Opinión

Grandes ideales de la doctrina de Acción Nacional

SE
Por Sergio Rodriguez
Por Javier Brown César. Cuando en 1998 nos reunimos por vez primera para trabajar en la Proyección de Principios de Doctrina, Federico Ling encabezó a un grupo sin igual de brillantes pensadores entre los que estaban Carlos Castillo Peraza, Bernardo Ávalos Casillas y Luis Morfín López. A decir de Federico, la Comisión tuvo como base dos importantes antecedentes: los cambios que se habían dado en el entorno mundial y que exigían respuestas por parte del Partido, y los acuerdos a los que se llegó en la Reunión del Consejo Nacional que tuvo lugar los días 2 y 3 de agosto de 1997. Nuestro objetivo era incorporar nuevos tópicos o temas a los principios, en una labor de reordenamiento y ampliación. Quien escribe estas líneas fungió como Secretario Técnico, encargado de consignar e incluso participar en algunas de las más brillantes discusiones sobre el sentido de la persona en el mundo y sobre las nuevas realidades. Todavía persisten en mi memoria algunas de las grandes intuiciones de Federico que quiero transcribir, respetando sus lúcidas e incomparables palabras. La incomparable excelsitud de la persona humana El PAN abrazó desde sus inicios la convicción del valor sin igual de cada persona e hizo suya la afirmación radical de que la persona es el sentido del universo. En la tercera reunión, Federico dijo algo que al día de hoy sigue grabado en mi mente: “El universo, todo, la creación queda irremisiblemente trunca, si no hacemos aquello a lo que estamos llamados, o sea, si yo no doy al universo, a la sociedad y al mundo lo que únicamente yo puedo aportar: mis sentimientos, mi poesía, mis pensamientos, mi ser irremplazable, el mundo queda irremisiblemente trunco”. Posteriormente, en una de sus geniales metáforas, Federico habló de los principios en los siguientes términos: “Los 11 retos de Acción Nacional, que empiezan por esta proyección de principios… son el punto de encuentro… lugar de reunión, como sucede en los aeropuertos, donde se congregan las personas. Visto de otro modo, como lo decía Preciado Hernández: es el conjunto de afirmaciones fundamentales, que para determinado grupo humano, que pretende ser lo más amplio posible, ya no se discuten. De esto no se discute. Este es el criterio que se ha usado para discernir entre doctrina e ideología: en la medida en que se empieza a discutir, por importantes que sean las afirmaciones, hablamos de ideología; la doctrina es el conjunto de afirmaciones que ya no se discuten”. “A mi manera de ver, después de decir persona con cuerpo material y alma espiritual… en este momento esto ya es aceptado por toda naturalidad por todos los panistas”. Y aclaraba después con una analogía poderosa que: “Los panistas no dicen “la persona humana” sino “la eminente dignidad de la persona humana” este es el santuario. Lo que se defendió desde los orígenes del Partido fue la eminente dignidad, que proviene de que el ser humano es capaz de comprender la realidad, realizar juicios y tomar decisiones. Y para ello se requiere ese santuario inviolable que es la persona”. Refiriéndose también a la persona decía: “Finalmente, somos producto, a lo mejor inacabado, imperfecto, pero de la manifestación superior de las personas, o sea del amor; estamos aquí en el mundo por amor, a lo mejor en los niveles biológicos. No estaríamos aquí si no fuéramos producto de una sociedad mínima; ahí está la naturaleza social, ¿en qué forma?, a lo mejor infinitesimal. Yo creo que esa es la raíz que crece para justificar la afirmación, nada gratuita, de la eminente dignidad. Desde que nace la persona, es producto de una de las manifestaciones superiores de la persona que es el amor y además de la sociedad, es producto social; todos somos productos sociales. ¿No está ahí la semilla, el germen de la dignidad de la persona?”. “Nosotros los panistas afirmamos que el ser humano, puede y debe desarrollarse como persona humana, cuando utiliza plenamente sus facultades de inteligencia, voluntad y solidaridad; lo hace cabalmente cuando, con plena conciencia y plena intención, comparte su deseo de perfeccionamiento con los otros; en el impulso hacia sus propios bienes materiales y culturales, debe lograr superar la natural fragilidad del individuo, insertándolo en su propia comunidad. El despliegue de su imaginación, y el dinamismo inagotable de inquirir, de juzgar y decidir libremente sobre los datos de su propia experiencia, así como su compromiso de afecto y amor con sus semejantes, son lo que constituyen su valor trascendente, de ahí su eminente dignidad”. Ya hacia el final de nuestras reflexiones, Federico hablaba del Estado, al servicio de la persona, en estos términos: “El nuevo paradigma es que el Estado no es esa cosa abominable: es la posibilidad mayor ansiada, hasta amada, de generar esos espacios públicos, esos bienes públicos, el bien común. Y nuestra amada Nación pertenece a una comunidad más grande. Entonces, la Nación se transforma en algo diferente, ya no es tan soberana. Y por otro lado, el Estado es algo deseable, es una oferta de libertad. Me parece que esto puede ser un enfoque principal”. La continuación de los trabajos En 1998 Federico Ling y yo compartíamos un modesto espacio en las instalaciones de la Fundación Rafael Preciado Hernández, que en ese entonces se ubicaba en la Cerrada de Eugenia. Él tenía un escritorio modesto y yo una pequeña oficina. Ambos teníamos en común sendos libreros repletos de libros. Algunos años después, en 2001, nos volvimos a encontrar en la recta final de los trabajos de la Comisión para la Proyección de los Principios de Doctrina, él era senador de la República y yo era becario. A pesar de su cargo, Federico era la misma persona, tanto en nobleza, como en humildad y bondad. Ese testimonio de congruencia de vida me sigue impactando hasta el día de hoy, porque a pesar de que era senador no había cambiado en su forma de ser, pero muchas de las personas que antes lo conocían y que en ese entonces lo rodeaban lo trataban de forma muy diferente, ya con el fuero de legislador. En el fondo Federico sabía que “lo senador” se quita con el tiempo, pero el buen o mal corazón se carga por toda la vida. Despedida Federico sabía que las palabras tienen un peso específico inmenso y un valor incalculable y por ello cuidaba cada expresión y cada palabra que parecía salida directamente de lo más profundo de su alma y de lo más ardiente de su gran y noble corazón. Tengo en mis manos dos de sus libros de poesía, que desentrañan lo más excelso de un alma grande. Hoy, extrañando su ausencia y sabiendo que hemos perdido a un ser humano irremplazable, quiero recordar como un humilde homenaje al gran amigo y al generoso ser humano, con los últimos versos de uno de sus bellos poemas: “Morir es devolver la vestimenta, / la dádiva, el talento, / y quedarse descalzo en una pausa / esperando lo eterno”. A la memoria de Héctor Federico Ling Altamirano
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Sergio Rodriguez

Colaborador de opinión en Revista La Nación, analizando los principales sucesos políticos, sociales y culturales de México.