Fragilidad democrática
MA
Por Maricarmen Rizo
Por Marco Antonio Adame Castillo.
Como una verdadera andanada, durante los últimos meses sucedieron acontecimientos políticos en varios países de América Latina que hicieron pensar en una regresión autoritaria o populista más que en una tendencia de cambio hacia sistemas políticos liberales de centro o humanistas.
El epicentro de la crisis democrática se ubica en Venezuela, un país sometido al régimen chavista tras la utopía del socialismo del siglo XXI, abanderado por la revolución bolivariana y sometido a una severa crisis económica, social y política durante el gobierno de Maduro, al punto de generar una profunda crisis humanitaria de abasto y de violación a derechos humanos.
La ruptura del orden constitucional a causa de las decisiones arbitrarias del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ), al pretender atribuirse las facultades de la Asamblea Nacional y retirar la inmunidad parlamentaria a los legisladores electos democráticamente en diciembre de 2015, fue la gota que derramó el vaso luego de una larga acumulación de agravios al Congreso de Venezuela. Con estas decisiones tomadas en la penumbra desde el Palacio de Miraflores y ejecutadas en la noche por un TSJ a modo, se desencadenó el auto golpe de estado que, a la fecha, tiene al país literalmente en la calle luchando por sus derechos políticos.
La oposición rechazó de manera contundente la maniobra demagógica de Maduro que pretendió aparecer como mediador entre el Poder Legislativo y el Judicial al dar marcha atrás a las medidas del Tribunal. Los líderes de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) pasaron a exigir, con gran legitimidad y apoyo internacional, la salida de Maduro y la convocatoria a elecciones generales, mismas que han sido retrasadas durante los últimos meses. Más tarde el gobierno chavista endureció las medidas al inhabilitar por 15 años a Henrique Capriles, el popular gobernador de Miranda y fuerte aspirante a la presidencia de Venezuela. Al momento de concluir esta entrega, las protestas se multiplican en concentraciones populares masivas nunca antes vistas y las protestas internacionales se intensifican, en especial en la Organización de Estados Americanos (OEA) y en las cancillerías de la mayoría de los países latinoamericanos.
Mientras Maduro vocifera y ofende a los países que han encabezado las protestas –entre ellos México– el pueblo se moviliza, la violencia aumenta peligrosamente y los organismos internacionales revisan los mecanismos de sanción luego del fracaso del diálogo. En tanto, el Partido Acción Nacional ha levantado su voz en solidaridad con el pueblo venezolano y en repudio a las medidas autoritarias del gobierno venezolano.
El último día de marzo pasado, Paraguay fue escenario de una crisis democrática al concretarse la votación en el Senado que tenía como objetivo aprobar una enmienda que autoriza la reelección del presidente Horacio Cartes; esta medida fue calificada por sus opositores como un golpe parlamentario y denunciaron que la votación se realizó a puerta cerrada con el apoyo de la policía. Sin solución hasta hoy, el Congreso aún humea luego de haber sido incendiado por los enardecidos opositores a la intentona presidencial.
En Ecuador se impuso en segunda vuelta el candidato oficialista del “correismo”, régimen populista que ha gobernado durante 10 años a este país y que no dejó ir la oportunidad de perpetuarse en el poder a través de Lenin Moreno, quien fue declarado presidente electo en medio de severos cuestionamientos de fraude, a propósito de las denuncias de manipulación, inequidad y coacción del voto, lo que avizora el litigio e impugnación sobre la limpieza de las elecciones.
Colombia se debate entre las pretensiones de la guerrilla que, luego de los cuestionados acuerdos de paz, presiona para obtener mayores ventajas políticas sin acreditar el desmantelamiento de sus actividades narco-terroristas ante un régimen que no ha demostrado la fuerza necesaria para someter a los amnistiados al orden y la justicia, y que más bien parece obligado a ceder a condiciones antidemocráticas como fruto del chantaje. Por si fuera poco, en breve habrá elecciones presidenciales.
Estos y otros acontecimientos –sin mencionar a Brasil– revelan la fragilidad democrática e institucional regional, causa y efecto que explica la larga espera para la consolidación de la democracia en América Latina. Esta debilidad afecta a cada país en crisis y aleja la posibilidad de constituir la anhelada unidad latinoamericana para luchar juntos por mejores condiciones de crecimiento y desarrollo en nuestra región, y para hacer vigente una América con comunidades más justas y más humanas.
Marco Antonio Adame Castillo es Coordinador de la Comisión de Relaciones Internacionales e integrante de la Comisión Nacional Permanente del PAN. Twitter: @MarcoAdame