Cultura

El reconocimiento y el respeto a la persona humana

MA
Por Maricarmen Rizo
Por Javier Brown César. Desde su fundación en 1939 el Partido luchó por lograr el reconocimiento de la eminente dignidad de la persona humana. El artículo segundo, numeral segundo de los Estatutos aprobados por la Asamblea Constitutiva estableció como objetivo de la asociación y del partido político este reconocimiento. La aspiración fundacional del PAN es de una enorme trascendencia, ya que conlleva mucho más que una simple afirmación orgánica: es la expresión de una profunda convicción que ha guiado las acciones y los programas de Acción Nacional.   El reconocimiento El término reconocimiento proviene del latín recognoscere, que se traduce por reconocer y que es un verbo singularmente activo que implica recordar, traer a la memoria. Desafortunadamente, el ser humano suele olvidar con facilidad: no se acuerda de sus benefactores o se olvida de sus anteriores victimarios; lo primero es causa de ingratitud, lo segundo de la elección sin reflexión. Traer a la memoria a la persona es ser plenamente conscientes de su incalculable valor, de su enorme puesto como vínculo entre las realidades materiales y espirituales, de su singular dignidad y de sus tremendas capacidades, tanto para el bien como para el mal. Reconocer conlleva mirar algo por todos sus lados para tratar de comprenderlo, y ahí es donde está el secreto de la existencia humana, porque comprender a la persona es asimilar en toda su plenitud el misterio y el milagro de nuestra existencia, es aportar elementos para responder a la pregunta filosófica fundamental de por qué y para qué estamos aquí, así como del sentido último del universo. Detrás de la respuesta acerca de nuestro ser, radica el misterio de nuestra existencia, de la razón por la que hemos sido traídos a este mundo, en un acto de donación suprema que nos ha dado gratuitamente el ser. El milagro de nuestra vida revela la gran incógnita cósmica y universal por el sentido de un ser que es capaz de transformar su mundo con determinación y arrojo, y en ocasiones, por qué no, con cobardía y retraimiento. Reconocer es también rectificar el juicio antes de formado, o sea, orientar nuestro criterio para descubrir las realidades valiosas a las que se debe dirigir nuestra existencia, es encontrar la respuesta a las razones por las que debemos actuar en beneficio de los demás, es desentrañar que nuestro papel en el universo se justifica plenamente por la forma en que vivimos por y para los demás. El reconocimiento demanda asumir retos mayúsculos, como lo es la lucha decidida contra el olvido histórico de la centralidad de la persona humana y de su papel principalísimo en la vida política. Cuando el poder se desvincula de la vida, cuando abandona el servicio en aras de la satisfacción de intereses personales, pierde su esencia como expresión superior del ideal de bondad realizado en la tierra a través de la persona humana.   El respeto a la dignidad de la persona humana El término respeto proviene, como el de reconocimiento, de una voz latina, que es respectus y que puede traducirse por reflexión y consideración. La reflexión es una especie de acto, de actitud activa, que exige volver sobre nosotros mismos, para encontrar en cada uno la respuesta a los grandes enigmas de la vida, que el filósofo de Könisberg Emmanuel Kant sintetizó en tres preguntas críticas: ¿Qué puedo saber? ¿Qué debo hacer? ¿Qué me es permitido esperar? La primera pregunta kantiana responde al problema de los límites del conocimiento, la segunda se refiere a la moralidad de nuestros actos y la tercera al sentido de la religión. La reflexión de la persona humana sobre su propia existencia nos permite discernir entre el conocimiento falso y el verdadero, entre lo que es moralmente bueno y malo, y entre lo que son legítimas esperanzas y falsas ilusiones. La reflexión sobre nosotros mismos es el primer paso del respeto: sabiendo lo que es verdadero, bueno y valioso podemos considerarlo con seriedad y postular principios que sean la base del respeto hacia los demás. El respeto no es una actitud aséptica y distante, es un activo ir hacia el otro; es obsequio, veneración y miramiento, por todo aquello que, como el ser humano, es misterio. Respeto al otro cuando me doy en un acto generoso de entrega, que no tiene paralelo en el universo, porque es un acto que sólo la persona humana es capaz de realizar, y que llevado al extremo, nos lleva a dar la vida por los demás. Cuando le doy al prójimo lo que más necesito le entrego el más grande obsequio, por ello, el acto de dar la vida por los demás es el más sublime de todos e incluso llega a ser incomprensible para los espíritus mezquinos y egoístas. Pero el respeto es también veneración, es reverenciar al otro como templo supremo de la humana dignidad, como depositario extraordinario del don de la vida, como encarnación superior de una misión única e irrepetible, que está destinado a realizar y que si no lleva a cabo, implica que el universo quede trunco, incompleto. Es así que el respeto implica salir de la asepsia “quirúrgica” para incursionar decididamente en el cuidado de los demás; obliga a tratar a los otros como personas valiosas en sí mismas, que no son medios sino fines y también destinatarios últimos y sentido de la acción política; exige que más allá de “curarse” de los demás se procure uno activamente por su beneficio y que, a final de cuentas, no se trate a la persona humana como un socio sujeto de relaciones comerciales y mercantiles, sino como un prójimo y por ello, como un ser tan próximo a uno que es como uno mismo, encarnado en otra individualidad y realizando otra misión diferente, pero igualmente digna. El respeto es también miramiento, entendido como la debida atención a los asuntos humanos y es ahí donde entra de lleno el ámbito de la acción política, como la única actividad que es capaz de responder a los más íntimos anhelos de perfeccionamiento personal, como la más elevada tarea al servicio del mayor de los bienes que pueda haber en esta existencia terrenal, que es el bien de la comunidad, el bien común.   Conclusión En el reconocimiento y el respeto a la eminente dignidad de la persona humana, el PAN tiene sus más altas causas y sus objetivos más nobles. Ambos son parte de la misión histórica de un Partido que se ha atrevido a postular que el ser humano tiene una eminente dignidad y un destino trascendente que cumplir. Estas misiones partidistas son irrenunciables, ya que constituyen la esencia misma de Acción Nacional. Están ahí desde la fundación y estarán en nuestros corazones si estamos dispuestos a retomar la estafeta de quienes nos dieron doctrina, organización y acción. En nuestras manos está ser fieles a una tradición, no por el bien de los panistas, sino por el bien de la nación.
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Maricarmen Rizo

Colaborador de opinión en Revista La Nación, analizando los principales sucesos políticos, sociales y culturales de México.