Ética para políticos
MA
Por Maricarmen Rizo
Por Alberto De la Barreda Hernández.
Los partidos políticos y sus miembros son agentes de un oficio muy particular: la construcción del bien común. Al igual que cualquier servicio, la competencia es agresiva y los oferentes tienen mucho parecido. ¿A qué compañía política, es decir, partido político debemos contratar para llevar la administración pública hacia el bien común? Incluso escogiendo la marca, sea de cualquier corriente filosófica, ¿la persona encargada del proyecto estará a la altura del quehacer de la cosa pública? Definitivamente debemos apostar a la ética de los políticos para hacer una buena elección.
El objetivo de la vocación política no es ni veladamente el lucro, no excluyendo las justas remuneraciones tan legítimas como los honorarios de un abogado o de un plomero. Al político se le debe pagar por bien administrar la cosa pública, para alcanzar el objetivo de una sociedad sin abusar del poder.
No existe “ética en la política”, ni en los negocios, ni en la familia, simplemente debería existir la ética como la más conveniente forma de hacer las cosas, ya sea en un comercio, en el Congreso de la Unión o en las relaciones familiares, siempre será la manera que más rendimiento nos traerá a todos. Las personas no desean ser naturalmente deshonestas para ganar, pero tampoco quieren perder y buscan cualquier método para evitarlo.
Realizar correctamente la labor política requiere imprescindiblemente la completa honestidad, empezando con nosotros mismos. A partir de esa reflexión, aplicamos la Regla de Oro al preguntarnos: ¿cómo me gustaría ser tratado en esa situación? Así de sencillo es el proceso de la ética, únicamente nos debemos colocar verdaderamente en los zapatos del prójimo. Con este estándar de vida sólo basta un poco de voluntad para ser una persona ética. Inclusive se debe tratar a las personas mejor que el trato ofrecido a nosotros, haciendo más de lo necesario, ayudando a quienes no pueden ayudarnos y siempre cumpliendo las promesas aunque ello implique un sacrificio.
Existe otro ingrediente esencial para una vida en paz con la humanidad: el inmediato perdón. La ética no es tal sin el instantáneo desprendimiento de todo rencor. ¿Qué acaso la absolución no es lo que esperaríamos ante nuestras faltas? De igual modo, acudiendo a la Regla de Oro, debemos perdonar, aprender y entender que los seres humanos deseamos ser valorados por lo que somos, pensamos y sentimos. Queremos ser dignos de confianza, respetados y entendidos, no queremos que se aprovechen de nosotros.
La confianza es muy frágil, se otorga a ciegas y se pierde ante la evidencia de la mentira. John C. Maxwell describe unas cuantas características de las personas dignas de ser confiables:
- Mantienen la integridad: actúan siempre en congruencia con su pensamiento y palabra.
- Comunican abiertamente su visión y valores: no se esconden en la cobardía y proyectan la forma en que viven y sueñan.
- Muestran respeto por los subordinados con condiciones de igualdad: eliminan por completo los complejos de soberbia y prepotencia.
- Se concentran en metas comunes más que en las personales: persiguen el bien común para cumplir la misión de la organización.
- Hacen lo correcto a pesar del riesgo personal: no se detienen ante su propia conveniencia y hacen el bien cuando lo normal era hacer el mal.
- Escuchan con mente abierta: escuchan y valoran las opiniones y razones antes de emitir un juicio.
- Demuestran compasión: nobleza de espíritu que invita a ser solidario ante el dolor o sufrimiento ajeno.
- Resguardan confidencias: son prudentes y severos en cuanto a la transmisión de información.