Cultura

Geografía del libro: mapa de la humanidad

MA
Por Maricarmen Rizo · 5 min de lectura
Por Carlos Castillo. El mapa de la humanidad puede trazarse a partir de las fronteras entre naciones, de las religiones que se profesan o de las lenguas que se hablan en distintas regiones del mundo. También puede hacerse a partir de la densidad demográfica, del tipo de gobierno o del desarrollo económico de cada país. Cada uno de estos mapas demostrará un interés, un centro de atención, un eje en torno al cual dividir lo diverso y unir lo común, en un esfuerzo por clasificar que nace en la Grecia de Aristóteles y que tuvo, en el tema cartográfico, a Herodoto como primer gran exponente: asomarse a sus Nueve libros de la historia es el goce de quien intenta abarcar lo conocido, estructurarlo en un orden e incluso aventurarse a mirar hacia donde apenas algunos, en esa época, habían incursionado: el norte de los hielos eternos, el sur de las arenas infinitas, el oriente y el occidente flanqueados por océanos que eran el último límite de lo explorable. Delinear y ampliar los límites de los mapas ha sido, a lo largo de la historia, la magnífica curiosidad del explorador, de quien se atreve a franquear límites, no se conforma con lo establecido y aventura un paso más, sea hacia tierras desconocidos, hacia aguas jamás surcadas o geografías que en su misterio ofrecen todo aquello que puede encontrarse en un mundo diverso, plural, rico por sus diferencias y exquisito por su variedad. En esa corriente de exploración y hallazgo puede inscribirse Librerías (Anagrama, 2013), de Jorge Carrión, una obra en la que los sellos que son el orgullo del pasaporte del viajero, dejan de ser distintivos nacionales para dar paso a la visita de establecimientos donde el libro es el único agente aduanal, el idioma no representa frontera alguna y el principal destino es el encuentro con volúmenes a resguardo, espacios que lejos de ceder a los embates de la tecnología, adquieren con el paso del tiempo un halo místico, lejano al del museo y próximo a lo pasajero que es el escaparate de una vitrina o un anaquel. No hay pues barreras para las pesquisas del autor, voraz y hasta obsesivo en localizar librerías antiguas, situarlas en la cúspide de su tiempo particular, rastrear a quienes se dieron cita en sus pasillos y entre sus paredes, registrar y describir aquéllas que representaron faros de la cultura en determinado tiempo y que conservan entre su memoria, casi siempre a resguardo de un librero viejo, tiempos célebres donde germina la historia de la cultura universal. Y es que fue en librerías donde se reunieron Voltaire o Joyce, Burroughs o Camus, Borges o Pessoa, García Márquez o Proust, encabezando tertulias, acudiendo discretos en busca de algún ejemplar, más allá de geografías o idiomas, dejando a un lado las distancias para converger en torno al libro, ese objeto de paso que viaja sobre carreteras o rieles, en camarotes de barco o cabinas de avión, objeto que encierra pero que al mismo tiempo es puerta de entrada al saber universal. Carrión documenta librerías en los cinco continentes; algunos, por su tradición bibliográfica y libresca, son maná de exquisitos relatos donde pueden leerse pasajes inmensos del quehacer humano, de sus más altas cimas, de sus más trascendentes hallazgos. Otros, por su periferia o distancia, son auténticos reductos donde se preserva el tesoro de un saber lejano, sólo accesible en su inmensidad por el papel impreso, por la tinta negra, por quien construye un catálogo a sabiendas de su sitio como difusor de la cultura, como reducto capaz de  acortar distancias y reducir lejanías, a la espera de un visitante que inquiera por el tomo que reposa inmóvil hasta que el visitante pregunte por su existencia. De Australia a Jerusalén, de la Ciudad de México (El Péndulo, Gandhi y el Fondo de Cultura Económica son los dignos representantes nacionales) a Lisboa, de Buenos Aires a Nueva York o Washington, Librerías es el viaje por el recorrido humano sobre la tierra con un personaje central: el libro y su comercio, su intercambio, su capacidad de ser punto de encuentro y, de muchas maneras, forjador de lo más sublime del hombre: el saber, la cultura, su legado y su trascendencia. Un ejemplar que se lee como se leían los antiguos manuscritos de descubrimientos o los bestiarios, como se asoma uno a los mapas antiguos, cierto de que hay un mundo inmenso que aguarda ser encontrado, que espera el próximo encuentro, que invita y tienta hasta al más sedentario. Un libro, empero, para entender cuánto se ha logrado a partir de ese acto íntimo, silencioso y tan personal que es escribir; y cuánto de ese esfuerzo está en deuda con impresores, con diseñadores, con libreros… Una cadena de complicidades, de afinidades, de pasajes donde camina la herencia más grande y bella de la humanidad.   Carlos Castillo es Director de la revista Bien Común. Twitter: @altanerias