Cultura

Fresán y la ruta de la escritura

MA
Por Maricarmen Rizo · 4 min de lectura
Por Carlos Castillo. En el comienzo fue la página en blanco y adelante todas las posibilidades que ahí se dan cita: los sueños, la memoria, la experiencia, la ilusión, cada logro y la frustración, la locura, la familia, los allegados que se esfuman, el anhelo de lo posible, la certeza de lo que ya no será, o quizá… El mapa de lo fantástico no respeta límites ni fronteras, códigos o normas, salvo las de la propia escritura: así lo estipulan Cortázar o García Márquez, lo fundan Joyce y Proust, y Rodrigo Fresán lo certifica en La parte inventada (Random House, 2015), novela extensa, retadora, capaz de atrapar desde la suma de epígrafes de las primeras páginas y mantener esa tensión narrativa, ese ritmo que no decae sino que apenas alcanza a tomar impulso para asaltar de nuevo y llegar a una cima que se extiende hasta el infinito, como las historias que escapan a la tentación de lo circular y sin embargo hacen de esa figura un recurso que logran disfrazar hasta que, inevitable, termina por revelarse. Todo podría, a lo largo de cada página, ser imaginario o real. Las elipsis –recurso peligroso, nocivo en malas manos– se inserta para salir y luego de manera natural abrazar lo imaginario y volverlo habitual, como en el mejor realismo mágico; las descripciones extensas logran efectos que transmiten la sensación de quien ahoga al lector que pasa y pasa el transcurso de párrafos infinitos como los segundos que dura la certeza, rota ya en la orilla, de la muerte inminente; el detalle de familias excéntricas, aristócratas y cerradas del naturalismo decimonónico provoca carcajadas en medio de testigos que no entienden al que rodeado de gente se atreve a reír ante las similitudes, lo cercano, el espejo de lo universal que consigue adaptarse a lo individual. Dos chicos espían a un escritor en su casa a la vera del mar. Ambos con ambiciones de literatura, anónimos, como cualquiera que se ha acercado en busca del ídolo o el admirado. Su pesquisa es la clave que hace, del autor, genio; su hallazgo, una hermana enloquecida que prende fuego al recinto justo después de que los acechantes logren hurtar el amuleto –un juguete antiguo– que podría contagiar la genialidad. La mujer es víctima de la demencia provocada tras cohabitar con su familia política, magistralmente bautizada los Karma, a la que abandona tras verse ante el altar y comprometida con un hombre que, atado a una camilla, espera despertar de un coma profundo. Así de absurdo y, sin embargo, con el talento de insertar lo que podría considerarse demente en un relato continuo, sin pausas, sin capacidad de dejarlo a un lado y decir “esto no va más”. La línea de la narración abre paréntesis extensos, que toman capítulos enteros para describir eternas visitas al facultativo donde, entre los pasillos del hospital, puede uno toparse la indiferencia médica ante la muerte o al autor rival, el antagonista best-seller que da consejos, que señala que el protagonista debe dejar de lado su tendencia a libros cargados, a libros extensos, como el que el propio lector devora página tras página (si es que ha llegado hasta esta parte), donde se entreveran explicaciones de la ciencia para la muerte por ahogamiento, por asfixia, perfilando el cierre de círculos abiertos miles de letras atrás. Una frase surge, una libreta donde se apunta lo que podría ser el inicio de una nueva novela, la que lo arrebatará de su incapacidad de entregar algo nuevo, pero es solamente un conjunto de signos que al leerse de nuevo son incapaces de volver a ser lo que en un momento primigenio fueron dentro de su cabeza, vencido por un tiempo que no termina de entender, que quizá ya no interesa asimilar o resolver. Los mecanismos íntimos de la escritura muestran así sus resortes y sus engranes más profundos, capaces de incorporar a Bob Dylan en un gimnasio, un campamento en la playa donde se descubre que la vocación de quien busca en las letras un sosiego dista mucho de ser un remanso o un refugio sino, por el contrario, es la exigencia que arrebata y absorbe, que tensa las ideas y lo racional hasta los lindes de lo irreal. Fresán no es, qué duda cabe, un autor para quienes por comodidad o pereza cedieron a la costumbre del argumento sencillo o ligero. Exige de su lector, lo reta y el desafío es seguir adelante, hasta la última página donde, como en toda novela que se digne de ser tal, quedan todas las posibilidades abiertas, como simulando que las horas, los días dedicados a la lectura, fueron solamente el inicio de algo que supera al propio libro, e invita a ir más allá.   Carlos Castillo es Director de la revista Bien Común.