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El sentido de la oposición

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Por Javier Brown César · 6 min de lectura

“Para que la oposición política tenga significación real, requiere que quienes ejerzan el derecho a la oposición tengan sentido y pasión por lo que significa…”. Esta tesis de Adolfo Crhistlieb Ibarrola, gran teórico de la oposición, conlleva que no cualquier forma de oponerse al poder tiene plena legitimidad.

Históricamente, la oposición nació en las viejas ciudades griegas, cuando grupos de ciudadanos se opusieron a los gobernantes en turno. La primera gran revolución democrática, que se dio en la polis ateniense, fue promovida desde las bases sociales, ante la exigencia de mayores niveles de participación en el gobierno. Con ella nacieron los pilares institucionales de la oposición: plena libertad de expresión (isegoría); control y vigilancia del poder mediante mecanismos de rendición de cuentas y sanciones severas, como el destierro, cuando los magistrados no rendían cuentas; alternancia garantizada gracias a elecciones populares periódicas y libres; representación plena de las minorías en las asambleas deliberativas; y finalmente, reforma política y nunca destrucción de instituciones.

La oposición, en sistemas democráticos, es un componente estructural fundamental; en cambio, en las dictaduras, la oposición es reprimida, sojuzgada y anulada. Como bien decía Crhistlieb: “No se concibe ni se manifiesta igual la oposición contra regímenes tiránicos o militaristas que por definición no aceptan a la oposición, donde el ciudadano tiene derechos políticos, pero, sobre todo, voluntad de ejercerlos. En aquellos, el opositor no tiene otras salidas que el silencio o la conspiración, y a menudo tiende hacia la violencia, poniendo en un platillo de la balanza su propia vida, y en el otro la del gobierno o la de los titulares”.

En los autoritarismos las libertades se limitan, se restringen, se coartan: el “menoscabo de las libertades, lo mismo se realiza por la vía del paternalismo patronal y del sindicato blanco que mediante control político de las organizaciones de trabajo… o mediante el apoderamiento de la economía que el gobierno realiza con el fin primordial de sustituir al patrón particular por el estado-patrón”.

En los sistemas democráticos “la oposición se expresa dentro de los mecanismos orgánicos y es aceptada por quienes ejercen el poder, como una expresión de la voluntad popular y como institución que hace posible las situaciones pacíficas del poder”. En toda democracia, la oposición no es sólo tolerada, es bienvenida. La oposición no surge espontáneamente ni de manera inorgánica, nace cuando existen “una conciencia política y moral y… un clima social que no se fabrica elaborando fórmulas o reglas orgánicas”. Así vista, la oposición es parte indispensable de las llamadas democracias republicanas, las cuales demandan ingentes dosis de participación ciudadana, la formación de la conciencia ciudadana y una esfera de opinión pública robusta, orientada a la crítica y a la propuesta.

La oposición germina ahí donde hay condiciones que garantizan amplias libertades políticas, teniendo como pilar fundamental la libertad de expresión, sin otros límites que los que las propias leyes exijan. Para Christlieb: “La democracia ha sido caracterizada como un gobierno de la opinión, porque a formarlo deben concurrir las diversas opiniones de los ciudadanos de un país. Donde no se respetan la opinión, su formación e información y su expresión libre, donde no existe respeto a la disidencia y a las minorías, donde el partido se identifica con el estado, la idea de una rivalidad fecunda de fuerzas en presencia de un mismo problema deja de tener razón, porque no habrá sino una fuerza constitucionalmente respetada: la del partido en el poder”.

Más allá todavía, la oposición política, en todo sistema democrático, además de una exigencia que deriva del pluralismo y la diversidad, es un derecho: “El derecho a la oposición política descansa en el reconocimiento de la legitimidad de las divergencias de opinión; supone la previa aceptación del pluralismo de las ideas, como un reflejo de la heterogeneidad de la estructura social. Admitir la oposición es admitir la relatividad de las soluciones políticas y aceptar y tolerar que un ideal, por generoso y persuasivo que sea, deba ser humanizado. La justificación de la oposición se funda en el espíritu de tolerancia, ligado en la historia al reconocimiento del valor de la persona humana”.

La oposición, en los sistemas democráticos, se da en diversas arenas: la del Poder Federal, la de los gobiernos estatales, la de los gobiernos municipales al interior de los cabildos, las de los congresos locales y las de los parlamentos nacionales. Una oposición vigorosa actúa en estas diversas arenas, ahí donde no es gobierno ni mayoría. Además, la oposición, para ser auténtica, tiene que desempeñar funciones esenciales irrenunciables: el seguimiento y evaluación sistemáticos, técnicamente fundados, de las políticas públicas y los actos legislativos; la crítica decidida, puntual y razonada de actos de gobierno que atenten contra el bien común; la propuesta decorosamente elaborada y técnicamente fundada que ofrezca alternativas de política y legislación; y la denuncia frontal de los abusos y de las ilegalidades.

Como bien afirmaba el Maquío: “Es verdad que hablamos duro y criticamos fuerte. En cualquier país la oposición lo hace para presentar su alternativa; pero no hemos rebajado el debate a la calumnia, ni al ataque personal”. La oposición tiene un deber irrenunciable y un compromiso ético frontal cuando se implementan políticas públicas o se aprueban leyes que atentan directamente contra el bien común; surge así la necesidad de transitar de la crítica a la acción vigorosa que implica la resistencia civil.

Como decía el Maquío: “La Resistencia Civil Activa y Pacífica amplía la lucha por la democracia, pues no se circunscribe a la defensa del sufragio efectivo, sino que se ocupa de remover todo aquello que obstaculiza la vigencia de los derechos humanos, se involucra en la restauración de las libertades conculcadas, y denuncia las injusticias, con el objetivo de corregirlas. Obviamente que a los partidos autoritarios y los fascistoides que habitan en el aparato estatal mexicano, la Resistencia Civil Activa y Pacífica les hace el mismo efecto que un veneno”.

La oposición, a decir de Christlieb Ibarrola, “no se limita a ser una fuerza negativa, de contención, es una organización cuya fuerza radica en la posibilidad de formar cuadros básicos de gobierno que substituyan a un partido en el poder, y es una fuerza que impide a los gobiernos la estrechez de miras a que los lleva fatalmente la dependencia de un solo partido”. Este es el sentido profundo de la oposición democrática, ya que en el fondo no es otra cosa que una defensa frontal y apasionada de las libertades humanas, un efectivo contrapeso a las decisiones estatales, un guardián permanente de las políticas y las leyes, y una certera conciencia indispensable para que el gobierno no se desvíe de su cauce natural que debe ser, en todo momento, gobernar para todos, en aras de la concreción del bien común.