El Papa en México
MA
Por Maricarmen Rizo
Por Marco Antonio Adame Castillo.
La visita de S.S. Francisco ocurrió en un momento oportuno, en especial por la necesidad de signos de aliento y razones de esperanza ante la crisis que nos afecta por la falta de reglas éticas en la vida pública, los vacíos de poder y la debilidad de las instituciones que se muestran ineficaces para promover el desarrollo.
Sobre el significado de la visita se hicieron señalamientos de los defensores del llamado “estado laico” a propósito de la recepción oficial. Lo cierto es que en una sociedad democrática, positivamente laica y defensora de las libertades, nada es mejor que estar abiertos al diálogo y al encuentro con quienes son portadores de un mensaje de paz y de unidad. Muchos son los ángulos y diverso el contenido de los mensajes del Papa, pero sin duda, el discurso en Palacio Nacional tuvo un significado programático, al igual que el que dio a los obispos.
El Papa fue muy claro, incluso generoso con el presente y futuro de nuestro país, “vengo como misionero de la misericordia y la paz… quiero a su vez rendir homenaje a este pueblo y a esta tierra tan rica en culturas, historia y diversidad”. Nos recordó que la principal riqueza de México son sus jóvenes y advirtió que ser un país con rostro joven “permite pensar y proyectar un futuro, un mañana. Esta realidad nos lleva inevitablemente a reflexionar sobre la propia responsabilidad a la hora de construir el México que queremos, el México que deseamos legar a las generaciones venideras. También a darnos cuenta que un futuro esperanzador se forja en un presente de hombres y mujeres justos, honestos y capaces de empeñarse en el bien común, este ‘bien común’ que en este siglo XXI no goza de un buen mercado”.
Luego apeló a la realidad y a la praxis para expresar que “la experiencia nos demuestra que cada vez que buscamos el camino del privilegio o beneficio de unos pocos en detrimento del bien de todos, tarde o temprano, la vida en sociedad se vuelve un terreno fértil para la corrupción, el narcotráfico, la exclusión de las culturas diferentes, la violencia e incluso el tráfico de personas, el secuestro y la muerte, causando sufrimiento y frenando el desarrollo”.
Nos recordó el valor del diálogo y los acuerdos cómo “el único camino posible” cuando señaló que si bien la identidad mexicana se ha forjado en la adversidad, es necesario comprender que “para superar las situaciones nacidas de la cerrazón del individualismo, es necesario el acuerdo de las instituciones políticas, sociales y de mercado, y de todos los hombres y mujeres que se comprometen en la búsqueda del bien común y en la promoción de la dignidad de la persona”, a fin de encontrar “nuevas formas de diálogo, de negociación, de puentes capaces de guiarnos por la senda del compromiso solidario. Un compromiso en el que todos, comenzando por los que nos llamamos cristianos, nos entreguemos a la construcción de una política auténticamente humana y una sociedad en la que nadie se sienta víctima de la cultura del descarte”.
A los dirigentes de la vida social, cultural y política nos recordó el deber de procurar “un acceso efectivo a los bienes materiales y espirituales indispensables: vivienda adecuada, trabajo digno, alimento, justicia real, seguridad efectiva, un ambiente sano y de paz”. Y subrayó, a propósito de las grandes reformas que, “esto no es sólo asunto de leyes que requieran de actualizaciones y mejoras -siempre necesarias-, sino de una urgente formación de la responsabilidad personal de cada uno, con pleno respeto del otro como corresponsable en la causa común de promover el desarrollo nacional. Es una tarea que involucra a todo el pueblo mexicano en las distintas instancias, tanto públicas como privadas, tanto colectivas como individuales”.
Con esta agenda, el Papa realizó un recorrido memorable por la geografía social de nuestro país. Hizo un llamado exigente a los líderes, fue duro con los obispos, nos llamó a todos a vivir la esperanza y a participar en favor de la justicia, no en contra de nadie, sino en favor de todos, en especial de los que sienten que no valen nada.
Denunció a los traficantes de la muerte, promovió la ‘cariñoterapia’ para el cuidado de los enfermos, pidió perdón a los indígenas por el despojo de la tierra y la exclusión social. Nos llamó a echarle ganas a la familia y a luchar contra la resignación, llamó a los jóvenes a comprometerse en la construcción de un mundo mejor. Recordó a empresarios y trabajadores la dignidad y el valor del trabajo, el salario justo y la hipoteca social del capital. Imploró por la paz para nuestro país y por la justicia para las víctimas -sin distinciones interesadas- de la delincuencia, el crimen organizado y la trata de personas y se unió, con misericordia, al sufrimiento de los migrantes en su peregrinar en busca de oportunidades.
En Palacio Nacional muchos le pidieron su bendición, sin embargo, respetuoso de las formas, se la reservó para luego darla en abundancia durante su visita a todo el que quiso recibirla. Así se vivió la visita papal.
Marco Antonio Adame Castillo es Coordinador de la Comisión de Relaciones Internacionales e integrante de la Comisión Nacional Permanente del PAN. Twitter: @MarcoAdame