El viaje de las ideas y su influencia en la política
Por Carlos Castillo.
Pocos lugares como Francia para rastrear el papel de los intelectuales en la esfera pública y su relación con el poder. En ese país, ya desde el siglo XVIII, filósofos, poetas, novelistas y académicos entendieron la importancia que tenía la libertad de expresión, la manifestación abierta y reflexiva de ideas a través de periódicos o libros, la difusión de elementos que ayudaran a entender la realidad, a descifrarla, a construir el juicio de un pueblo que recibía con beneplácito esa guía, la buscaba y la promovía como parte de una nueva era.
Del siglo en referencia a la fecha, son cientos, quizá miles las plumas que se han erigido defensoras de causas, apologistas de nombres, críticas de posturas oficiales, impulsoras de nuevos conceptos; trazar un mapa de las ideas en ese largo periodo, pero limitado sólo a ese país, resulta un recorrido por el pensamiento occidental que condujo el debate ideológico de un tiempo cuando París fue el núcleo donde se concentraron, se congregaron y se difundieron desde los Derechos del hombre hasta los “ismos” del siglo XX, pasando por las vanguardias artísticas, los debates ideológicos y doctrinarios, la creación de grandes obras de referencia y toda la ruta intelectual que marcó tres siglos de la historia humana.
Al trazo cuidadoso y detallado de ese mapa se dedica el ensayista Alain Minc en su libro Una historia política de los intelectuales (Duomo Ediciones, 2012), aclarando, en primera instancia los límites de la profesión: es intelectual, en su clasificación, aquel que “adopta una posición para enfrentarse al poder; ese enfrentamiento define su identidad tanto como su trabajo de creación”.
Y a los primeros artífices del oficio los ubica en los últimos tiempos de la Francia monárquica, en los salones literarios donde, a diferencia de lo que ocurría desde décadas antes en la Alemania romántica, el lugar de intercambio de ideas dejaba de lado el mero goce estético para dar un paso adelante y situarse más cerca de la conspiración, del debate vigoroso y apasionado, de los cimientos que sentarían una República que ya desde ese espacio privado aspiraba a convertir en públicos los cambios esbozados desde la charla, desde las obras.
De ese tiempo, nombres como Voltaire, Diderot, D’Alembert son preludio del que poco después será el Partido Intelectual, un esfuerzo articulado de participar en la vida pública que parte del ámbito académico para saltar –movimiento ni tan natural ni tan obligado, porque la “torre de cristal puede ser destino suficiente para el intelectual– a la vida pública. La suma de personalidades que se describen página tras página impresiona al lector, lo atrapa entre el relato histórico, la anécdota y la descripción de aquellos debates que protagonizaban en el terreno de las ideas.
El viaje prosigue para sumar nuevos talentos, nuevas concepciones que evolucionan conforme lo hace la humanidad: Tocqueville introduce el modelo norteamericano de democracia y federación, los poetas como Hugo llegan a la arena pública y chocan con dictadores, un recién descubierto socialismo entra en escena y la utopía de Fourier o la anarquía de Proudhon comienzan a esbozar otro mundo posible, Balzac hace el retrato de la sociedad de su tiempo, el positivismo irrumpe para enfrentar y fracasar a la postre frente a la tradición católica, y así hasta que Zolá marca el acta de nacimiento de los intelectuales como grupo casi a finales del siglo XIX. Y si esta época es intensa, lo es aún más la siguiente, con el desarrollo de las revistas especializadas, con la irrupción de la literatura como espacio del debate o el conflicto político, con el nacimiento de los grandes sellos editoriales, con el drama de las guerras mundiales como el escenario sangriento de las nuevas reflexiones.
Ahí están Malraurx y Gide, Sartre y Camus, Raymond Aron y Mounier, el muro de Berlín como frontera física e ideológica, sus primeras grietas a partir de las obras que de la loa pasan a la denuncia y de ahí a la lenta pero cada vez más cercana derrota –en los hechos y en las ideas– de un comunismo sostenido por la fuerza, por el atropello, por la vejación y la crueldad. Mayo de 1968 es punto de inflexión magnificado que arroja como resultado sesudos debates que, a la postre, no sirven sino para dejar en claro que el modelo establecido tiene errores pero que ninguna alternativa es capaz de situarse como opción posible o real.
Así hasta la llegada de la era digital, cuando el perfil del intelectual debe abandonar el espacio tradicional de acción (la prensa escrita, el libro, el ensayo) para adaptarse y sobrevivir en los nuevos medios masivos, la televisión e internet.
Esos nuevos medios traen consigo un diagnóstico que expresa Minc: “la sociedad francesa ya no fabrica intelectuales a la antigua, es decir, hombres de letras –filósofos, novelistas, historiadores– que utilizan su fama para tener peso sobre los grandes temas políticos […] Los grandes periodos maniqueos eran propicios para el compromiso. El bien y el mal, la sociedad sin clases, el rechazo al colonialismo, la utopía revolucionaria, eran otros tantos desafíos que no exigían matices […] El mundo ya no se lee en blanco y negro, sino siguiendo los tonos de gris”.
La metáfora es clara respecto de lo escrito, de lo impreso, aunque esa rica historia deja tras de sí la posibilidad de estudiar los últimos tres siglos bajo la guía de las ideas concebidas por sus actores más destacados. Cabe pues preguntarse, ¿cómo se leerá en tres siglos más la historia que se escriba de nuestro tiempo?
Carlos Castillo es Director de la revista Bien Común.