategia del gobierno consistió fundamentalmente en minimizar en los medios de comunicación las noticias sobre inseguridad y delincuencia, y con ello dar la apariencia de que en este rubro las cosas marchaban mejor.
Al observar la realidad nacional más a profundidad, nos damos cuenta de que ciertamente la parte positiva de lo que sucedió en 2014 está ahí, de que las reformas aprobadas ofrecen caminos de desarrollo que se pueden transitar, pero que al mismo tiempo el país se desangra en luchas fratricidas y muertes inocentes, la corrupción se muestra cínicamente a los ojos atónitos de los mexicanos y las autoridades responsables parecen no tener respuesta ante los hechos, que solamente bajaron de volumen, pero de ninguna manera dejaron de sucederse durante el clásico “Guadalupe – Reyes”.
¿Qué sigue para México?, ¿qué camino debemos transitar?, ¿cómo canalizar la rebeldía y el descontento ciudadano ante este gobierno inerme? Ante tanta confusión y tanta desconfianza, es difícil dar una respuesta, pero los actores políticos debemos hacer algo o seremos ignorados y sobrepasados por los otros, además de que estaríamos defeccionando de nuestra responsabilidad de ofrecer alternativa a las respuestas que se ofrecen como solución.
Debe quedar claro que, como partido político, el PAN no tiene el deber de ofrecer soluciones integrales a la grave problemática que atraviesa el país, ni mucho menos poner en práctica proyectos o programas tendientes a reducir los índices de criminalidad o el repunte de la corrupción. Tampoco debe abanderar la posición radical de quienes exigen soluciones extremas, como la renuncia de Enrique Peña Nieto o la suspensión del proceso electoral en Guerrero.
En el PAN hemos planteado, en voz de nuestro Presidente Nacional, y en la iniciativa presentada a la Cámara de Diputados, una propuesta para que se implemente el Sistema Nacional Anticorrupción. Esto no es, ni con mucho, la solución integral a los problemas, pero es una respuesta concreta y viable que en mucho ayudará a transparentar el uso y destino de los recursos públicos, a fiscalizar los manejos que de ellos se hagan y a sancionar de verdad a quienes los malversen.
En el PAN tenemos la gran responsabilidad de participar con toda seriedad en el proceso electoral que ya ha iniciado. Ante quienes enarbolan la exigencia de que las elecciones no sirven, debemos responder con hechos. Ante los que dicen que todos los partidos son iguales, necesitamos demostrar que somos diferentes. Ante los que anatematizan a la clase política, tantas veces con razón, requerimos políticos comprometidos con la sociedad.
Es cierto que las elecciones no son la respuesta para todo; lo mismo sucede con las iniciativas, con los discursos y con las propuestas. Pero no podemos simplemente desecharlas porque no ofrecen soluciones completas. El avance hacia una solución de fondo se dará con el cúmulo de acciones que todos y cada uno llevemos a cabo. El ciudadano mexicano espera y exige de los actores políticos propuestas concretas, démosle desde nuestra trinchera las que podemos darle.
Y sobre todo, asumamos cada uno la parte de responsabilidad que nos toca en este complejo escenario. El 2015 puede ser un año de repetida frustración por el bien que no llegamos a alcanzar, o de renovada esperanza por el trecho de camino que podemos avanzar. Es importante expresar lo que los demás deben hacer, es bueno recordar a nuestros compañeros el cumplimiento de su obligación, es necesario señalar los errores o las faltas o las omisiones de los que caminan con nosotros, pero en especial, es imperativo definir el papel que cada uno quiere y debe jugar, y ser consecuentes con esta definición. ¡Feliz año nuevo!