Cultura

El reto de la formación ciudadana

MA
Por Maricarmen Rizo
Por Javier Brown César. De manera recurrente se postula en discursos, foros, cursos de capacitación y eventos partidistas que el PAN nació como escuela de ciudadanía, pero a la hora de dotar de contenido a esta afirmación programática encontramos lagunas importantes. Quedan así preguntas urgentes que requieren de respuestas claras y concisas porque en el fondo, de lo que se trata, es de dilucidar en qué consiste la calidad ciudadana. La formación de demócratas Aristóteles fue el primero en plantear la distinción entre el ciudadano que vive en la democracia del que vive en otros regímenes. En el libro III de La Política dice: “El que es ciudadano en una democracia, según la cual el pueblo gobierna, a menudo no lo es en una oligarquía, según la cual gobiernan los ricos”. Esta distinción es crucial, ya que la ciudadanía exige calificativos. De ahí, que lo que Acción Nacional ha buscado desde sus orígenes es la formación de demócratas. Formar al demócrata es el más grande reto que puede enfrentar cualquier escuela de ciudadanos. El demócrata se forja desde las comunidades básicas como la familia, tal como lo vio con gran claridad Alexis de Tocqueville en su obra La democracia en América. Para que la democracia prospere es necesario que se den prácticas democráticas en las comunidades básicas: familias autoritarias engendran autócratas, las familias plurales y en las que se practica la libertad engendran demócratas. La primera condición para la formación del demócrata es el amor incondicional por la libertad. La democracia es un régimen en el que se garantiza el más amplio margen posible de libertades compatible con las libertades de los demás, parafraseando el primer principio de justicia de John Rawls. Estas libertades democráticas no se dan sin restricciones, porque la libertad desbocada conduce al desenfreno, a la anarquía y a la desaparición del orden político. Los demócratas aman las libertades y por ello defienden por todos los medios posibles y lícitos la libertad primigenia: el derecho a votar y a ser votado. El voto es la expresión sagrada y una de las formas supremas de la libertad humana en un sistema democrático. La íntima unión de la vocación humana connatural para buscar la verdad y para amar el bien, se abrazan en el sufragio, de ahí que los grandes demócratas de la historia hayan estado dispuestos a dar su vida para defender el voto de cada persona. La civilidad Pero la democracia no puede reducirse al ejercicio esporádico del voto libre y secreto, exige consolidarse como una práctica cotidiana, cuya expresión visible es lo que podemos denominar civilidad. Las personas deben ser capaces de convivir al interior de las ciudades no sólo de forma pacífica y ordenada, sino cuidando del bienestar de los demás. En una auténtica aldea solidaria, cada persona sabe que si por alguna razón otra u otras personas no tienen condiciones de vida digna, la comunidad no puede prosperar. Si pensamos en la familia, podremos comprender mejor este principio: si en una familia uno de sus integrantes sufre, la familia entera padece. En un Estado solidario no tiene cabida el bienestar de unos pocos a costa del sufrimiento de muchos e incluso, es intolerable que muchos gocen de amplios beneficios si unos pocos se ven excluidos de ellos: el bienestar de las mayorías no se debe lograr a costa del sacrificio de las minorías. Civilidad es cuidado del otro, atenta consideración de sus necesidades, y más allá que el respeto a su forma de pensar, es determinación activa para defender sus convicciones, aunque no se esté de acuerdo con ellas -parafraseando a Voltaire. Civilidad es observar las leyes y reglamentos en un primer nivel de respeto y actuar de forma ética y decorosa en el nivel superior del  cuidado de los demás. La civilidad es también el cuidado atento de la ciudad, de sus condiciones de seguridad e higiene, así como la observancia de las reglas de tránsito y convivencia. Implica el respeto incondicional a la leyes y normas que la comunidad se ha dado a sí misma, con la convicción y la confianza plena de que los demás están dispuestos a acatar estas reglas. Ser civilizado conlleva respetar los espacios públicos como patrimonio y memoria común, como ámbitos en los que las personas depositan sus recuerdos y experiencias. Los derechos humanos Los demócratas auténticos están dispuestos a respetar y demandar que la autoridad garantice el pleno respeto a los derechos humanos: los liberales de la primera generación, los sociales de la segunda generación, los ambientales y económicos de la tercera generación y los digitales de la cuarta generación. Los derechos humanos son prerrogativas esenciales de la persona humana y por ende son inalienables, imprescriptibles, intransferibles y universales. Nadie los debe enajenar argumentando razones de Estado, no conocen un término, son subjetivos y se aplican por igual a todas las personas. La exigencia del respeto a los derechos necesariamente implica el ejercicio incondicional de los deberes que ellos implican; más allá todavía, en el orden de prelación del sano derecho, los deberes se ejercen antes de que se puedan exigir los derechos. El control de la autoridad En una democracia plena la ciudadanía controla con eficacia a la autoridad que dimana del propio pueblo, que a él se debe y que debe estar a su servicio. La legítima autoridad tiene la consigna única y el deber ético superior de estar al servicio del bien común. Todo servidor público es un siervo del pueblo y no un empresario que se sirve del pueblo para nutrir sus negocios personales. El ciudadano de una democracia se organiza en redes para resolver los asuntos públicos, se interesa e informa sobre la política, participa activamente en asociaciones y se involucra en actividades voluntarias. En suma, forma redes y relaciones que configuran lo que Robert Putnam denominó “capital social”. En conclusión El reto del Partido ha sido y es formar al demócrata convencido. Este tipo de demócrata es el que está dispuesto a defender sus convicciones democráticas aún a costa de su propia vida, porque es un patriota que sabe que hay fines superiores a los suyos, y está convencido de que la única forma de lograr el bien propio es conquistando primero el bien común. Las elecciones de hoy se pueden ganar transitoriamente con estrategia y mercadotecnia, pero para que el triunfo electoral sea permanente se requiere de una victoria cultural, tal como en su momento lo analizó Carlos Castillo Peraza. Esta victoria sólo es posible, sostenible y eficaz si el Partido forma hoy a los demócratas del mañana.
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Maricarmen Rizo

Colaborador de opinión en Revista La Nación, analizando los principales sucesos políticos, sociales y culturales de México.