Cultura

El peso de la congruencia: tres ejemplos históricos

MA
Por Maricarmen Rizo · 5 min de lectura
Carlos Castillo. El siglo XX ha sido llamado el tiempo de las ideologías, época cuando las ideas que acompañaban la acción política se sustentaron en corrientes filosóficas férreas, poco dispuestas a la corrección, capaces de llevar los preceptos que se derivaban de su aplicación hasta sus últimas consecuencias. Importaba poco si entre esas consecuencias se encontraba la necesidad de sacrificar lo que fuera con tal de alcanzar el ideal; así, por ejemplo, bajo el comunismo, el estalinismo y otras variables de la doctrina ideada por Karl Marx, la atrocidad del presente –fuera asesinato, genocidio o tortura– podía justificarse e incluso concebirse como parte de un proceso histórico que invariablemente llevaría a un fin mayor: el advenimiento de la sociedad sin clases. Por su parte, incluso apoyadas por la nación que entonces asumió la mayor apología de la libertad, Estados Unidos de América, el siglo XX padeció dictaduras y guerras civiles como bien puede documentarse en Centro y Sudamérica, que escudadas en la necesidad de frenar el avance del comunismo socavaron los derechos del hombre, encarcelaron o desaparecieron a quien pensara distinto y sometieron bajo tortura cualquier expresión que ejerciera el derecho a criticar, a disentir. Las consecuencias de esa cerrazón, de esa obstinación, de ese encumbramiento de la ideología a la que la realidad debía adaptarse por los medios que fuera necesario, trajo, ya en el siglo XXI, un desprestigio de aquellas expresiones políticas que se sustentan en doctrinas cerradas, abriendo paso a la diversidad, a la pluralidad y a la capacidad de adaptación de los preceptos inamovibles a una realidad cambiante, rica por sus matices y diferencias, donde incluso pesan cada vez menos los ideales y se buscan, independientemente del signo doctrinal, soluciones efectivas, eficaces y asertivas a los problemas comunes. Esta laxitud del ideal tuvo su origen, precisamente, como respuesta a lo que podríamos llamar la obstinación ideológica del siglo XX, que salvo casos excepcionales, llevó a mentes lúcidas y preclaras a ceder a la trampa de justificar el terror momentáneo en nombre del paraíso futuro. Entre esas excepciones, el historiador británico Tony Judt (1948-2010) rescata la obra y la vida de tres intelectuales franceses en el libro El peso de la responsabilidad (Taurus, 2014): Albert Camus, León Blum y Raymond Aron. No es extraño que sea precisamente ese país el que elija el autor para ahondar en su vida política e ideológica; pocas naciones como Francia para documentar la relación entre pensamiento y acción política, sobre todo en lo que al siglo pasado se refiere. Tampoco lo es que sean precisamente estos tres personajes los que utilice Judt para su exposición, puesto que, de diversas formas, los tres lograron abstraerse a las modas y los fulgores de su tiempo para disentir incluso de sus propios pares, de los camaradas o compañeros de ruta, de los partidarios de conceptos que en principio fueron causa de unión pero que pronto demostraron sus excesos y exigieron actuar en congruencia. La fidelidad a un ideal puede llevar a la ceguera. La capacidad de actuar en consecuencia con los ideales, pero siempre conservando una postura crítica y abierta, puede terminar en el aislamiento de quien elige la congruencia libre como bandera. Y el conflicto que ello trae consigo es la materia del libro de Judt; apunta, de este modo, en la “Introducción”: “…he preferido resaltar la naturaleza problemática y conflictiva de las relaciones que Blum, Aron y Camus mantuvieron con la Francia de su tiempo. En parte porque lo que hace interesantes a estos hombres es su compartida cualidad de valentía moral, su disposición para tomar postura no contra sus oponentes políticos o intelectuales –todos lo hicieron, con demasiada frecuencia– sino contra su ´propio bando´. Pagaron por ello con su soledad, con su reducida influencia y con su reputación local… La peculiar corriente contra la que iban, la corriente que ellos trataban de revertir o al menos desafiar, era la de la irresponsabilidad la propensión en varias esferas de la vida pública a descuidar o abandonar la responsabilidad intelectual, moral o política”. Congruencia con un ideal, claro, pero ante todo responsabilidad ante las consecuencias de esa congruencia; porque en cuanto una idea permite justificar el gulag, el exterminio o inclusive la bomba atómica; porque en cuanto las palabras sirven como vehículo para construir nuevos guetos y aislar o someter al que piensa distinto; porque en cuanto la doctrina se convierte en vehículo de razones para defender el absurdo, la responsabilidad es una vacuna incómoda y dolorosa, como lo es hasta nuestros días, cuando mucho se habla de “empoderamiento” y poco de las responsabilidades que éste trae consigo. Responsabilidad como peso, El peso de la responsabilidad, una virtud cada vez menos común y que se vuelve crucial para, en términos de rendición de cuentas y transparencia, responder por las consecuencias de los actos que son fruto de las ideas. Responsabilidad ante cada hombre, ante cada ser y su suprema dignidad.   Carlos Castillo es Director de la revista Bien Común.