Opinión

¿El último experimento ideológico?

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Por Maricarmen Rizo
nota-al-pie-f-doval Por Fernando Rodríguez Doval. La reciente muerte de Fidel Castro ha vuelto a poner en la agenda internacional el siempre polémico tema del futuro de Cuba, tras los tímidos intentos de apertura económica –que no política— del régimen comunista y la victoria en Estados Unidos de Donald Trump. También invita a reflexionar sobre los experimentos ideológicos que se han llevado a cabo en el mundo entero en los últimos decenios y cuyos resultados, como en el caso cubano, bien podrían calificarse como desastrosos. Vale la pena recordar que en 1958, Cuba era de las naciones más prósperas de América Latina. Según datos del Anuario Estadístico de las Naciones Unidas, Cuba contaba con un ingreso promedio mayor a casi todos los países de la región y era entonces una de las naciones más alfabetizadas de América, y con mayor tasa de lectura diaria por habitante. También tenía los mejores indicadores en materia de salud e ingreso. Por eso es que su revolución no se presentó en un inicio como un movimiento de subversión social, sino de cambio político frente a un régimen, el de Fulgencio Batista, que amenazaba con perpetuarse mediante la corrupción y el fraude electoral. De hecho, nunca estuvo entre las proclamas originales de Castro establecer un sistema comunista y sí, en cambio, reestablecer la Constitución democrática de 1940 y convocar a elecciones libres antes de un año, tal y como puede leerse en el “Manifiesto de la Sierra Maestra”, en donde también se buscaban garantizar otros derechos civiles como, por ejemplo, la libre expresión de las ideas. La gran mayoría de los comandantes que participaron en el movimiento revolucionario –los hermanos Fidel y Raúl Castro, Huber Matos o Camilo Cienfuegos— eran jóvenes clasemedieros y criollos que buscaban espacios de desarrollo político, frente a un régimen dictatorial. Pero una vez en el poder, la revolución de Castro tomó un giro radicalmente diferente. Al poco tiempo, se declaró marxista-leninista, causando la inconformidad de varios de sus líderes, entre ellos Matos (lo que le valió un encarcelamiento de 20 años y posterior exilio) y Cienfuegos (quien falleció en circunstancias nunca aclaradas). La ideología totalitaria se impuso sobre la realidad y sobre el deseo de la mayoría de la población. La Rebelión en la Granja de Orwell se quedó corta ante la dimensión que alcanzó la purga revolucionaria y la entronización de una dinastía que casi 57 años después sigue al frente de los destinos de la isla caribeña. Al igual que otras ideologías surgidas en la modernidad, el comunismo elabora un metarrelato en el cual se interpreta la realidad como una línea ascendente, en progreso, en donde la humanidad será capaz de llegar a un estado de plena perfección en el que no existirán clases sociales y la igualdad entre los seres humanos será total. Para ello, como paso previo, es necesaria la revolución proletaria, la cual dará origen a ese hombre nuevo y a esa sociedad ideal que ha superado cualquier forma de alienación y explotación, y en la que todos serán felices. El nuevo orden será completamente racional y afirmará estar basado en la ciencia. Toda ideología es seductora, precisamente por su capacidad para explicarlo todo a partir de una construcción intelectual medianamente consistente. No en vano las ideologías fueron y son capaces de generar multitudinarias adhesiones, así como un número ilimitado de esperanzas. Las ideologías totalitarias y totalizadoras imponen unos pesados anteojos que miran toda la realidad desde su distorsión, ofreciendo una explicación a todo cuanto existe y sucede. Antes de que hubiera preguntas, la ideología ya tenía todas las respuestas. Como bien señaló Imre Kertész, la ideología ofrece seguridad al individuo, le permite asirse de algo que le haga olvidar la transitoriedad: ahí radica en buena medida su carácter fascinador. El problema, continúa el Premio Nobel de Literatura 2002, es que la ideología evita que el ser humano sea libre: si la ideología es una verdad absoluta que se materializa en el tiempo y que va a guiar hacia una suerte de paraíso terrenal, entonces no puede tolerarse la existencia misma de todo aquel que disienta y cuestione ese dogma colectivo, salvo que se “reeduque”. Los saldos de las ideologías omnicomprensivas están a la vista de todos. Comunismo, socialismo, fascismo, o nacionalismo –en sus múltiples variantes— buscaron forzar la realidad para imponerle su ideología y en el intento generaron campos de concentración, sofisticadas maquinarias de guerra y destrucción, terrorismo y millones de muertos. La actitud democrática liberal es mucho más humilde: no acepta dogmas políticos ni económicos, no busca transformar la sociedad, no apuesta al todo o nada sino a la reforma gradual, se abre al diálogo y a la rectificación. Es menos romántica y mucho más aburrida que la visión totalitaria de las ideologías sectarias, pero la experiencia en el tiempo demuestra que suele ser más eficaz para ordenar la compleja convivencia social. En un libro verdaderamente recomendable, Diálogo de conversos, Roberto Ampuero y Mauricio Rojas, dos antiguos marxistas chilenos que hoy se muestran decepcionados de tal ideología, proponen la amistad cívica contra el mesianismo que es producto de las visiones excluyentes. Su experiencia, como la de tantos otros conversos, nos muestra que bajo ningún precio puede sacrificarse la libertad del ser humano en aras de una utopía supuestamente redentora. ¿Habrá sido Cuba el último experimento ideológico totalitario? Quisiéramos pensar que sí, pero la realidad nos hace suponer que no. De ahí, la necesidad de fustigar las ideologías totalitarias que dejaron un sendero de frustración y resentimiento, y condujeron a pueblos enteros a la división, a los enconos, a los resentimientos, a los exilios, sin alcanzar los ideales de libertad, igualdad y fraternidad que tanto pregonaban. Fernando Rodríguez Doval es Secretario de Comunicación del CEN del PAN. Twitter: @ferdoval
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Maricarmen Rizo

Colaborador de opinión en Revista La Nación, analizando los principales sucesos políticos, sociales y culturales de México.