En defensa de la vida
MA
Por Maricarmen Rizo
Javier Brown César
Los Principios de Doctrina del Partido son nuestras convicciones fundamentales, los referentes mínimos que nos distinguen de otras opciones políticas y el lugar de encuentro de los panistas de todo el país. Los Principios son posicionamientos fundamentales, primeros e incuestionables que están en la base de nuestras propuestas.
El principio sobre el que se asienta el edificio de la doctrina panista es el reconocimiento y respeto a la eminente dignidad de la persona humana. Los Estatutos Generales, aprobados por la Asamblea Constitutiva en 1939, establecían como “objeto de la asociación y del partido político”: “el reconocimiento de la eminente dignidad de la persona humana, y la garantía de todos los medios físicos y espirituales requeridos para garantizar con eficacia esa dignidad”.
Los Principios de Doctrina de 1939 postulaban que: “la persona humana tiene una eminente dignidad y un destino espiritual y material que cumplir, por lo que la colectividad y sus órganos deben asegurarle el conjunto de libertades y de medios necesarios para cumplir dignamente ese destino”. El reconocimiento y respeto de la dignidad humana es la base para defender la vida humana desde la concepción hasta la muerte.
Uno de los argumentos comunes que se esgrimen para promover el aborto es que toda mujer tiene derecho a decidir sobre su propio cuerpo. El argumento de que el embrión es parte del cuerpo de la mujer es falaz y perverso, ya que el no nacido es otro ser vivo, por lo que la decisión de destruirlo equivale a decidir sobre otro cuerpo, a acabar con la vida de otro, que es un ser débil al que se le condena a morir sin que nadie lo defienda, ni siquiera su propia madre.
La Plataforma Legislativa 1979-1982 basó sus propuestas en cuatro derechos fundamentales, individuales y sociales, “que a juicio del Partido debe respetar y promover un Estado Solidario y Democrático; los derechos a la vida, a la verdad, a la justicia y a la libertad”.
La vida es el derecho primero y fundamental, si no es reconocido y tutelado por el Estado todo el edificio de los derechos humanos cae por tierra. Si el derecho a la vida es vulnerado, el Estado deviene en un monstruo totalitario, que se arroga arbitrariamente la facultad de decidir quién debe vivir y quién debe morir. Este es el tipo de Estado que se dio bajo el nazismo y bajo el estalinismo, al abrigo del cual se fraguó el asesinato artero y sistemático de millones de seres humanos, simplemente por el hecho de ser o de pensar de forma diferente.
La Plataforma Legislativa 1979-1982 postulaba que el derecho a la vida “pertenece al ser humano desde su concepción. El ser humano aún no nacido es sujeto de derecho por sí mismo y no porque sus padres o la sociedad lo deseen. Someter el derecho a la vida al deseo de quien fuere, equivale a instaurar la arbitrariedad como raíz de un orden jurídico que tenderá inevitablemente al totalitarismo y a la ley del más fuerte, cuyo deseo es instituido como creador de sujetos de derechos. En cualquier caso, sería poner al más débil a la merced del poderoso”.
El Estado existe precisamente para defender al débil de la arbitrariedad del más fuerte, para proteger al diferente, para remediar males, para hacer frente al dolor que unas personas se causan a otras. Cuando el Estado mismo es causa de dolor, de males y de injusticias se convierte en un monstruo abominable.
En la Proyección de Principios de Doctrina 2002 se afirma que: “la vida y la dignidad del ser humano deben protegerse y respetarse desde el momento de su concepción hasta su muerte natural”. También se afirma que: “el embrión humano es persona. Tiene dignidad y derecho a la vida, a la identidad, a la protección por el Estado y la sociedad. No puede ser objeto de manipulación ni de las agresiones que conducen a su destrucción y eliminación”.
Más allá de las discusiones sobre si el embrión humano es o no persona, está el hecho de que una vez que se concibe a un ser humano, este ya es, en potencia, persona. Esto implica que en el óvulo fecundado existen todas las virtualidades que llevarán a que se desarrolle un ser humano, de forma similar a como sucede con los huevos de tortuga o con embriones de otras especies. ¿Quién sería capaz de promover que como política pública se sustituya la esterilización de perros y gatos, por el asesinato de embriones en el vientre de perras y gatas?
En un artículo publicado en La Jornada en septiembre de 2009, Carlos Castillo Peraza decía: “la Armada de México, biólogos graduados, estudiantes y amantes de la naturaleza despliegan una intensa y loable actividad encaminada a proteger de la voracidad humana los huevos de la tortuga marina. Brigadas de voluntarios recorren las playas en que las hembras entierran con delicadeza y paciencia centenares de futuras tortugas que nacerán gracias a la acción del calor solar.
“Al parecer nadie duda de que esos huevos fecundados serán en efecto tortugas. Si supusieran que de ellos saldrán perros o caballos no habría tal actividad de protección. No he sabido hasta la fecha de debate alguno en torno a la “tortuguidad” de esos productos, ni he oído argumentos a favor de los depredadores en el sentido de que, como las futuras tortugas todavía no se “tortuguizan” por completo, resulte aceptable disponer de tales objetos como si no fueran a ser lo que ya comenzaron a ser”.
La afirmación de que el embrión es persona y tiene dignidad no es de orden teológico, sino que es un hecho biológico: el embrión llegará a constituirse en un ser humano si se le deja vivir. Los padres no lo son desde el momento del alumbramiento, sino antes, cuando se da la concepción, es en ese momento que la maternidad y la paternidad se han dado ya, porque de la unión de dos seres se produce un tercero que es diferente a ellos y que es una nueva vida.
El ecologismo bien entendido no debe ser contradictorio al promover el aborto y defender los huevos de tortuga; se debe defender a ambos, al embrión y al huevo, porque son seres vivos que si se les permite desarrollarse serán respectivamente ser humano y tortuga. No obstante, hoy día hay quienes siguen defendiendo a los huevos de tortuga, pero desprecian al más indefenso e inocente de los seres humanos, al no nacido. Por ello, Carlos Castillo Peraza decía con amargura: “¡Bienaventuradas tortugas! Parecen tener más defensores que algunos niños no nacidos”.
Twitter: @JavierBrownC